Los desquiciantes platos que le preparaba Dalí a su amada Gala

Es época navideña. Algunas familias estarán preparando el pavo. Hace muchos años, Dalí se preparaba para otro tipo de experiencias. Abro el libro de recetas de Dalí. Él mismo dibujaba los platos. Veo una torre, roja sangrienta, hecha de partes de cangrejo y langostas. También, si detalla bien, podrá ver cabezas de niños y luego otra explosión roja, como si lo que vemos no fuera un plato, sino una alucinación de David Cronenberg. El plato tiene un texto. La explicación de la elaboración: “El cangrejo de río Paracelsus debe ir acompañado de cabezas cercenadas o de troncos de pequeños mártires de sangre caliente, esto en homenaje a Gilles de Rais cuyas eyaculaciones más gozosas eran provocadas por la contemplación de los semblantes moribundos de sus decapitados imberbes e inocentes, que no podían ser comparados más que con la pureza virginal de su compañera de armas, la Doncella de Orleans”. Surrealismo es romper cualquier tipo de tabú, escandalizar. ¿Hay algo más horrible que la historia de Barba Azul, el cruento asesino de niños? Dalí fue expulsado del movimiento surrealista por su creador, André Breton, por haber hecho un retrato de Hitler en 1933. En ese momento, ya se vislumbraban los horrores que podría hacer el nazismo. La defensa de Dalí fue contundente: “No hay nada más surrealista que pintar un retrato de Hitler”. Si el surrealismo es ir contra cualquier lógica, Dalí tenía razón.

No sabíamos del Dalí cocinero hasta que apareció hace unos años un libro maravilloso editado por Taschen, se llama Las cenas a Gala. No hay que saber mucho de Dalí para conocer a Gala. Su gran amor. Le llevaba varios años. Fue la única mujer con la que tuvo relaciones sexuales. Dalí era impotente, lo ha dejado claro en sus cuadros. Nació en Cadaqués en 1904. Tenía un hermano dos años mayor. El hermano murió siendo un niño por una enfermedad venérea que había adquirido su padre. Por eso, en Diario de un genio, el pintor cuenta que, sobre el piano de la casa, su papá había dejado la foto de un pene arrasado por la sífilis. La imagen se le estampilló en la cabeza como un reloj derretido. Por eso, cuando compartió Residencia universitaria con sus amigos más íntimos, el poeta García Lorca y el cineasta Luis Buñuel, y salían de juerga a los prostíbulos de Madrid, Dalí solía hacerse en un extremo de la habitación mientras, en una esquina, la mujer de turno se desnudaba. Buñuel cuenta en sus memorias, Mi último suspiro: “Dalí se masturbaba con extremo cuidado de que ningún bicho le fuera a saltar a sus genitales”.

Cuando Dalí conoció a Gala carecía de cualquier sentido práctico, “no sabía ni usar el dinero, su utilización práctica”, cuenta otro de sus amigos, Pepín Bello. “Cuesta creerlo cuando se convirtió en uno de los artistas más mercenarios de todos los tiempos”. Gala fue su todo. Dependía de ella para vivir. Por eso, quería cocinarle estos platos.

Dalí tenía teorías para todo y la comida no estaba eximida de esto. Siempre habló de una “odisea gastronómica” a la hora de sentarse a comer y a la hora de preparar sus platos. Su precepto era “el delirio bucal” que consistía en lo siguiente según él mismo lo expresó “Los paraísos erotógenos del lactante…los dos fantasmas esenciales de mis primeros meses de vida: el delirio bucal y el cegador imperialismo espiritual”. Y así se adentró en conceptos absolutamente delirantes que él llamó como “Las conquistas imperiales del paladar, las mandíbulas de mi mente están en movimiento perpetuo, el primer instrumento filosófico por excelencia del hombre es la toma de consciencia de lo real por medio de las mandíbulas. Atribuyo a toda clase de alimentos en general, valores estéticos y morales esenciales”.

El libro parece sacado de otra dimensión. Hay capítulos sobre platos hechos de cartílagos. El capítulo se llama Les supremes de malaises lilliputiens y así lo introduce Dalí “He aquí el supergelatinoso, el fofo, el superblando, el viscoso, el plato digno de persistir en la memoria, capaz de engañar hipócritamente tu estómago imperialista como a un verdadero chino”.

Se nota la influencia de Gómez de la Serna en su prosa, las famosas greguerías. Se nota también el afán de escandalizar. Lamentablemente no podemos mostrarles el libro por acá, pero cada plato lo dibuja el divino Dalí. Que la navidad sea un pretexto, compren el libro e intenten hacer una receta. A veces es bueno perturbarse.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.