Mary Cruz Rentería es una mujer negra de Buenaventura, hija de la comunidad de Yurumanguí. Defensora de la vida, los derechos humanos y las mujeres. Es conocida cariñosamente como “Pepa”. Y aunque su nombre ha recorrido espacios regionales y nacionales, ella no se presenta como protagonista. Se nombra hija, nieta, madre, compañera. Se reconoce parte de un legado que viene de la historia del pueblo negro y que continuará cuando ella ya no esté.
Mary Cruz habla despacio y pausada, como quien sabe que las palabras pesan y no deben desperdiciarse. Llegó la noche y el cansancio del día se siente en el aire, pero su voz sigue firme, serena. No dramatiza cuando recuerda las amenazas que ha recibido o las desapariciones que ha tenido que vivir en su comunidad. No exagera lo que ha hecho. Hay humildad en su manera de narrar su lucha. Y una convicción profunda que no necesita estridencias para sostenerse.
Pepa creció entre Buenaventura y sus ríos. Yurumanguí no es un territorio cualquiera, es el lugar donde quiere que sus hijos aprendan a amar la vida, incluso sin las comodidades que el mundo moderno da por sentadas, como el acceso a la energía, el agua y el internet. No, en Yurumanguí esas cosas son escasas, pero abunda el sonido del agua, los fogones y la memoria viva.
La historia política de Mary Cruz comenzó siendo todavía niña, en casa con su madre, que era jefa del hogar, y su hermano Jairo, quien fue su guía y su referencia paterna. Comenzó también en la cocina de piso de chonta en casa de su abuela, Betzaté Rosas (quien hoy tiene 106 años) y fue quien les enseñó a conocer y sembrar la tierra. Allí aprendió que el territorio no es propiedad, es herencia.
La herencia que se vuelve política
En los años noventa, acompañando a su tía Edelmira Mina a reuniones del movimiento afro, comenzó a comprender la dimensión política de esa herencia. Escuchar discusiones sobre la objeción de conciencia de los jóvenes negros frente al servicio militar, le permitió entender que los pueblos negros no solo habían sido históricamente excluidos, sino que también tenían una concepción distinta de la vida y del territorio. Defender esa diferencia era una tarea política.
Desde 2006 decidió concentrar su trabajo en la defensa de los derechos de las mujeres negras. Ha sido vocera ante la Instancia Especial de Alto Nivel de los Pueblos Étnicos, es parte del Proceso de Comunidades Negras, secretaria general de la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico, lideresa del Colectivo de Mujeres del río Yurumanguí y hoy presidenta de la Asociación Popular de Negros Unidos del Río Yurumanguí (APONURY). Su incidencia no se limita al ámbito local: ha contribuido a posicionar a Yurumanguí como símbolo de la resistencia en el Pacífico colombiano.
Pero la historia de Yurumanguí también está atravesada por la ausencia y la violencia. La desaparición de Edinson Valencia y Abencio Caicedo, dos grandes líderes del territorio, fue un golpe al corazón del proceso organizativo. Cuando desaparecieron, las mujeres fueron la fuerza que sostuvo el dolor. Entre cantos y acciones simbólicas hacían un llamado contundente: “Dure lo que dure, cueste lo que cueste… vivos se los llevaron y vivos los queremos”. Con el paso del tiempo, ha sido la fuerza comunitaria la que ha permitido transitar el duelo sin renunciar a la memoria.
Quienes conocen a Mary Cruz hablan de su firmeza y de su claridad política. La describen como una maestra, una lideresa con experiencia regional, capaz de recoger las voces de las comunidades del Cauca, del Chocó, del Valle y de Nariño. Destacan su capacidad de acompañar procesos sin acapararlos, de fortalecer liderazgos sin querer ser protagonista.
Pero su camino de lideresa ha estado marcado por la incertidumbre y el temor. Pepa ha recibido amenazas directas contra su vida. Ha vivido el miedo que implica salir de su territorio sin saber si regresará.
“Para mí una de las cosas que más me llama la atención desde mi activismo es que nos quitan la posibilidad de ser, de hablar; la cooptación y el señalamiento, eso es tremendo en la dinámica del conflicto, eso me duele sobremanera, y se profundiza más en las mujeres, las que asumimos liderazgos. Eso trae amenazas” (Mary Cruz Rentería, 2026).
Para muchos líderes y lideresas, las amenazas se vuelven una constante, y preservar la vida y defender los derechos se convierte en un desafío que se agudiza cada vez más. “A mí me mandaron un mensaje diciéndome que me callara, que si no me iban a explotar la cabeza. Estuvieron buscándome”, dice Mary Cruz. Pero sus palabras están cargadas de esperanza, como quien no se resigna a abandonar las luchas, sino que se refugia en su red, en su comunidad.
Sin titubear, Pepa señala también que existe una lucha que atraviesan todos los días, poco visible pero igualmente profunda: el enfrentamiento al patriarcado dentro del propio movimiento social. “Reivindicamos los derechos del pueblo negro, pero no hay quien reivindique los derechos de las mujeres”, afirma. Cuando las mujeres levantan la voz, muchas veces somos cuestionadas, minimizadas o invitadas a moderarnos. Pero Pepa no ha retrocedido. Ha insistido en que la defensa del territorio también pasa por la defensa de las mujeres que lo sostienen. Y con esa convicción han construido redes de apoyo frente a las múltiples violencias que padecen.
“Pepa lidera desde el cuerpo, la palabra y el cuidado. Es una mujer que daría la vida por su familia, entendiendo familia como un todo: comunidad, territorio, mayores, jóvenes, niñas y niños. Defiende la vida en su sentido más profundo y esencial. Eso es lo que la hace especial: su capacidad de unir firmeza política con un cuidado profundamente humano”. (Carolina Gonzales, 2026)
Esa firmeza se ha hecho visible en momentos concretos. En abril de 2024, cuando una lancha con maquinaria para minería intentó ingresar al río durante un encuentro de mujeres en San Antonio (una comunidad del río Yurumanguí), Pepa fue una de las primeras en ponerse al frente. Con preguntas claras y postura decidida, orientó la respuesta colectiva. Las mujeres rodearon la lancha y cantaron. No fue un gesto improvisado: fue la expresión de un proceso organizativo sostenido.
También ha sabido acompañar el duelo. En el encuentro de “La Matamba”, cuando una mujer rompió en llanto recordando a su hermano desaparecido, Pepa estuvo allí. Las mujeres estuvieron allí. Porque liderar y resistir no es solo confrontar; es también cuidar y sostener.
Seguir a pesar de todo
Actualmente, Mary Cruz Rentería es madre de Kendi y Akin. Es cuidadora de su madre de 76 años. Reconoce desde el amor, el respeto y la admiración, que su esposo Pedro asumió el rol de cuidado en el hogar, rompiendo mandatos tradicionales que atribuyen ese rol exclusivamente a las mujeres. Esa redistribución del cuidado le permite ejercer liderazgo sin abandonar su vida familiar. En su experiencia, las transformaciones también pasan por el interior de la casa y la familia: “Cuando me voy a defender el proceso, me voy tranquila porque sé que papá está ahí”.
Se siente orgullosa de hacer parte del Proceso de Comunidades Negras, pero más aún de la fuerza organizativa de las mujeres yurumanguireñas. Se emociona cuando su hijo pequeño dice que se siente “feliz, feliz, feliz en Yurumanguí”. En esa alegría encuentra la razón de su lucha.
Sueña con un territorio sin actores armados, sin foráneos imponiendo violencia. Con aguas cristalinas, puertas abiertas y niños corriendo de alegría y no por miedo al sonido de un fusil o un helicóptero. Sueña con un territorio donde se recuperen los lazos de hermanamiento y paisanaje.
Cuando habla del futuro, vuelve al pasado. A la resiliencia de las mujeres traídas esclavizadas desde África. A la fuerza heredada. “Si no somos nosotras, entonces ¿quién?”, se pregunta. Quiere dejar una huella de dignidad y fortaleza para sus hijos y para las generaciones que vienen.
Para quienes la conocen, Pepa es esperanza, inspiración y referencia viva de resistencia. Para Yurumanguí, es sembradora de matamba: de tejido, de comunidad, de memoria. “Si no somos nosotras, ¿quién?”, repite una y otra vez. No como una consigna. Es una afirmación de responsabilidad con la memoria histórica.
Mary Cruz insiste en que las nuevas generaciones mantengan viva la memoria colectiva, que los viejos y las viejas sigan habitando el presente, porque fueron ellos quienes sostuvieron la vida y los valores que hoy permiten resistir. Invita a otros líderes a conocer Yurumanguí, a entender que en el Pacífico existen mundos que merecen ser vividos y defendidos, y que la tarea es hacer posible que muchos mundos quepan en el mundo.
Y cuando habla de legado, trae a la memoria a Ana Julia Rentería, lideresa del río Cajambre desaparecida junto a su esposo. No la menciona desde la ausencia, sino desde la continuidad. Porque su fuerza, su tenacidad y su convicción siguen caminando por los ríos y los territorios. Así entiende Pepa la memoria: no como recuerdo estático, sino como presencia viva que da fortaleza para seguir.
Un homenaje a Mary Cruz Rentería.
En honor a Ana Julia Rentería.



