Sobre por qué Francia estornuda y a Europa le da gripa

Una multitud llegó a Versalles en pleno verano de 1789. Ya se habían tomado la cárcel de La Bastilla, donde tantos horrores ordenó la corona. Donde tanta sangre corrió. Stefan Zweig, en su biografía sobre María Antonieta, afirma que cuando la turba ya llegaba al suntuoso palacio, ubicado a una hora de París, un sirviente levantó a Luis XVI en medio de la noche y le dijo “Su majestad, a las afueras del Palacio está la revolución”. El rey, que no se destacaba precisamente por su sagacidad, tartamudeó mientras susurraba “¿Revolución?”. Esa palabra casi nunca se había pronunciado. Los franceses, hartos de los abusos de una dinastía que languidecía, los Borbones, y que buscaban eternizarse casando a Luis XVI con la hija de María Teresa de Habsburgo, María Antonieta, ya no querían tragarse el sapo de concederle todos los abusos a un tipo cuyo único mérito que tenía para mandar era abrazarse a la absurda idea de creer que estaba ungido por Dios.

Se pasaba hambre en Francia. Se soportaban plagas por la incapacidad que tenía el Estado para ponerse de acuerdo y, por ejemplo, drenar un lago para conjurar las infecciones. Todo el pueblo francés se avergonzó ante la incapacidad que tenía Luis XVI para poder consumar su matrimonio con María Antonieta. Un defecto en su virilidad, que podría curarse con una pequeña cirugía, impidió que durante dos años pudiera darle a Francia un príncipe. Esa incapacidad generó cualquier tipo de burlas y le restó seriedad a un tipo recto, pero algo tonto como era el heredero al trono. Para contrarrestar el rumor, Luis XVI exageró sus reacciones, explotaba en ira y a veces se sobreactuaba.

Y estaban las guerras. Las guerras innecesarias en las que se metió la corona francesa. La independencia de Estados Unidos, ¿Qué esperaba conseguir con eso, con eso de meterse en una pelea donde no lo habían llamado? Sólo subir impuestos, irritar aún más al pueblo. Al final, cayó la corona y los reyes perdieron su cabeza gracia al invento del doctor Guillotina.

El terror de los Jacobinos hizo que el entretenimiento favorito de los parisienses fuera el sonido de la caída de la guillotina. En Memorias de Ultratumba de Chateaubriand se cuenta toda la sangre que corrió. Robespierre, convertido en dictador, tuvo que ser ejecutado y el caos fue tal que un militar nacido en Córcega tuvo que poner orden. Napoleón gobernó con mano de hierro durante 13 años y en ese lapso le bastó para poner a temblar a todos los reyes de Europa. Nunca perdió una batalla, pero su intento de conquistar a Rusia lo convirtió en un paria. Lo exiliaron a Santa Elena y luego regresó y si no hubiera llovido en Waterloo la historia hubiera sido otra. Elba, una inmensa piedra que también era isla, fue su último exilio y en una casa miserable, llena de ratas, terminó sus días. Aunque hubo una restauración por unos años, la Revolución Francesa nos marcó, nos dio la separación de poderes y los derechos humanos. En el siglo XIX hubo varios levantamientos en París. La ciudad se llenó de barricadas. En el siglo XX, en 1968, una serie de medidas tomadas por el general De Gaulle, quien había sido el héroe de la resistencia francesa durante la ocupación nazi desató la furia de los jóvenes franceses. Cuentan que la medida que detonó el estallido del Mayo Francés fue la destitución del director de la cinemateca francesa, Henri Langlois, por eso, cineastas como Truffaut y el mismo Jean Luc Godard lideraban las protestas. El mundo se sacudió.

Por esos remezones es que quedó instalada una frase que está en boga: Francia estornuda y a Europa le da gripa. Eso puede estar pasando en estos momentos. Los jóvenes, cansados de que sus sueños se apaguen, deben intentar cambiar la realidad. Así empiezan todas las revoluciones.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.