“SER MUJER RURAL ES UN DESAFÍO”

Mi nombre es Mariana Rosero, tengo 43 años y nací en Sánchez, una vereda bien metida adentro de Policarpa, ahí a la orilla del Patía. Yo crecí allá. De niña me tocaba madrugar a ayudarle a mi mamá a hacer el café y después nos íbamos, todavía oscuro, caminando al colegio, en medio del barrial si estaba lloviendo o del polvero si era tiempo seco, nos tocaba caminar más de una hora y siempre llegábamos con los zapatos sucios, pero a mí me gustaba caminar a esa hora y ver las casitas oscuras, el sonido de los radios, el olor de los caballos y el sereno de la madrugada.

Nosotras fuimos cuatro hermanas. A mi mamá siempre le decían: “le faltó tener el varoncito doña Olga, pa que le ayude” y aunque nosotras siempre intentamos seguir el ritmo de las labores, había una sensación de que algo nos faltaba. Mi mamá era una mujer muy fuerte, tempranito prendía la hornilla y en la cocina, negriada del humo, empezaba su día, dejaba listo el desayuno y se iba a alimentar los animales, a rodear y a hacer lo que tocaba hacer, aporcar el maíz, sacar yuca, cortar leña, no paraba, aunque estuviera enferma, hasta la noche. Así fue su vida, trabajando de sol a sol con las manos curtidas de tierra y carbón. A veces yo la veía llorar, las lágrimas que se le escurrían mientras sus manos alistaban el sancocho y siendo niña no entendía su tristeza.

Yo no pude terminar el colegio, quedé embarazada cuando estaba en décimo y ahí tuve a mi primera hija, a los dos años nació la segunda. Cuando la niña pequeña tenía dos añitos el papá se fue a trabajar por allá a la costa, al principio mandaba plata, después cada vez menos mandaba y cada vez se demoraba más. Yo le peleaba, le reclamaba, que ayude con lo que le correspondía, que mire que criar niños no es fácil. Hasta la comisaría de familia fui y después a Bienestar Familiar, como él no tiene trabajo, entonces le fijaron una cuota de alimentos que era bien poquito y tampoco la cumplía, y pelear por eso era para perder tiempo y sentir rabia, así que lo puse en manos de mi Dios y seguí trabajando porque yo si no podía decirles a mis niñas “no tengo trabajo, no hay comida”. Así que ya no volví a saber más de él, me contaron que se casó y tiene otro hijo, pero no sé si será cierto.

Entonces así me tocó, trabajando duro como mi mamá. Yo me levantaba todos los días y todo siempre era un corre corre, alistar a las niñas para el colegio, darles el desayunito, dejar haciendo el almuerzo, alimentar las gallinas y caminar rápido para llegar al pueblo a las siete, a la casa de la señora Ligia, que yo le hacía aseo y le cocinaba para ahorrar los pesos de los uniformes, los zapatos y los cuadernos de las niñas. Todo el día yo sentía esa angustia de no saber si las niñas habían llegado del colegio a la casa, si estaban bien, si habían comido. Ya por la tarde las veía para tomarnos un aguapanela y que se durmieran. Los fines de semana lavar ropa y ver las matas, aprovechar el tiempo para cualquier cosita pendiente, salir a coger café, yuca, zapallo o lo que hubiera en el campo. Yo ahí entendí por qué mi mamá lloraba, es que ser mujer es muy duro y más si uno es del campo.

Pero yo no comprendía en ese momento muchas cosas. Vea, para mí sí fue muy importante conocer a Doña Lidia, ella me invitó a una reunión de la Mesa de Mujeres y eso para mí fue abrir los ojos. Uno si se da cuenta que es diferente en este mundo ser mujer que ser hombre en todos los sentidos. Si cuando mi mamá salía a vender cualquier poquito de café no más, siempre le pagaban menos, y ella sí decía, es que a uno lo ven mujer y se aprovechan, entre hombres ellos se respetan. Pues de niña uno escucha no más, pero no entiende, luego, cuando conocí a las mujeres de la mesa y las escuché fue que yo ya empecé a ver y a entender y a ponerle cuidado, y ahí es que ya me di cuenta de tantas cosas.

Y eso ha sido para mí así como un sueño que se me sembró, porque yo ni siquiera me había imaginado lo que se podía llegar a hacer, pero me acuerdo mucho de una vez que estábamos en la reunión y llegó Magaly una vecina de allá de la vereda, se sentó en un lado y poco quiso decir, pero entre conversa y conversa en un momento se le fueron las lágrimas y dijo “es que ya no aguanto más”, y ahí reconocí de nuevo el llanto de mi madre y mi propio llanto, Magaly trabajaba en la mina, tenía cuatro hijos y había tenido que vivir todas las violencias de una labor en la ley de los armados. Desde ahí, yo ya no voy a las reuniones como quien va a escuchar no más. Yo voy pensando qué podemos hacer. Si toca ir hasta Policarpa a hablar en la comisaría, vamos, si toca llevar a una compañera hasta Pasto porque le da miedo denunciar sola, vemos cómo recogemos para el pasaje, si hay que pararse en la asamblea de la vereda y preguntar sobre la plata del proyecto o sobre el agua del acueducto, pues me paro y hablo, porque toca hablar y hacer todo lo necesario para que las jovencitas como mis hijas tengan otras posibilidades.

Yo lo que quiero lograr con mi trabajo es que las mujeres sepan que hay opciones en la vida, que entiendan desde pequeñas para que puedan decidir bien si quieren tener hijos, porque es que a uno no le hablaron y tener hijos siendo tan joven es muy difícil, uno sufre mucho, que puedan estudiar y conseguir un trabajo que les guste y que así no tengan que vivir la angustia o que terminen metiéndose en cosas raras, porque es que aquí pues está la plata fácil, usted me entiende, que se van a raspar coca y por allá les pasa de todo o ahora las jovencitas que ya no quieren trabajar en el campo porque claro, el trabajo en el campo es duro y no paga bien, entonces se meten con alguno de los duros de los grupos o de los narcos, y quedan allá a disposición de lo que ellos quieran o no quieran y usted imagínese una muchachita con un hombre de esos con tanta plata y poder, las tienen un rato y quedan embarazadas jovencitas y después las dejan solas con los niños y ahí hay mucho maltrato y violencia, que al final si uno piensa pues tan fácil no es esa plata porque siempre viene con mucho peligro y sufrimiento.

Porque vivir en un territorio donde hay conflicto siempre es difícil, a nosotras nos toca pedir permiso para entrar a algunas veredas y toca llevar prueba de VIH solo para entrar y para salir de la vereda de uno, toca pedir permiso y decir cuánto tiempo se va y a qué se va, si uno habla o dice cosas que no les gustan a los grupos ahí lo amenazan, cuando viene el ejército o quiere entrar otro grupo se pone peor porque empiezan a señalar que tal o cual persona es colaboradora porque a uno le toca seguir las normas y hablar con los comandantes del grupo que esté, eso no es que uno colabore, es que así son las cosas acá porque ellos son, como decir, la policía, los que patrullan las calles, ponen las multas, llaman a reuniones obligatorias, uno ahí no tiene opción, pero entonces la vida se vuelve riesgo cuando uno es una persona visible, cuando uno tiene un liderazgo comunitario.

Pues eso es lo que hacemos, nos organizamos para poder capacitarnos y aprender, porque nosotros no sabíamos nada de lo que son las violencias de género, las desigualdades, como le digo, uno las vive, pero hasta que no se habla de eso es como que está ahí escondido, no se puede entender.  Entonces nos reunimos a conversar, nos hacemos un buen chocolate y una trae envueltos, la otra trae un queso, la otra trae mote y en medio de tanta cosa que uno tiene que hacer, igual saca el tiempo para reunirse porque ahí uno aprende mucho con las compañeras y hemos aprendido que la amistad de comadres es muy hermosa, porque uno creció con mucha desconfianza de todo y de todas, incluidas las otras mujeres, entonces es muy bueno para uno sentir que tiene amigas y nosotras hablamos de eso que hemos aprendido y de nuestras experiencias como mujeres porque nos ha tocado parecido la vida, varias somos madres solteras, algunas han salido de situaciones de mucha violencia y también los abusos sexuales, eso es común, uno va trabajando con mujeres y se va dando cuenta de que eso es más común de lo que parece y por eso es peor todavía, porque ya es como si fuera normal. Pero entre todas aprendemos a identificar y aprendemos cómo enseñarles a las mujeres más jóvenes y a las niñas.

Entonces de todo eso hablamos y buscamos la forma de hacer talleres con otras mujeres, de ampliar el grupo y acompañar los procesos, de cuidarnos y apoyarnos entre todas, de darnos la mano en la chagra, en la crianza, en la enfermedad, también vemos qué está pasando en la vereda y alguna cosa nos inventamos para solucionar lo que sea, que a tal vecina se le murió el esposo y hay que ayudarle para el entierro, que hay que arreglar un camino, que mire que se están incumpliendo los acuerdos de la comunidad y está habiendo problemas, entonces ahí nosotros ayudamos, porque estamos cuidando de todo y de todos. Y así también cuando sabemos que alguna mujer está pasando por alguna situación, porque todo se sabe acá, que de pronto el esposo le pega o algo así, pues nosotras intentamos que venga a las reuniones, que se sienta en confianza y apoyada para que pueda hablar y tomar otras decisiones o ver otras posibilidades. Porque la vida acá es difícil, nos toca vivir como en el filo de un machete, sabiendo que pelear por lo mínimo puede costar la vida y hasta que una mujer sea bonita puede ser motivo para que la asesinen.

Ahora ya estoy más tranquila, porque también pudimos hacer la cooperativa de cacao que es un orgullo para nosotras. Para mí eso es la alegría, además de ver a mis hijas riéndose, me gusta ver los cacaotales cargaditos, eso da mucha satisfacción y esperanza. Nosotras empezamos vendiendo solo la semilla, después fue que aprendimos a hacer todo el proceso, primero se saca la pepa, después se fermenta y se seca al sol, de ahí ya se tuesta, esa es la parte que a mí más me gusta porque huele muy rico, a puro chocolate. Ya llevamos más de diez años en esto, en 2018 hicimos el centro de acopio y de transformación de cacao en Policarpa, lo hicimos nosotras, con nuestras manos, ahí si nos ayudó la alcaldía con el material, un ingeniero, maestros de obra, pero nosotras cargamos ladrillo y cemento. Eso ha sido un gran avance porque mejorar los ingresos ayuda a mejorar todo. Después hemos gestionado cursos con el SENA y ha habido otras organizaciones que han venido a apoyarnos, aprendimos a hacer chocolates rellenos, bombones, chocolates de sabores, chocolate para taza, con clavos y canela, con panela, y así tenemos nuestro propio emprendimiento y esto es una oportunidad y un ejemplo para otras mujeres de construir una vida más tranquila, sin tantas preocupaciones.

Ahora estamos pensando en cómo hacer incidencia política en la institucionalidad, queremos que una de nuestras compañeras sea concejal o que ojalá llegue a ser alcaldesa, porque ya es momento que la gente deje de pensar que por ser campesinas somos ignorantes, que de pronto uno no sabía manejar un computador pero dedicándose se aprende y así con todo, entonces si queremos fortalecernos más para poder hacer más y mejor trabajo, poder llegar a los lugares en donde se toman decisiones y ahí poner nuestra voz, porque nosotras entendemos el territorio muy bien, aunque no sepamos hablar como habla la gente estudiada.

Yo no sé si mi mamá alcanzó a imaginarse otra vida, cuando escucho a mis hijas sé que ellas sí y que eso es gracias a muchas mujeres que hemos luchado para que sea posible. Yo quise quedarme en Sánchez porque me gustan mucho estas montañas, el río y mis vecinas, no me imagino viviendo en otro lugar y a mí me gusta ser campesina, Es que yo no estoy diciendo que ser campesina sea malo, porque la labor de la tierra es muy linda y tiene mucho saber, pero ser mujer campesina ha sido hasta ahora un desafío, porque acá no hay carreteras, ni buena educación, ni buena salud, si se quiere estudiar toca salir a Pasto y eso está lejos y es costoso irse a vivir a la ciudad, si le toca hacerse algún tratamiento también toca ir al hospital de Pasto y de acá solo sale un carro a la semana, si quiere viajar otro día, le toca pagar expreso, y así, a veces, si hay un derrumbe o un enfrentamiento, hasta salir a comprar sal es una aventura.

Eso es lo que nosotras intentamos que cambie. Soñamos con que haya posibilidades aquí en el territorio, que haya paz y tranquilidad, que nos dejen de amenazar porque no le hacemos mal a nadie, que las mujeres que quieran ser madres puedan criar con alegría y tranquilidad, que los hombres también asuman esos cuidados con nosotras, con nuestros hijos, que acá se pueda estudiar y tener atención médica, que sea reconocida nuestra labor como mujeres del campo, que haya vías, que llegue información, que podamos sacar nuestros productos y venderlos a precios justos, que no tengamos que ir a la mina o a raspar coca para mantener nuestros hijos, que haya a dónde acudir cuando haya violencias o si se violan nuestros derechos.

Si lo piensa no es un sueño muy grande, pero es nuestra gran lucha. 

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