Detrás de todo dictador hay un misógino, pero en el caso de Rafael Leonidas Trujillo también habitaba en él un monstruoso violador de menores de edad. Sus ministros estaban en la obligación, si no querían bajar en la escala de sus afectos, de llevarle hasta a sus propias hijas, con tal de ganar puntos en su escalafón. Sus perversiones no se detenían ahí. Amo y señor de República Dominicana, solía invitar a sus ministros a tensas cenas donde contaba a voz en grito lo bien que se portaban en la cama sus esposas. Los peleles sonreían mientras a las esposas se les llenaba de rojo la cara.
Sus propios hombres terminaron asesinándolo. Hubo crímenes que nadie perdonó en Santo Domingo. Uno de ellos fue el asesinato de las tres hermanas Mirabal. La historia lo tiene en el paredón de lo que no se puede defender y se aseguró de que esto no se fuera a olvidar jamás. Por eso, se conmemora desde 1981, gracias a la iniciativa del movimiento feminista latinoamericano, el 25 N como el día internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer.
Las hermanas eran hijas de Enrique Mirabal, un hombre que se hizo muy rico haciendo negocios. Desde el colegio de monjas donde estudiaron las tres hermanas, Patria, Minerva y María Teresa, se destacaron por su inteligencia. La llegada de Trujillo al poder le quitó a su familia toda la fortuna. Las Mirabal no se resignaron, vieron que el mal se esparcía por toda la República Dominicana así que ayudaron a crear el Movimiento Revolucionario 14 de junio. Minerva y María Teresa fueron rápidamente identificadas por la dictadura como agentes de caos y fueron puestas presas en diferentes ocasiones. Se hacían llamar las mariposas. Trujillo les perdonó la vida -la feroz dictadura no aceptaba ningún tipo de contradicción- varias veces, gracias a los contactos que tenían las Mirabal dentro de la alta sociedad dominicana.
Sin embargo, las tres hermanas fueron juzgadas el 18 de mayo de 1960 por el delito de atentar contra la seguridad de la República Dominicana. Extrañamente, unos meses después, el 9 de agosto de ese año, fueron liberadas. Todo se trataba de un ardid. El plan se lo encomendó al Servicio de Inteligencia Militar, el SIM, que estaba bajo órdenes del general Pupo Román, era secuestrar a las tres hermanas y llevarlas a una casa en la población de La Cumbre, en las afueras de Ciudad Trujillo -como se llamaba en ese momento Santo Domingo- Amenazadas con pistolas las tres mujeres se subieron a un jeep. Una vez llegaron a la casa, a las hermanas las distribuyeron a cada una en un cuarto. Allí, con un trapo, empezaron a ahorcarlas. Para rematarlas usaron palos. Luego metieron los cuerpos en el carro donde las habían raptado y lo hicieron volcar por un peñasco. Querían hacerlo pasar por un accidente automovilístico.
Pero la mentira no le funcionó a Trujillo y empezó a ser el principio de su desgracia. La gente en República Dominicana repudió este hecho. Trujillo, un hombre que había ordenado el asesinato sistemático de haitianos en su tierra, que mató y violó al que quiso, creía que podría disponer de las vidas de las Mirabal sin que nadie lo tocara. En las escuelas de ese país, lo que los niños leían era un libro llamado Dios y Trujillo, escrito por uno de sus subalternos, en donde se explicaba por qué Dios había creado el mundo para que Trujillo mandara sobre los dominicanos. Algo patético.
El 16 de mayo de 1961 Trujillo fue asesinado mientras iba a una de sus casas donde lo esperaba -contra su voluntad- una niña de 14 años llamada Urania. En esto se basó Mario Vargas Llosa para hacer su inmortal La fiesta del chivo.
El asesinato de las hermanas Mirabal, gracias al 25 N, no se borrará jamás.



