Sin Santa Marta no hay Colombia

Históricamente ha existido el sesgo de Bogotá sobre la costa Atlántica. En plata blanca, los del altiplano hemos creído que haber nacido entre montañas, con las dificultades culturales, de transporte y humanas que esto significa —vivir a 2600 metros de altura no es algo normal para el ser humano— nos hace mejores que los costeños. Craso error. El mar es apertura, belleza.

García Márquez escribió en Cien años de soledad que solo un lugar empieza a aparecer en los mapas del mundo cuando alguien muere allí. Y en ese lugar murió Simón Bolívar en la Quinta de San Pedro Alejandrino, el lugar donde esperaba poder irse a Inglaterra en donde la gente si sabía de su valía y poder curarse de todas las enfermedades que tenía de viejo prematuro. Ante los ojos de sus amigos, el Libertador se murió sin saber lo que era cumplir cincuenta años.

Aracataca queda a 90 minutos de ahí. Allí no solo nació Gabo, ahí empieza la Sierra Nevada donde los arhuacos han subido y bajado saberes ancestrales como el mismísimo vallenato. Algunas de estas comunidades han sabido adaptarse a los tiempos que nos gobiernan y ya incluso han dado muestras de entrar con fuerza a ser parte de las comunidades energéticas. Algunos dicen que, en el pico más alto de la Sierra, el mundo comenzó.

En Buriticá hay vestigios de una civilización pre-hispánica poderosísima, y en el Tayrona, a pesar de la estupidez del hombre blanco, se sigue sintiendo la perfección de la creación. En Santa Marta nació y creció Carlos Vives, quien resucitó el vallenato y lo convirtió en una de las bellas artes. Con 83 años nos acompaña e ilumina todavía el poeta José Luis Díaz Granados quien ha sabido cantarle a su tierra.

Si te adentras una tarde calurosa al casco histórico de una ciudad con quinientos años, los fantasmas siempre van a atraparte, a llevarte al lugar donde la nostalgia que, contra todo pronóstico afirma: toda el agua que pasó por el río del tiempo siempre fue más cristalina. Y si te vas de los lugares donde los turistas son vistos como sustento diario —quién los manda a ser turistas, ¡Que paguen!— puedes llegar a pueblos de pescadores como Taganga que conserva el color local —por mucho israelí que llegue a gentrificar— y ni hablar de lugares como Pescadito, el barrio que se volvió mito porque en sus canchas creció un muchacho de melena ensortijada, patas chuevas y una inteligencia única dentro de un campo de juego, Carlos Alberto Valderrama Palacios.

Lo que es con Santa Marta es con nosotros. Por eso el país reaccionó como lo hizo, con el pecho adelante, diciendo que estamos hartos de violencia, sobre todo cuando esa violencia se ejerce contra ciudades que solo han traído luz. Que cambie lo que se ha impuesto como la norma en los últimos cincuenta años. Santa Marta merece otra oportunidad sobre esta tierra.

Noticias al Minuto

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.