“Necesitamos madera para arreglar estas casas y ellos mismos ponen la mano de obra y la arreglan en dos minutos ¿no es cierto?” Esto fue lo que dijo el ministro del interior de Colombia Rodrigo Lara Restrepo en una visita a Buenaventura al ver las consecuencias del terremoto ocurrido el pasado 10 de agosto, a lo que le respondo que NO, señor ministro, NO ES CIERTO.
Yo sé que el ministro no piensa, literalmente, que una casa se construye en dos minutos, ni más faltaba. Entiendo que se trata de una expresión, muy desafortunada, con la que seguramente quiso transmitir que, una vez estén disponibles los materiales se puede reconstruir rápidamente. Sin embargo, las palabras importan, especialmente cuando se habla desde el poder en medio de una tragedia.
Decir que las casas pueden levantarse en dos minutos termina siendo deshumanizante porque minimiza la magnitud de lo ocurrido y desconoce que el patrimonito de estas familias no es simplemente martillar par de tablas. En cada casa destruida hay décadas de trabajo, ahorros, esfuerzos familiares, recuerdos, afectos y proyectos de vida. Para cientos de familias, lo que se perdió fue parte de un patrimonio material y emocional construido durante años. Y frente a ese dolor, quienes ejercen responsabilidades públicas tienen también la obligación de medirse en sus palabras.
Claramente, una persona como Lara no construyó su patrimonio en dos minutos, que, por cierto, según él mismo reportó a la DIAN supera los 556 mil millones de pesos. Por eso resulta problemático asumir que, porque una casa de madera parezca barata frente al tipo de vivienda en la que seguramente vive el ministro, reconstruirla será rápido y fácil.
Dos minutos para pensar antes de hablar, es lo que sí deberían tomarse Lara, el presidente y varios personajes de su gabinete. Dos minutos para pensar en sus palabras, en las formas con las que se dirigen al país y en lo extremadamente desconectadas que están frente a la realidad de quienes lo han perdido todo, porque andan recorriendo los territorios más afectados minimizando el dolor y revelando su profunda incapacidad para comprender la dimensión humana de la tragedia.
Además, es aún más preocupante que el propio ministro plantee la expectativa de contar con donaciones de empresas privadas, porque la solidaridad empresarial puede complementar la acción pública, pero jamás sustituirla. Estas manifestaciones dejan la preocupación de que la reconstrucción termine trasladándose a las propias comunidades y dependa de la solidaridad privada, mientras el Estado reduce su responsabilidad y se termine levantando nuevamente viviendas en condiciones similares a las que ya eran precarias antes de la tragedia.
Reconstruir barrios enteros de Buenaventura no puede significar simplemente volver a poner unas tablas donde antes había otras. Una respuesta estatal con seriedad debería proyectar la reconstrucción para garantizar viviendas dignas, ampliar la cobertura de acueducto, alcantarillado y demás servicios públicos, y corregir déficits históricos que ya vulneraban derechos antes de la emergencia.
Sin embargo, lo que sí ha quedado claro en estos días es que, a punta de minga y de trabajo colectivo nos hemos organizado para enfrentar esta tragedia. Mientras el Gobierno está desconectado de lo ocurrido, las gentes no hemos sido indiferentes, pues vecinos y vecinas, organizaciones sociales, comerciantes, jóvenes y personas dentro y fuera de Buenaventura hemos puesto manos, recursos, tiempo y corazón para recoger ayudas, acompañar a las familias y comenzar a levantarnos. Esa capacidad de organizarnos debería recordarles a Lara y al gobierno que existe un pueblo dispuesto a dedicar más de dos minutos para, desde la solidaridad, reconstruir los hogares, pero que merece hacerlo con dignidad y garantías.
Porque frente a la tragedia, una vez más se confirma que solo el pueblo salva al pueblo.



