Si Héctor Lavoe se hubiera portado bien, andaría de gira esta semana

Por supuesto que no creemos en este título. No lo creemos. A veces hay sacrificios que hay que aceptar. Sin su sacrificio, la salsa nunca hubiera sido la salsa. Su sacrificio fue ser consecuente con los demonios que lo dominaban. Pasar de ser una estrella pop a un poeta. Nació en Ponce hace 80 años. Es mucho menor que artistas que siguen estando de gira. Como los Rolling Stones. Pero Héctor siempre tenía afán. Cuando Johnny Pacheco le presentó, en 1967, a Willie Colón, este tenía 17 años. Héctor, cuatro años mayor, lo miró de arriba abajo y le espetó lo siguiente: “¿Y yo tengo que tocar con este enano?” Y tocaron y rompieron todos los moldes. Sí, Calle luna calle sol, wow, El malo, espectacular, El día de mi suerte, todos los días, pero entre todas las genialidades que ambos crearon, está un álbum que vive realmente en el corazón de los pueblos latinoamericanos, es el Asalto Navideño Vol. 1, en donde estuvieron algunos de sus músicos más queridos, el profesor Joe Torres, Yomo Toro, uno de los cuatristas más espectacular de todos los tiempos, cuya intensidad en punteo hubiera preocupado, y de qué manera, a Jimmy Hendrix, si este hubiera tocado ese instrumento.

De ahí salen dos hits que todos nos sabemos, La murga y Borinquen. ¿Y si usáramos este disco para empezar la Navidad ahora, 30 de septiembre, fecha en la que Héctor se fue? La vida no está para rosas, hay que aferrarnos a cualquier alegría.

En Nueva York vio de cerca la pobreza a los 17 años, pero jamás hubiera sido el mismo si no se hubiera ido de la tierra del encanto. Dicen que con Ismael Miranda probó los placeres de las jeringas. El primero se salió, Héctor se hundió. La droga no hizo aparecer los demonios que lo gobernaban, los azuzó, los levantó. Canciones como Todo tiene su final, Ausencia, Todopoderoso, Aguanile, la Fama, el Sabio, Escarcha, no solo le dieron una fama repentina, sino que lo tienen vigente. Héctor sigue estando en todos los radios y en países como Colombia y Perú su fantasma se aparece a los rumberos más avezados.

En Cali vivió como cuatro meses. Umberto Valverde, escritor impenitente lo conoció. Lo visitó muchas veces en el apartamento de Alfredo de la Fe y es posible que en esa ciudad compusiera uno de sus éxitos más sonados, Triste y vacía. En Cali solo se presentó una vez. Estaba ya en el espiral de decadencia. Eso fue en 1982. Cuatro años antes había estado precioso en un concierto que dio en el Evangelista Mora y a donde fue adorado por un joven de aire Lewisiano llamado Andrés Caicedo. En Cali entró en una pelea eterna con uno de sus empresarios, Larry Landa, espantó a una famosa periodista luego de que decidiera, delante suyo, calentar una cuchara para meterse un chute y le quedó mal a todo el mundo. En Bogotá, Willie Vergara, dueño de la discoteca Keops, lo contrató en esa época, pero Héctor no tenía rigor ni responsabilidad. Era pura leyenda y con eso no alcanzaba. La presentación, si alguna vez la hubo, resultó en reyerta.

En los ochenta vinieron los años malos. En unos cuantos meses su suegra fue asesinada por un psicópata, su hijo se mató jugando la ruleta rusa, se le incendió su casa en Nueva York mientras se fumaba un cigarrillo —como diría otro ángel, Charly García, estaba en llamas cuando me acosté— y sobrevivió a dos caídas al vacío en donde se rompió todo lo que tenía que romperse. Hasta el alma, por supuesto. Desde 1987 dejó de cantar con la Fania y de ese año es su último concierto memorable, el de la Feria del Hogar en Perú. Ese año supo que tenía VIH y el espiral infernal se desató hasta el día de su muerte, en junio de 1993. Tenía 46 años.

Si Héctor hubiera sido juicioso estaría tan bien como Rubén Blades, y cantaría a todo pulmón El cantante y una canción que a este servidor enloquece, Vamos a reír un poco. Pero Héctor, como las supernovas, se quemó y lo que quedó fue el brillo. Y ese brillo nos seguirá encandilando hasta el final. Héctor Lavoe no se cuidó y no necesitamos de su presencia para verlo todos nuestros benditos días. Nadie está más presente que él.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.