Llegó un momento, por allá en 2002, en que Carlos Castaño le reconoció a sus hombres que era imposible ganarle a la guerrilla. En un combate siempre estarían en inferioridad numérica. “Cada vez que los enfrentamos perdemos a todos nuestros muchachos”. Esa guerra estaba perdida. Cinco años antes el pulso parecía otro. Cinco años antes las grandes masacres y el apoyo del ejército y del gobierno, que le había dado una especie de patente de corso para combatir a la guerrilla, podrían haber torcido el destino de esa confrontación. Pero las cosas cambian rápido. La llegada a la presidencia de Álvaro Uribe Vélez podría constituir, acaso, el inicio de una negociación, una puerta que se abría de manera sorprendente: podría haber un espacio para convertir a las AUC en un movimiento político.
En su libro, Mi confesión, Castaño habla sin tapujos del apoyo que habrían tenido las Autodefensas de seis personas notables de la sociedad colombiana. Nunca se llegó a confirmar esto, pero siempre se habló de dos personas. Una de ellas fue Pedro Juan Moreno, la mano derecha de Álvaro Uribe Vélez mientras fue gobernador de Antioquia y el otro José Miguel Narváez, quien daba cátedra de anticomunismo en varios batallones del país y que, además, le llevaba listas enteras a Carlos Castaño para que asesinara colombianos porque, según él, estaban colaborando con la guerrilla. Uno de ellos era Jaime Garzón.
En 2002, Carlos Castaño estaba hastiado de la guerra. La razón principal de ese arrepentimiento radicaba en la sensación de culpa que tenía por la extraña enfermedad con la que había nacido su hija. Se llamaba “El maullido del gato”, le producía dolores infernales y le auguraba un pobre crecimiento intelectual. La única manera que tendría de salvarlam era llevándola a los Estados Unidos a hacer un tratamiento. Pero Castaño era un narco y por eso necesitaba convertirse en un político.
Si bien Mancuso y Macaco repartieron plata a la lata para que en las elecciones al congreso de 2002 la mitad de los padres de la patria fueran suyos, Castaño iba por todo. Quería aspirar a la presidencia cobijado por un partido político propio. Lo ayudó un viejo ideólogo liberal que se había convertido al paramilitarismo, Ernesto Báez. Le enseñaron a pronunciar bien, a citar correctamente. Pero, adentro del paramilitarismo, sabían que esto era una utopía y que el destino de ellos era uno solo: traquetear. Era verdad, sería imposible ganarle la guerra a la guerrilla, pero al menos podrían aspirar a llenar sus arcas con millones de dólares. Carlos Castaño se opuso. Entre 2002 y 2004, año de su muerte, empezó a bloquear la llegada de grandes capos de la mafia a las AUC. Esto era un atentado contra el negocio. Se empezó a circular el rumor de que Carlos Castaño ya no era un parado, que ahora estaba haciendo tratos con los gringos, que era un faltón. Y por eso a su hermano Vicente no le quedó de otra que mandarlo a quebrar.
Castaño se iba población por población en Urabá a gritar que las AUC no eran refugio de narcos, que el objetivo de ello era destruir a la guerrilla, que eran buenos. Y por eso había que callarlo. Lo calló en 2004 uno de los hombres que más lo respetó, Monoleche, quien entró con dos carros llenos de hombres en una de las fincas del “Alemancito”, uno de los hermanos Rendón, donde Castaño había ido a desahogar sus penas y allí lo asesinaron.
Jamás sabremos qué sintió Vicente sobre esta decisión. A Vicente también lo matarían unos años después y de su cuerpo no quedó nada ya que, supuestamente, fue despedazado y cada uno de sus miembros enviado al río Magdalena. Un destino muy parecido al de sus víctimas.



