Fue por el llanto de su hija Elena que los vecinos supieron que les había pasado algo a Carmenza Landazábal y a su compañero, Oswaldo Gómez. La niña, de unos cuantos meses de nacida, se había quedado sola en la casa donde vivían en Girón. Ella había estudiado varios semestres de Trabajo Social en la Universidad Industrial de Santander hasta que la expulsaron. Sus amigos recuerdan el desconsuelo de la joven cuando quedó por fuera de la universidad. Creía que, sacando su título de trabajadora social, podría hacer mejor las cosas por la gente. Ayudar al otro era su vocación. Cuando la universidad le avisó que no la reintegraría, no le quedó de otra que entrar a una organización como ¡A Luchar! para cumplir con su destino.
Pronto tendría su prueba de fuego: el gran paro cívico del nororiente colombiano, ocurrido entre el 7 y el 13 de junio de 1987. Fue una movilización histórica, 120.000 campesinos del Magdalena Medio, de Cimitarra y Barranca, salieron a las carreteras a blandir su canto, sus exigencias, a decir que no iban a resistir más maltrato y olvido estatal. En ese momento, los grupos paramilitares arreciaban con sus masacres y sus desapariciones, enfocadas, sobre todo, en el exterminio de dirigentes de la Unión Patriótica. Se pedían, además, mejoras en la infraestructura y, por supuesto, en las carreteras. Allí, Carmenza demostró una capacidad para organizar excepcional.
Su misma labor y entrega se desbordó durante las marchas campesinas de 1988. Mientras tanto surgían, como hongos después de la lluvia, los grupos paramilitares. Se denunciaba y se pagaba un precio muy alto por hacerlo.
Aunque el gobierno, por encima de la mesa de negociación, aceptó los pliegos de peticiones, por debajo empezó a perseguir el movimiento social. En Bucaramanga, el único sitio que podía prestar algún tipo de respiro a los luchadores del cambio era la Universidad Industrial de Santander. Cualquier estudiante inquieto, cualquier trabajador que opinara mucho, estaría en la mira de la temible Quinta Brigada, que había desplegado una cacería de brujas contra todo lo que oliera a revolución.
A Carmenza le decían la Mencha porque en ese tiempo estaba de moda la telenovela Gallito Ramírez protagonizada por una pareja que causó sensación, Carlos Vives y Margarita Rosa de Francisco, cuyo personaje en el dramatizado correspondía al nombre de “la Mencha”. Sus amigos la dejaron de ver el 17 de octubre de 1988. Ese día, como tenían costumbre, se fue con Oswaldo a hacer las llamadas de rigor en un teléfono público que quedaba en frente de su casa en Girón. Según testigos, unos hombres que estaban vestidos como si fueran operadores técnicos de Telecom los empezaron a agarrar a golpes y los montaron en una camioneta. Por eso, la bebé se quedó sola y los vecinos escucharon el llanto, y los amigos de la pareja fueron a recoger a la niña y la llevaron al pueblo de Tona, de donde era la Mencha, y allí la criaron sus abuelos. Ni a ella ni a Oswaldo sus amigos pudieron encontrarlos, y hoy siguen desaparecidos.
Ahora Luz Helena, el nombre de la niña, es una mujer de 38 años quien vive muy orgullosa de su mamá. Hace unas semanas, la Universidad Industrial de Santander, en un acto histórico, le otorgó a Carmenza Landazábal el grado póstumo de trabajadora social. Fue hermoso, pero, también fue una gota de consuelo en un mar de desdicha, injusticia e impunidad.



