Las ventajas de escribir de noche: el insomnio y León Valencia

La soledad es despertarse a las 3 de la mañana y saber que el mundo entero duerme. Es como si la humanidad se terminase y tu fueras el último sobreviviente. Padecimientos del insomne. No sé si León Valencia haya leído alguna vez Instrumental, el libro de James Rhodes. El pianista en esas memorias cuenta sus traumas derivados de los abusos sexuales que recibió mientras fue educado por curas en Irlanda. El insomnio fue una de las marcas que le quedó de esa infancia. Allí da un consejo a los que se levantan en medio de la noche: de nada vale revolcarse entre las sábanas, hay que ponerse de pie y empezar a trabajar. Por eso, se que si le escribo a León Valencia a las tres de la mañana él estará ahí, preparando los agitados días que le conlleva dirigir una fundación como Paz y Reconciliación y, de vez en cuando en la semana, investigando, intentando dar los primeros pasos que tendrá su nueva novela, una historia sobre los esmeralderos. No estará lejano el día en que sólo se enfoque en eso, en su gran pasión, la literatura.

Fue al neurólogo Francisco Lopera a quien escuché decir que uno de los atributos que tiene Cien años de soledad son las explicaciones médicas que da su autor a ciertos fenómenos. Tal vez Gabo haya sido la primera persona que asoció la falta de sueño con el Alzheimer. Cuando Macondo comió los caramelos hechos por los indígenas que habían bajado de la sierra con Rebeca todos quedaron contaminados con la peste del insomnio. Al principio José Arcadio Buendía se puso feliz, si no dormían pues trabajarían el doble. Pero a la semana empezaron a darse cuenta que, si bien no había cansancio físico, la mente no funcionaba igual y entonces ya no se reconocían entre sí. A los setenta años Gabo empezó a notar el mal que terminaría afectando a toda su familia y que le impediría a él terminar su obra más preciada, los cinco tomos que comprenderían sus memorias. El mejor aliado de una demencia prematura es la falta de sueño. Pero toda ley tiene sus excepciones. Conozco dos personas que están llenos de energía y de ideas y que no necesitan dormir, Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones, no duerme desde que los nazis bombardeaban Londres. El otro es León Valencia.

Sus amigos le temen. Después de una noche de gozo puede levantarse muy temprano a caminar cuatro kilómetros por la playa en Santa Marta, la ciudad en donde está el lugar donde descansa. Como si fuera un atleta implacable va desperdigando a los que lo acompañan con una facilidad que sólo puede verse en Pogacar cuando ataca en los Pirineos. No es disciplina, es sólo pasión por la vida.

No creo en las personas que aman la literatura después de los doce años. La lectura es un goce que se adquiere de niño. Un niño no necesariamente debe haber jugado a las escondidas en la harrypoterresca biblioteca del Gimnasio Moderno para que le gusten los libros. León aprendió a amarlos en Andes, el pueblo de Antioquia donde nació. Su papá leía en voz alta grandes pasajes de la biblia e incluso alcanzó a leerle El Quijote, en una edición de lujo que compró por allá en los años cincuenta. Cuando se fue a la guerrilla, poco práctico, se llevó el mamotreto. Subía las montañas con el libro a cuestas. Valía le pena. Cada noche, en los improvisados campamentos que se tejían en medio de una marcha eterna, lo sacaba y leía pasajes y recordaba los tiempos felices de la infancia.

Escribir es una forma de recobrar el tiempo perdido. En ese sentido todo escritor es cercano a Proust así no haya leído nada de él. Escribir es la única máquina del tiempo que ha probado su eficacia, su funcionamiento. La primera obra de ficción de Valencia fueron sus Años de guerra. Allí cuenta lo que puede ser la vida en la guerrilla de la persona menos apta para afrontar una guerra. Un Quijote es alguien que, contra toda esperanza de victoria, se lanza a la aventura, sin miedo, casi que irresponsablemente. Para ser guerrillero hay que tener, además de sangre fría, un sentido práctico que Valencia nunca ha tenido. No saber colgar una hamaca estando en el monte es estar condenado a dormir mal. El insomnio viene desde esos años. Nunca fue un guerrillero arrojado, fue un estratega, un animal político.

Cuando presentan a León Valencia en algún espacio académico siempre le endilgan en título de politólogo. La verdad, los que hemos leído sus memorias sabemos que no terminó el bachillerato. “Los hombres libres no necesitan de la universidad” es una frase que le endilgan a George Bernard Shaw. No sé si sea cierta o apócrifo. Conozco mucha gente brillante que no ha tenido títulos, pero no he conocido a nadie capaz de ganarle un pulso académico a un investigador investido de doctorado sobre un concepto teórico como lo ha hecho él. Muy a su pesar es un académico riguroso. Ahí están más de dieciséis investigaciones que él encabezó y que convirtió en libros, con todo el rigor para demostrar, por ejemplo, que en el año 2004 el 50% del congreso había sido elegido gracias al sofoco que impusieron los paramilitares en las regiones colombianas, a las grandes sumas de dinero que inyectaron a las campañas esos carteles de la droga convertidos en ejército. Desde la Corporación Arco Iris se creó un semillero con investigadores de la talla de Laura Bonilla, Claudia López y Ariel Ávila, que en ese momento eran veinteañeros sin miedo a nada y que hoy son políticos y pensadores indispensables para entender la política colombiana de este siglo que aún es joven, que aún no se ha resuelto.

Cuando los medios proclamaban a Álvaro Uribe en el año 2006 como el presidente más popular de todos los tiempos, León Valencia y su equipo señalaron y demostraron que Mario Uribe, primo del del de la Mano Dura y el Corazón Grande, le había pedido ayuda a Salvatore Mancuso en las elecciones de 2002 para conseguir votos que lo metieran al senado en Córdoba y en Sucre. Por esa época Mario Uribe, con sus casi dos metros, intentó golpear a Valencia en un juzgado. Si no se le hubiera interpuesto su abogado seguramente habría terminado con un ojo morado. Seguramente no habría encontrado respuesta.

Porque, si bien sus columnas y trinos han sido demoledoras, los que han conversado con León han encontrado a un tipo que nunca alza la voz y que tiene una cualidad que pocos escritores poseen: la de escuchar. Al oído lo entrenó gracias a la música. Una de sus novelas, Por el pucho de la vida, es homenaje a un tango llamado Las cuarenta y que popularizó en bolero Rolando Laserie por allá en los sesenta. Esa es una novela cargada de una nostalgia pesada, una evocación de la tarde en que leyó completa La insoportable levedad del ser mientras la lluvia que cae desde la Colonia en Bogotá lo invitaba a esa salida de emergencia que es el suicidio. En la tradición de Las penas del joven Werther de Goethe, esta es una novela que muestra, sin prejuicio, la decisión de salir de la vida por libre elección.

En esta década, con la libertad de sus setenta años, León ha apuntado a revelarse como un novelista. Una de ellas, La sombra del presidente, resultó premonitoria: tres años después de haber sido lanzada por primera vez un expresidente fue encontrado culpable de sus crímenes y condenado. Las pasiones que desató esa novela le regaló una de las alegrías más indiscutibles que puede sentir un escritor: pasear por la séptima y ver, ofrecido en una manta, una versión pirata de su libro.

Y con su última novela, La vida infausta del negro Apolinar, ya va en una segunda edición y ha sido destacada como uno de los mejores libros escritos en este 2025 en las listas que ahora pululan en los medios nacionales. Un libro escrito en medio de la incertidumbre de la pandemia que le sirve para hacerle un homenaje a sus amigos, a sus amores, a la lucha de los trabajadores colombianos.

Algunas personas no necesitan ni ir a la universidad ni dormir. Este es el caso de Valencia quien a los setenta años, como si fuera Mick Jagger, se dispone a ahondar en su papel de novelista, sin privarse de goces, con la seguridad que da saber que la vida es una sola y que no hay que perder ni siquiera un solo minuto. La única respuesta al absurdo es hacer lo que nos de la gana.

Noticias al Minuto

Picture of Iván Gallo

Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.