En 1966, cuando su hijo Iván tenía 3 años, a Yira Castro no le quedó de otra que irse del país debido a las amenazas que caían sobre su esposo, el abogado y periodista Manuel Cepeda. El destino fue Praga, la ciudad en donde ese mismo año estaba refugiado el revolucionario más legendario de todos: Ernesto Guevara de la Serna.
Yira tenía el comunismo en la sangre, al igual que a sus seis hermanos. Desde que era una niña, supo lo que era ser perseguido por un Estado que no reconoce la diferencia. Estaba tan comprometida que, a los 16 años, ingresó a la Juco. A los 20 años se casó con Manuel Cepeda Vargas y, en ese entonces, sufrió un golpe tremendo: fue detenida y pasó unos meses en el Buen Pastor. El Estado represor en Colombia no toleraba a los rebeldes. Fue víctima del Estado opresor del presidente Guillermo Valencia, después de que este decidiera bombardear Marquetalia, la zona en donde guerrilleros de lo que después se llamaría las FARC vivían, luego de lograr los acuerdos de paz con el gobierno de Rojas Pinilla.
En su refugio, en Checoslovaquia, Yira se convirtió en corresponsal de la CTK, agencia de noticias checoslovaca. En ese momento, ese país se encontraba dentro del telón de acero y la influencia de la URSS era absoluta. Sin embargo, en los sesenta, Praga vivía algo parecido a una primavera. Intentaban escapar de las férreas disposiciones de Moscú. Yira, más abierta que su esposo, celebraba esa especie de deshielo comunista.
En los setenta regresó con su familia a Colombia, se vinculó como periodista activa del semanario Voz y, durante el régimen de Julio César Turbay Ayala, en el que la persecución a todo lo que sonara a comunismo estaba a la orden del día, tuvo que esconderse y vivir como lo que era: una perseguida. Cada tanto tenía que ver a sus hijos en diferentes escondites. Si caía, el destino sería el mismo de Vera Grabe y tantas otras mujeres de izquierda: los abusos, las torturas, ser tratadas como pedazos de trapo por los infames militares. Estaba condenada a estar la mitad de su vida en la clandestinidad. La buscaban; creían que su forma de hacer periodismo era uno de los brazos que tenía la insurgencia para informar, para hacer propaganda.
Tuvo dos hijos, Iván y María. Esta última recuerda que solo cuando se fueron a vivir a una casa en Kennedy los dos niños pudieron saber lo que significaba jugar en un patio, al aire libre. Fue gracias a la intervención del propio Partido Comunista que llegó a un acuerdo con el gobierno Turbay, que le permitió seguir ejerciendo su oficio. Entonces, pudo dejar atrás los escondites, las fincas aledañas a Bogotá y vivir un momento de normalidad con sus hijos.
Aún viven periodistas que fueron ayudados por ella en una época donde la libertad de expresión estaba socavada. Fue miembro del Círculo de Periodistas de Bogotá y marcó huella con su capacidad de sacrificio. La decisión con la que defendió a los periodistas y al incipiente movimiento feminista le hizo inevitable meterse en la vida política. En 1980, fue elegida concejal de Bogotá, pero, lo que no sabía es que sus días estaban contados.
A los cuatro meses de haber sido electa, Yira Castro cayó enferma. Fue una dolencia neurológica que le arrancó la vitalidad a esta mujer de energía inacabable. La familia Cepeda la llevó a ser atendida a La Habana y Moscú, en donde estaba la mejor medicina del mundo comunista. Pero en la capital de la Unión Soviética fue donde obtuvo un diagnóstico lapidario: tenía un tumor cerebral que ya no se podía tratar. Yira regresó al país el 6 de julio de 1980, tres días después moriría en su casa en Bogotá. Su hijo Iván Cepeda tenía 18 años y viviría la primera de muchas tragedias que tendría que soportar en una vida que lo tiene a punto de ser presidente de la República.



