En Cúcuta no sabíamos qué era el Catatumbo, ni nos importaba mucho. A veces nos llamaba la atención el fenómeno ese de los rayos y el nombre nos daba miedo. Sonaba como a algo lejano y espeso, como una selva en el África. Veíamos, desde finales de los años noventa, al lado de los semáforos, a personas con carteles gigantes en donde trataban de expresar el sentimiento de desamparo que les generaba haber perdido todo, dejar el campo y llegar a la ciudad, “con una mano adelante y otra atrás”. A veces, en los noticieros, escuchábamos sobre las masacres. No entendíamos muy bien las razones de esas masacres. Nosotros estábamos bien, lo demás no importaba. Algunos de nosotros nos fuimos a estudiar a otras ciudades. Otros, los que no podían, se quedaron. Uno de ellos fue el poeta Saúl Gómez Mantilla. Bueno, se quedó hasta que le dieron las fuerzas. En poco menos de tres años perdió a tres de sus más grandes amigos. De un solo golpe, perdió a Gersón Gallardo y Edwin López, dos artistas cucuteños, estudiantes de la Universidad Francisco de Paula Santander quienes fueron sacados de sus casas en la ciudadela Juan Atalaya, durante dos meses estuvieron desaparecidos y luego sus cuerpos aparecieron torturados en la vía que de Tibú va a la Gabarra. Fue en 2002. Los paramilitares mandaban en el Catatumbo.
La muerte movió los cimientos de la universidad y de los que en ese momento eran jóvenes. Nos podía tocar a cualquiera. Edwin era un teatrero, un líder, un tipo que decía las cosas sin cortapisas, que se quejó de la influencia paramilitar cada vez más evidente en la universidad. Gerson era un poeta, todos los conocían. Los mataron de una manera salvaje, como si los paramilitares le hubieran pasado por encima la tanqueta de su horror. Han pasado 23 años de estos hechos y Saúl Gómez, desde su labor como difusor de la cultura, de la poesía nortesantandereana, ha mantenido viva la llama de estos dos muchachos.
Unos pocos meses después, mataron a Tirso Vélez. Era el 4 de junio de 2003. Tirso caminaba cerca a la gobernación. Su nombre cada vez cobraba más peso en las elecciones a ese cargo. Hubiera sido el primer gobernador de izquierda de Norte de Santander. Era plena tarde, el sol caía de frente, Tirso estaba junto a su esposa, Isabela Obregón Toscano y un amigo. Entonces se bajó un hombre de una moto y disparó al grupo. A Tirso lo mató de una vez, a su esposo y el otro acompañante los hirió de gravedad. Tirso tenía 49 años.
Había nacido en 1954 en Aguaclara, una población muy cercana a Ocaña. Le interesó la poesía. Por la poesía llegó el comunismo. Vendía el periódico Voz en varias plazas de municipios nortesantandereanos. Muchas veces lo sacaron a piedra, por vándalo, por izquierdoso. El papel sigue siendo un arma extremadamente peligrosa para los intolerantes. Se consolaba con el arte. Cantaba canciones de Silvio Rodríguez antes que nadie en estas tierras. Cuando estudió psicología en Bogotá, se inscribió en la JUCO. Había visto mucho como para no intentar hacer algo por los que no tenían nada.
En los noventa abrazó la política a través de la Unión Patriótica. En ese momento los paramilitares, con la extrema derecha, le habían soltado los perros de la muerte a ese partido. Terminaron asesinando a 5.000 personas. Tirso resistió. En Tibú lo adoraban así que ganó la elección de 1992.
Colombia ha sufrido muchos males, uno de ellos es el de la poesía. Durante el siglo XX no había presidente que no pretendiera ser poeta. Con Tirso fue al revés, él primero fue poeta, después se vio envuelto en la vorágine de la política. No creía en las armas y si en el poder de la palabra, de la educación. Por eso cometió el error con el que se ganó el estigma que al final le costaría la vida: el gobierno de César Gaviria en 1993 ordenó llevar al Catatumbo una tropa compuesta por 3.000 soldados. Tirso los despachó afirmando que allá no necesitaban hombres armados sino educadores, así que cambiaba a ese gentío por cincuenta profesores. Se hizo famoso. Lo hizo famoso un general de infausta recordación en Colombia, Harold Bedoya.
Sólo un año fue comandante Bedoya del ejército y pasó a la historia por haber estado envuelto en la sospecha de un golpe militar contra Samper. Cuando Tirso pidió a los 50 maestros Bedoya le puso una lápida en el cuello al poeta: “ese alcalde es guerrillero”. En ese momento desde Córdoba y Urabá los grupos paramilitares planeaban la toma del país. Tal y como lo recuerda el portal Verdad Abierta su poema Tibú, un sueño de paz, terminó por traerle todos los problemas con el ejército.
“Para que exploten bombas de pan y de juguetes
y corran nuestros niños entre escombros de besos.
Lancita… mi soldado… recuerda que Jacinto, el hijo de la vieja campesina,
se fue para la guerrilla buscando amaneceres, persiguiendo alboradas.
Que no regrese muerto, no le apagues su lámpara.
Porque la vieja espera pegada a su camándula
pidiéndole a las ánimas que no le pase nada”.
El poema fue usado para detenerlo por parte de miembros del DAS por el crimen de sedición. Desde ahí lo graduaron de ELENO. “Ese es el precio de querer a mi país, a mi región”, dijo unos días después, cuando lo dejaron en libertad, pero ya tenía puesto el remoquete de guerrillero.
Durante esos años, su presión fue tanta que se tuvo que exiliar a Venezuela. Allí vivía de lo que le daba un taxi y la reventa de gasolina. Si Tirso Vélez hubiera tenido algo que ver con el ELN, ¿para qué tener que irse de su tierra? Amigos suyos como León Valencia lo alentaron para que regresara al país, para que siguiera haciendo política.
Tibú en ese momento, a comienzos del siglo XXI, era un hervidero de sangre en donde los Barí apenas ocupaban la última parte de la cadena, desplazados por colonos, por grupos armados, por lo que llaman civilización. Tibú tenía un dueño en ese momento, se llamaba Armando Alberto Pérez Betancour y le decían “Camilo”. Fue el amo y señor de este pueblo y de La Gabarra, donde vivía y asesinó, entre otras personas, a las dos parejas con las que vivió. Su casa, en este momento, sigue desocupada. “Nadie puede vivir ahí” dice uno de los vecinos que afirma, además, que allí, en la noche, se dejan ver las siluetas de los fantasmas. Antes de terminar el siglo XX, el 19 de julio de 1999, un grupo de paramilitares, tal y como lo reseña el portal Rutas del Conflicto, apoyado por el batallón Héroes del Saraguro, llegaron a Tibú sin listas de ningún tipo, y asesinaron a siete personas llevándose a otras cuatro. En las audiencias de Justicia y Paz Salvatore Mancuso ha dicho que los crímenes se realizaron completamente al azar, que el mensaje que quería transmitir Camilo era que nadie podía venderle droga a los de las FARC. Los cadáveres de las otras cuatro personas aparecieron al otro día en un sector llamado Carboneros. Un mes después sobrevendría la masacre de La Gabarra, una de las peores en la historia del conflicto colombiano. El 6 de abril del año 2000 sobrevendría otra masacre en Tibú. El tiempo empezó a contarse en esta ciudad de masacre en masacre.
Tirso sabía que regresar a la política era volver a las amenazas, a la paranoia. Había razones para volver. Su mensaje había calado entre los más jóvenes. El poeta Saúl Gómez tendría 20 años en el 2003 y se mostraba completamente influenciado por el mensaje de Tirso, por sus luchas. También la ONG que había fundado diez años atrás, Redepaz, empezaba a tener incidencia en todo el país.
El mensaje de Tirso calaba. Por eso, ese 6 de junio, se atrevió a caminar por una ciudad tan peligrosa, tan hostil a la vida humana como era Cúcuta en el año 2003. La orden la dio alias “Camilo” pero fue ejecutada por José García Mazo. A Tirso lo mataron con seis disparos de fusil. Su amigo, quien lo acompañaba, era Mario Mojica.
Isabel Obregón Toscano, funcionaria de la alcaldía en ese momento, recibió dos disparos. Una vez se repuso accedió a dar una larga entrevista al diario La Opinión de Cúcuta en donde contó lo que vio: “la tarde de ese miércoles llegué de la alcaldía a su oficina y lo acompañé un rato y después de que él dialogó con unos amigos salimos como a las 6:30 a la calle. Caminamos unas dos cuadras, por la avenida sexta, para sacar el carro del parqueadero, de pronto sentí por la espalda los disparos y alcancé a ver el sicario mientras nos atacaba. Estaba muy cerca de nosotros, fue a quemarropa. Todo duró como veinte segundos. Yo traté de cubrir a Tirso con mi cuerpo y Mario, quien no acompañaba y recibió dos disparos, interpuso su agenta para evitar las balas. Lo recuerdo cayendo indefenso. Yo le hablaba y él no me respondía. Le decía que se levantara, que lo amaba mucho y no abría los ojos”. Muchos años después Obregón afirmó que el sueño de Tirso era morir de viejo y escribiendo poesía.
Quince días antes del crimen Tirso Vélez le había pedido al DAS una escolta. Jamás le habló de amenazas a su esposa. Sus amigos si sabían que lo podían matar. Eso es lo que más le duele al recordarlo a Saúl Gómez, saber que Tirso podría estar vivo, con 71 años, una edad corta teniendo en cuenta la expectativa de vida actual.
En 2023 se cumplieron veinte años del asesinato de Tirso, y su recuerdo está más encendido que nunca. Un colectivo de mujeres, llamado Moira, compuesto en parte por madres buscadoras, tejieron un poema de Vélez y lo expusieron en el lugar donde cayó. Los muchachos lo recuerdan. Los muchachos tienen más memoria y consciencia que lo que tuvimos hace veinte años, cuando a muchos de nosotros la región no nos importaba y el Catatumbo era sólo una palabra que describía un paraje lejano. Lo que no mejora es el Catatumbo que sigue siendo disputada por grupos ilegales y adolece, como en los años de Tirso, de una mayor presencia del estado.



