Al principio pensaban que nada ni nadie podría enderezar al indómito caraqueño. Intentemos entenderlo: a los nueve años, al morir su padre, Bolívar queda huérfano y rico. La única autoridad que tiene es Hipólita, la esclava familiar. A los 19 años, después de unos meses casado, María Teresa Rodríguez del Toro se muere. Es viudo y rico a los 19. Caracas le quedaba demasiado pequeña, así que regresó a Madrid. Cuando Simón Rodríguez, su maestro, lo vio en París, invitando champán en una mesa con ocho invitados supo que a su antiguo alumno había que aconductarlo por una vez más. Por eso, lo llevó a Milán donde vio cómo Napoleón era coronado. Luego se fue a caminar los Pirineos. Rodríguez fue claro en fortalecer su espíritu, como lo aconsejaba Rousseau y también su cuerpo. Esto se lo agradeció muchos años después Bolívar. Porque él pensaba y lo hacía bien, que para mandar había que hacerlo con el ejemplo. A los indómitos llaneros que le debían su fidelidad al feroz Boves, los convenció lanzándose al río Orinoco y nadando más rápido que ellos con las manos amarradas. Sí, las hazañas físicas de Simón Bolívar aún asombran.
Hace poco, la BBC afirmó que era el hombre que más había andado a caballo en toda la historia. Por eso, cuando uno recorre Colombia entra, a veces, a poblados miserables que tienen una sola cualidad: allí pasó una noche Bolívar. Y si pasó la noche fue porque también rumbeó ahí. Cada vez que Bolívar entraba a una ciudad, esta se adornaba con toda la fastuosidad que tenía. Incansable, no importaba el fragor de la batalla, siempre le quedaban energías para poder disfrutar un baile. No hay que olvidar que el rasgo más importante de Bolívar es el de ser Caribe.
En julio de 1822, la independencia americana era un hecho. Los españoles hacían fila para largarse de este continente. Por eso, entre el 26 y el 27 de julio, San Martín, el héroe que liberó a Argentina y a Chile, se encontró en Guayaquil con Simón Bolívar. No podía haber dos caracteres más contrarios. El primero era reservado, frío, gentil, el segundo era bullicioso, hiperkinético, el hombre más importante de América. Cuentan los cronistas que San Martín no esperaba encontrarse esa fuerza de la naturaleza. Creía que podía dominarlo con facilidad. De ese encuentro podría salir una política clara para imponer en todo el continente. Pero ambos próceres chocaron. A pesar de los desencuentros, Bolívar fue terminante con San Martín: no se podía ir de Guayaquil sin recibir un festejo. Así que el Libertador de Colombia organizó un baile en donde él fue, por supuesto, el último en sentarse.
En El general en su laberinto, Gabo muestra al Libertador en sus últimos días y allí también, porque está documentado, muestra cómo, a pesar de la enfermedad, pudo tener un último baile en Honda, antes de encontrarse con su destino en la Quinta de San Pedro Alejandrino.
Por ese carácter es que muchos de los intelectuales de la época -entre los que se contaba Alexander von Humboldt- cometieron el error de subestimarlo. Parecía demasiado vivaz, demasiado real para ser “el hombre que liberó a América”. Tenía una energía que dejaba a todos atónito, era capaz de seguir derecho después de desocupar varias botellas de ron, subir páramos inaccesibles para los seres humanos como el de Pisba y cruzar ríos como el Orinoco. Es una pena que no sepan enseñar una figura como la de Bolívar, en el colegio, y expongan a los niños al aburrimiento de sus aventuras militares sin gente que además las entienda. Bolívar es una aventura en sí mismo, un personaje de novela, una especie de rockstar. Correctamente enseñado en los colegios podría despertar en los jóvenes el fuego bolivariano. Pero no sé si eso le interese demasiado al establecimiento.



