Lo que me alegra y me preocupa de lo Therian

Debo reconocer que me alegra todo lo que altere la tranquilidad conservadora y camandulera, sin embargo, las respuestas relacionadas con ridiculizar y justificar la violencia en contra de la diferencia es un problema que realmente me preocupa.

En los últimos días se ha visibilizado en redes sociales, un fenómeno que no es nuevo, la existencia de los llamados Therian, que son jóvenes que afirman identificarse con un animal no humano y que lo expresan usando máscaras, desplazándose en cuatro patas o reuniéndose como colectivos. Y cuando algo incomoda, la respuesta conservadora es de inmediato violentar. A lo diferente se le tiene miedo, sin que representen un peligro real y se multiplican las preguntas sobre el tipo de sociedad que estamos creando, en vez de intentar dialogar para comprender.

No se trata de romantizar todo fenómeno juvenil ni de negar que existan debates legítimos sobre límites, convivencia o salud mental, pues como han señalado especialistas, la exploración identitaria en la adolescencia es común y algunas identidades son transitorias y otras permanecen.

Pero hay algo más profundo en la reacción social a este fenómeno, porque los violentos siempre encuentran la manera de justificarse y las burlas y acoso en nombre de la defensa de la sociedad deberían preocuparnos. Ese “chistecito” de que a la muchachada le falta “rejo” es absurdo. Cada vez que surge algo que desafía la norma, aparecen guardianes del orden listos para salvarnos y en esa cruzada moral se habilitan formas de agresión que se presentan como válidas.

Digo que me alegra que la tranquilidad conservadora se vea perturbada, aunque haya aspectos de los Therian que me cueste entender. Pero me alegra aún más que los conservadores queden expuestos en su ser violento y en sus preocupaciones selectivas, pues se les hace más fácil y cómodo caricaturizar a un joven con máscara de lobo, que indignarse por noticias como los casos de pederastia de la iglesia católica o los archivos Epstein. Nunca se están preguntando cómo proteger la vida y la dignidad de víctimas de hechos atroces.

El problema es que cuando se insiste en que lo diferente es una amenaza, se legitima el hostigamiento. Hoy son memes y comentarios despectivos, pero mañana pueden ser empujones en el parque o agresiones en el colegio. Cuando se instala la idea de que ciertas identidades desordenan la sociedad, se generan escenarios de vigilancia moral sobre los cuerpos ajenos y las juventudes. La historia demuestra que el pánico genera efectos peligrosos con discursos que afectan a la democracia y justifican las limitaciones a las libertades.

Ya me imagino cómo se expondrá esa pulsión conservadora de la narrativa sobre “proteger la familia” y “defender lo tradicional” ahora en temporada de campañas políticas. En Colombia vimos cómo el miedo fue instrumentalizado en el plebiscito por la paz o en otros países, esa misma narrativa alimentó el ascenso de la derecha autoritaria con personajes como Javier Milei, Donald Trump o Jair Bolsonaro. Por esto el debate no es sobre gentes que quieren caminar en cuatro patas, sino sobre si vamos a seguir justificando la violencia contra la diferencia.

Aquí lo verdaderamente salvaje no es un adolescente que corre en cuatro patas, sino una sociedad rabiosa que quiere atacarles.

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Ghina Castrillón Torres