No es de rigor ser analista político o periodista investigador, para concluir que todos los astros se han juntado en función de que el candidato Iván Cepeda sea nuestro próximo presidente. Tal fenómeno, ni siquiera merece explicaciones; porque salta a la vista cómo los colombianos y las colombianas ya están cansados de quienes en la política han demostrado no tener escrúpulos, pues sus actuaciones -al descontar la ética- carecen de reparos morales acerca de lo que es bueno y lo que es malo.
La simpatía del pueblo con Iván Cepeda, demuestra que la gente de hoy reconoce a los bandidos que, disfrazados de políticos, les han mentido sin sonrojarse. La gente está cansada de la corruptela y de la violencia, fraguadas por los gobiernos anteriores. En el presente, gracias al buen desempeño del presidente Gustavo Petro, se han abierto los ojos de “la gente buena”, de los campesinos, de los trabajadores, de los obreros y de las juventudes.
Actualmente, es palpable la ocurrencia de un cambio de agujas en la ruta de las conductas políticas. El estado colombiano, que venía siendo administrado como si fuera un tren enloquecido -sin líneas éticas ni morales- estaba desarmándose por su propio caos. En el presente, por primera vez el norte de la conducta social está recomponiéndose: hay gente sembrando y produciendo, hay conciencia medioambiental, hay comprensión del sentido de la equidad, se reconoce al arte como motor cultural y se auspicia la educación y el desarrollo de las ciencias.
En lógica consecuencia, la ciudadanía que ha visto y ha sido testigo de este cambio de agujas, y que se ha percatado de la importancia de los programas sociales del presidente Gustavo Petro, está dispuesta, en un acto reflejo, a respaldar el nombre de quien asegure la continuidad de sus políticas. Y no otra cosa ha ofrecido el candidato Iván Cepeda, quien además ha manifestado que lo hará dándole prioridad a las buenas costumbres políticas. Cepeda propone una “revolución ética” que dinamizaría al país, ya no como a un tren enloquecido, sino como a un cuerdo tren bala, enrumbándolo hacia el norte moral que todos queremos.
El senador Iván Cepeda, ha dicho que su proyecto de gobierno será una “revolución ética”, como añoran que ocurra, una cantidad de conciudadanos que han sufrido el maltrato de la “cultura traqueta” y la exclusión por parte de un sector social inculto, que mientras hace el mal se autodenomina “gente de bien”. Si la ética llegara a ser el alma del próximo gobierno, disfrutaremos con felicidad la realidad del progreso y, en plena paz, veremos rodar los trenes, escucharemos a los instrumentos musicales, y veremos bailar y gozar a la gente.
Pero, ¿qué es la revolución ética?, o mejor, ¿qué es la ética? La ética, en términos generales es la moralidad de los actos humanos. En el contexto de lo político la ética se ocupa de precisar nuestra conducta en correspondencia a una específica y reglada noción del bien y el mal, y lo hace estableciendo normas basadas en “el deber ser”. Cuando decimos que alguien tiene ética, nos referimos inmediatamente a que su conducta, sus modos y maneras, es buena para la vida, para la convivencia y para el bienestar colectivo.
Pese a que la moral y la ética son conductas sociales -por eso no casan con el espíritu de los individualistas- están muy ligadas al ser y en efecto su condición es de autónomas. Aunque pueden enseñarse -y de hecho la mayoría de las sociedades y de las poblaciones tienen su moral y su ética y las profesan- lo cierto es que la autonomía hace que cada sujeto decida si actúa en concordancia con los criterios inculcados, o si mejor se adhiere a los de su propia intuición e impulsos emocionales.
En tal suerte, la ética social cuando no es uniforme, por falta de una educación que así lo asegure, es temeraria. Cada sujeto, autónomamente construye su ideal moral y por eso vemos a muchos colombianos, a quienes les resulta atractivo e imitable un personaje armado, en carro blindado y con escoltas, mientras que a otros les resulta desagradable. Cuando una ética está suelta de los lineamientos morales de una sociedad, se pierde en seguida la coherencia moral y, así como el gobierno de Petro incentiva a la música como herramienta de conocimiento en los colegios, el presidente Duque, en su tiempo promocionó la música y a los artistas enaltecedores del mundo paraco.
La moral y la ética son autónomas, y por ello requieren de la racionalidad y de una mínima instrucción escolar. Tener ética implica tener capacidad mental. Cuando se es irracional e ignorante, la autonomía del criterio ético suele ser discordante con lo que el proyecto de la humanidad exige. De tal suerte, que el senador Iván Cepeda, como candidato presidencial, anuncie que su gobierno será una “revolución ética”, significa que va a aplicar la ley moral y no la suya, ni la de nuestro país éticamente convulsionado, sino la moral universal, la de los preceptos que la naturaleza nos dicta para que no desviemos nuestro norte como especie.
Algo de marxismo contiene la propuesta del senador Iván Cepeda, y no es negativo ni extraño que así sea, pues siempre ha sido un político de izquierda. El marxismo, como lo he aprendido de los profesores Leandro Pantoja y Gustavo Zúñiga, ha entendido el concepto de ética haciéndolo pasar de ser un problema individual -la mentada autonomía- a una solución social, todo sobre la constitución de un criterio ético y de un criterio moral, fieles a lo que la especie señala como conductas buenas o malas.



