Vivimos tiempos en Latinoamérica donde las iglesias evangélicas se han convertido en un aliciente para los que no tienen nada. En los barrios más pobres del continente, a falta de Estado, de puestos de salud, de escuelas, los pastores evangélicos han entrado a ser una parte fundamental para la sociedad. Y por eso se han vuelto claves también a la hora de aparecer como factor decisivo en elecciones. Sucedió en Brasil, en Estados Unidos y en Colombia. El papel que antes cumplía la Iglesia católica ahora está siendo reemplazado por las iglesias cristianas.
Por eso es tan importante recordar a grandes pensadores y divulgadores del cristianismo. El primero de ellos es Pablo de Tarso, un hombre calvo, cejijunto, barrigón que soportó todo, hasta una lapidación que pudo haberlo asesinado. Pablo es una de las voces que más y mejor se escuchan en el Nuevo Testamento. Mientras no tenemos una imagen clara ni una voz que retumbe de Jesús, sobre Pablo lo sabemos todos. Sus Encíclicas, que no son sino cartas que le enviaba a las iglesias cristianas alrededor del mundo y que están consignadas en la Biblia, nos da un retrato certero de su entrega, su amor incondicional. Antes de él existían estoicos como Séneca pero, seamos sinceros, este era un consentido de Nerón quien además murió millonario. Nadie podría ser tan consecuente como Pablo de Tarso a la hora de renunciar a todos los bienes materiales por el bien espiritual. Incluso él mismo era heredero, pero decidió no aceptar el privilegio y dedicarse de lleno a la difusión de la palabra.
Pues bien, uno de los momentos más bellos de la biblia se lo debemos a él y es cuando recuerda la importancia del amor. Si no tenemos amor no tenemos nada, lo dice de manera directa. Es el capítulo 13 de Corintios y se llama El amor verdadero. Acá está este poema en donde se nota claramente no sólo la voz de Pablo sino la de Jesús mismo:
Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!
Si no tengo amor, de nada me sirve hablar de parte de Dios y conocer sus planes secretos. De nada me sirve que mi confianza en Dios me haga mover montañas.
Si no tengo amor, de nada me sirve darles a los pobres todo lo que tengo. De nada me sirve dedicarme en cuerpo y alma a ayudar a los demás.
El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable.
El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie.
No es orgulloso.
No es grosero ni egoísta.
No se enoja por cualquier cosa.
No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho.
No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad.
El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo.
Sólo el amor vive para siempre. Llegará el día en que ya nadie hable de parte de Dios, ni se hable en idiomas extraños, ni sea necesario conocer los planes secretos de Dios.
Las profecías, y todo lo que ahora conocemos, es imperfecto.
Cuando llegue lo que es perfecto, todo lo demás se acabará.
Alguna vez fui niño. Y mi modo de hablar, mi modo de entender las cosas, y mi manera de pensar eran los de un niño. Pero ahora soy una persona adulta, y todo eso lo he dejado atrás.
Ahora conocemos a Dios de manera no muy clara, como cuando vemos nuestra imagen reflejada en un espejo a oscuras. Pero, cuando todo sea perfecto, veremos a Dios cara a cara. Ahora lo conozco de manera imperfecta; pero cuando todo sea perfecto, podré conocerlo como él me conoce a mí.
Hay tres cosas que son permanentes: la confianza en Dios, la seguridad de que él cumplirá sus promesas, y el amor. De estas tres cosas, la más importante es el amor.



