Mamá, no quiero ser bonita

En realidad, no puedo no querer. La generación de mujeres a la que pertenezco —más aún siendo colombiana— siempre quiere y necesita ser bonita. Aunque no lo seamos. Es como un mandato implícito, un duende en el oído que repite todo el tiempo que no se puede no serlo. Es muy reciente que las mujeres hayamos salido al espacio público y mediático, y resulta prácticamente innegable la presión estética sobre nuestras vidas. También es cierto que ese mismo duende de la culpa y la exigencia advierte que se puede ser bonita, pero no demasiado, porque si se es “mucho” aparece el riesgo de ser juzgada como banal, poco inteligente u otros estereotipos similares. Yo lo vivo y lo detesto. Confieso. Pero lo tengo tan interiorizado que me resulta enormemente difícil salir de ahí.

Cuando la radio era solo voz me parecía fabuloso que una pudiera tener una voz aterciopelada, un cerebro analítico y una lengua afilada, y al mismo tiempo una cicatriz de oreja a oreja, el pelo despeinado, nada de maquillaje, sin perder media hora de sueño para arreglarse ni vestirse con cosas que al menos combinaran. Yo soñaba con eso. Evidentemente, ese sueño murió con el videopódcast. Ni hablar de la idea que alguna vez cruzó por mi mente de dedicarme a ser una poeta maldita de raca mandaca, una Bukowski oliendo a whisky y tabaco, por la que suspiraran gentes diversas y condenadas a los versos más decadentes. Tiempos aquellos de bohemia veinteañera.

Para más desgracia, mis sueños de ser una intelectual de las que se encierran en un cuarto a leer, comer, dormir y aparentar ser más inteligente que los demás también fueron un rotundo fracaso, como todos lo que tuve donde quería los privilegios de un señor estereotípico y concentrado en el mundo público. Luego aprendí con las mujeres poetas que a una nunca le iban a permitir ser como Borges y difícilmente el mundo reconocería a una genia en la política. El feminismo me enseñó que nada de lo que hacemos va a ser suficiente. Y que a veces es mejor aceptarlo no sin estoicismo y ojalá con mucho de ironía. No se sobrevive si no.

La fabulosa escritora norteamericana Barbara Kingsolver —quien, por cierto, se atrevió a escribir un par de “superventas” vilipendiados por la crítica literaria de dignos señoros— narraba cómo, al día siguiente del asesinato de Patrice Lumumba en el entonces Congo Belga, cometido para imponer una dictadura proclive a Estados Unidos y a Bélgica (a propósito de intervenciones militares hoy tan de moda), las mujeres de la aldea de su historia se levantaron e hicieron exactamente lo mismo que el día anterior. Y la semana siguiente, lo mismo. Y un mes después, también. En nuestro mundo la política sí determina lo que hacemos en el día a día, pero no puedo dejar de pensar que esa imposición —o autoimposición, si se quiere— nos jode profundamente la vida cotidiana y también limita nuestra posibilidad de llegar a la política. Y no es que crea que cualquier mujer, por el solo hecho de serlo, vaya a abrirle el espacio a otras. Ya no soy tan ingenua. Pero que, además de todo lo evidente, nos jodan por ser o no ser bonitas es una tara adicional. Y duele.

No puedo evitar pensar que no faltará, en los corrillos sobre las mujeres políticas recién atacadas —o incluso en sus reuniones familiares— la frasesita de “pero sí deberías cuidarte”. O la fabulosísima “no es por estética, es por tu salud”. O las opiniones no pedidas sobre si sí o no debiste hacerte ese otro tatuaje. En fin.

Aunque muchas personas se solidarizaron con Paloma Valencia o con María José Pizarro frente a los ataques mezquinos y burdos de Matador —en el primer caso— y los irresponsables y odiosos de María Fernanda Cabal —en el segundo—, no puedo evitar pensar que el dinosaurio sigue ahí. Que no hemos despertado. No sé si alguno de mis lectores o lectoras ha vivido lo que implica una campaña política en términos de tiempo, dedicación, carreras truncadas y desgaste físico y emocional. Probablemente no. La política sigue siendo un espacio de privilegio, incluso con los avances actuales. No se llega fácil. Y para las mujeres es aún peor.

Cuando eres mujer y te lanzas a una campaña hay menos probabilidades de que un banco te preste dinero. Es menos probable que un partido político te respalde. Es menos probable incluso que tú misma tomes la decisión de entrar al espacio público, donde los horarios son todo menos compatibles con las labores de cuidado. Las mujeres en política siguen cuidando niños y personas mayores mucho más que sus parejas; se suman cargas mentales y físicas. ¿Y además nos toca ser bonitas?

Porque ser bonita no es hacer lo básico que pueden hacer —o no— los señores. Implica ser delgada. Implica no envejecer. Implica citas de peluquería, pelo perfecto, pensar la ropa, comer lo que te ofrecen sin engordar. Pero si haces el enorme esfuerzo de cumplir esos estándares —te maquillas a conciencia, haces dieta, te matas en el gimnasio— y además tienes un buen desempeño, eres poderosa, compites con hombres en las mismas posiciones, sostienes familias impecables, posas para la foto cuando toca y evitas que te retraten despeinada, entonces eres superficial. Las mujeres perdemos o ganamos votos según criterios estéticos, hegemónicos y profundamente injustos.

Confieso que no puedo dejar de pensar en mí misma, que a veces tengo cierta figuración pública. He pensado en dejar de salir en fotos. Me puse profundamente triste cuando Daniel Samper Ospina, otro matoneador de indignación fácil, publicó una foto mía con un saco —en realidad era una ruana— al revés, y contribuyó a la avalancha de insultos por fea, gorda, dejada o arruinada que viví ese día. El 99 % relacionados con mi cuerpo o mi aspecto. No imagino lo que viven mujeres mucho más expuestas, que además se arriesgan a disputar un escenario tan masculino y violento.

Para algunos —señoros en su mayoría— esto funciona como un castigo por el atrevimiento de entrar a la política y ocupar espacio. Para algunas mujeres es una carga que se acepta como parte del juego. Para otros, los que matonean, es libertad de expresión. Pero no por eso deja de sentirse como una invasión profundamente violenta. Duele, jode y limita nuestra acción. Nos pone a competir con un peso atado a los pies, nos quita tiempo. Y probablemente no va a desaparecer, al menos en el corto plazo.

No sé si algún día dejaremos de ser evaluadas por cómo nos vemos antes de que nos escuchen. Tampoco sé si la política —o la vida pública en general— llegará a ser un espacio donde el cuerpo femenino deje de ser un campo de batalla simbólico. El cierre de esta columna no tiene un propósito aleccionador; ni más faltaba. La primera piedra me caería a mí misma. Es, más bien, una forma cansada y profundamente política de decir: no nos jodan. O, mejor aún, jódanos por algo que valga la pena.

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Laura Bonilla