Era uruguayo de nacimiento y la verdad es que era indomable. Nadie lo podía atajar. Era una fuerza de nacimiento. Los chavistas afirmaban que su carácter era producto del lugar donde había nacido. Hay algo profundamente provinciano en el Caribe y es la incapacidad para identificar y conocer a los habitantes del Río de la Plata. Tenía un programa, desde antes de la revolución bolivariana, que se llamaba Dossier.
Cuando llegó a Caracas, en 1969, tenía 28 años y era conocido por su trabajo como periodista de guerra. Su primer contacto con el periodismo fue a través de las emisiones que escuchaba de la BBC en su Montevideo natal. A los 20 años conoce al Che Guevara, cuando este llega a Punta del Este a dar una conferencia en el Consejo Interamericano Económico Social. Llegó a Venezuela por una invitación del gobierno de ese entonces y nunca más se fue.
Cubrió la guerra de Irán-Irak, vio cómo los sandinistas ganaban en Nicaragua, entrevistó a personajes como: Muhamar Gadafi en Libia; Abu Nidal en Bagdad; y la Madre Teresa en Calcuta, porque conoció el mundo y, gracias a eso, creó el programa Dossier. Desde 1990 se emitía en Venezuela. Algunos colombianos que vivían en Cúcuta no podían dejar de caer en las facultades hipnóticas que tenía para captar la atención de la gente. Durante treinta años transmitió de manera ininterrumpida hasta que, en 2020, en plena pandemia y como excusa a la contingencia del covid, su programa fue sacado del aire por orden del todopoderoso Jorge Rodríguez.
Martínez siempre se consideró un demócrata cristiano y, cuando Chávez arrasó con la libertad de prensa, tuvo tanto poder que fue el único de los grandes periodistas a los que decidieron no cerrarle su espacio. Eso no impidió que, en el año 2005, en pleno auge de poder chavista, cuestionara algunos nombramientos en ese gobierno. Le cerraron el programa, que en ese momento estaba en Venezolana de Televisión, canal estatal, y le ordenaron que se rectificara en vivo: “Yo no me rectifico de mi información”, respondió de manera tajante. No les quedó de otra que tolerarlo.
Su estilo era único y acuñó frases como la que presentaba antes de cada programa, viendo en una gran pantalla a nuestro planeta: “Buenas noches, queridos tripulantes de nuestra querida, contaminada y única nave espacial”.
Solo necesitaba un plano de la Tierra y una antena para explicarnos los movimientos de un mundo imparable, los vericuetos de la geopolítica. El parche en el ojo, una de las grandes incógnitas de su vida, fue porque, en un ejercicio de guerra en altamar, sufrió un accidente en los mares de China. En 2020, con la excusa de la contingencia generada para detener el covid, autoridades chavistas decidieron cerrarle su programa. Un día llegó a Venezolana de Televisión y ya no lo dejaron entrar más. El hecho lo grabó con su propio celular y lo difundió entre sus seguidores.
Ese año, en un acto de cinismo, Maduro le dio el premio de periodismo a toda una vida, un contentillo que daba a todos los periodistas que defendían, sin resquemores, su régimen. Martínez lo rechazó y escribió: “Abuso de poder de Nicolás Maduro. Un triste acto con el que se autorrebajó: se burló públicamente de mi persona y mi trabajo. No tuvo los pantalones para decir: ‘Walter Martínez estás fuera’. Usó eufemismo contra el trabajo de la tercera edad”.
Desde entonces, no volvió a salir en cámaras. Eso sí, lo veían en manifestaciones públicas de rechazo a los abusos de Israel en Gaza. Murió siendo consecuente consigo mismo y en el único lugar donde supo ser feliz: Venezuela.



