Los coqueteos de Pablo Escobar al M-19

No existe una sola prueba que demuestre una posible financiación de Pablo Escobar a la toma del Palacio de Justicia. El mejor libro que se ha escrito sobre el capo, La parábola de Pablo, de Alonso Salazar, afirma que Escobar se dio cuenta de lo que pasaba en el Palacio de Justicia por televisión. Si bien la Corte Suprema de Justicia, en ese momento, analizaba la posibilidad de aprobar o no la extradición de colombianos a los Estados Unidos, algo sobre lo que Escobar había hecho una cruzada, los magistrados tenían otros temas más urgentes, uno de ellos eran las violaciones de los derechos humanos por parte de la fuerza pública.

Pablo Escobar siempre intentó ser reconocido como una persona de izquierdas. Su torcido sentido de la justicia era un bálsamo para aplacar su conciencia. Desde sus primeros años en el colegio armó “revoluciones” para no tener clase o no tener que pasar por la tortura de un examen. Nacido en 1950, Escobar vivió su juventud en pleno fervor revolucionario, incluso uno de sus primos, el hoy apóstol del uribismo José Obdulio Gaviria, era muy cercano a la izquierda radical. Sin embargo, el secuestro de Marta Nieves Ochoa, una de las hermanas menores del clan que hacía parte del Cartel de Medellín, desembocó en una ola de torturas, secuestros y asesinatos, y fueron determinantes para que el cartel emprendiera una cruzada contra el M-19, bautizada con el nombre de MAS: Muerte a los Secuestradores. Fueron incontables los miembros de esta guerrilla destrozados por los sicarios del cartel. Al M no le quedó de otra que dejar en libertad a la joven estudiante.

Escobar veía desde la distancia la venganza sangrienta. Incluso, en esa época, se hizo cercano a un joven intelectual que militaba en el M en esos años y que, después, pasaría a ser de las FARC: Pablo Catatumbo. Escobar lo dejó, por razones que solo podrá contar el excomandante guerrillero, durante meses en su poder. No estaba secuestrado, ni tampoco era un hombre libre, pero era como si Escobar quisiera saber, más al detalle, los secretos de esta organización guerrillera.

En 1985, el M-19 y su aparato publicitario habían convertido a esta guerrilla en la consentida de los medios de comunicación. Figuras de la sociedad colombiana como Enrique Santos Calderón, García Márquez y un largo etc veían casi con simpatía cada acción armada que emprendía el M por lo disruptivos que eran, por la simbología que tenía cada uno de sus golpes, su nivel de atrevimiento, se robaron la espada de Bolívar para emprender una nueva campaña libertadora, entraron al Cantón Norte y se llevaron miles de armas, se tomaron la Embajada de República Dominicana y todos esos golpes lo hicieron sin demasiados daños a terceros. Era lógico que a un bandido como Pablo Escobar le causara algún tipo de fascinación el funcionamiento de esta guerrilla.

Pero más allá del coqueteo y de que Pablo Escobar ofreciera algún dinero para operaciones puntuales, el M -al menos no se ha comprobado lo contrario- jamás recibió un peso de este grupo narcotraficante. En los últimos años, algunos familiares del capo asesinado, como su sobrino Nicolás Escobar o su hijo, Juan Pablo, afirman que el M-19 le entregó la espada de Bolívar a Escobar como agradecimiento por el apoyo que habían recibido por parte de él. En una entrevista a la revista Cambio esto dijo el hijo del capo: “Los detalles que recuerdo de ese artefacto son vagos porque estaba rodeado de docenas de juguetes; así que guardé la espada en mi habitación en la hacienda Nápoles. Con la espada de Bolívar ocurrió lo único que podía pasar con un adolescente que recibe un regalo como ese: terminó refundida por ahí, en alguna finca o apartamento. Le perdí el rastro porque no me importaba”.

En sus memorias, publicadas hace más de un año, Carlos Lehder Rivas afirma que el cartel no tuvo nada que ver con la toma del Palacio de Justicia: “La verdad de lo que ocurrió se la llevaron los guerrilleros muertos. Yo explico en el libro mi opinión al respecto, pero le aseguro que nosotros no tuvimos absolutamente nada que ver ni con la toma ni con la financiación. Ni sabíamos Pablo ni yo, ni ninguno que iba a ocurrir ese episodio, y menos financiar eso”.

La toma del Palacio fue una imprudencia descomunal del M-19, un acto suicida que expuso a cientos de colombianos al riesgo de morir en fuego cruzado y constituyó el principio del fin para este grupo guerrillero.

Escobar siguió manteniendo contacto con líderes de izquierda, incluso cuando tuvo información de que los Castaño querían asesinar a Bernardo Jaramillo Ossa, le advirtió en dos ocasiones, pero todo resultó imposible. Al final de su vida, Escobar quiso tener contacto con un grupo guerrillero y perderse en la selva. Pero las balas del Bloque de Búsqueda y de los PEPES, lo alcanzaron primero.

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