Veo a Gustavo Petro entrar a la Casa Blanca a las 10:50 de la mañana, diez minutos antes de lo previsto, acompañado de una delegación medida, casi quirúrgica, en una escena que hasta hace pocos meses parecía improbable. Después de una gran ofensiva de Donald Trump sobre Petro y Colombia que incluyó la descertificación condicionada, la retirada de la visa, la inclusión en la lista OFAC y la amenaza de proceder acá como procedió en Venezuela; ofensiva a la que Petro respondió negándose a recibir a los migrantes encadenados y humillados, volcándose a las calles de Nueva York megáfono en mano a pedir que los soldados le desobedecieran a Trump, acusando al mandatario gringo de secuestrar a Maduro y vilipendiando de todas las maneras el despliegue militar en el Caribe.
El presidente colombiano llegó a Washington tras una llamada cordial con Donald Trump, dispuesto a recomponer una relación bilateral que durante décadas ha sido intensa, pero también profundamente asimétrica. Nada en esta visita parece improvisado. Detrás de ella hay un trabajo de hormiga, silencioso e incansable, encabezado por Daniel García Peña, diplomático experto y conocedor fino de la sociedad norteamericana, que logró sentar sobre la mesa puntos de encuentro en una agenda Bogotá–Washington que muchos daban por clausurada. Se cuidaron los tiempos, los gestos y también aquello que podía tensar el ambiente. La diplomacia, cuando funciona, se nota en los detalles.
Y, al parecer, le ha salido mejor a Gustavo Petro plantarle la cara a Donald Trump, que a la derecha colombiana sus viajes a Estados Unidos a promover las amenazas y las acciones contra el gobierno de Petro y contra Colombia. Creo que Uribe y la derecha no han entendido para nada las personalidades de Trump y Petro, quizás a eso se deben sus equivocaciones
Los símbolos hablaron con claridad. El atuendo de Melania Trump, diseñado por Flor Imbacuá, alta costura nariñense que no le envidia nada a las pasarelas de Milán o Nueva York, fue un guiño inesperado. Las canastas de productos colombianos llevaron mensajes escritos por familias que dejaron la coca para producir café o cacao, equilibrando el mensaje de mano dura que ya había puesto sobre la mesa el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, durante su viaje previo. En pocos gestos se condensaron doscientos años de relación diplomática entre Colombia y Estados Unidos, una relación que, durante buena parte de su historia, ha sido administrada —y manipulada— por élites políticas y económicas. Además Trump le regaló un ejemplar de su libro El arte de vender con una dedicatoria que define el éxito de la reunión: “You are great”.
La principal queja de sectores de la oposición ha sido preguntar por qué no se manejan todas las relaciones diplomáticas con este mismo rigor. La observación resulta, por decir lo menos, interesante, viniendo de quienes se encargaron de posicionar noticias falsas para convencer a sectores republicanos de que en Colombia existe un sentimiento pro-MAGA esperando, in pectore, su momento de brillar. La política exterior, como la interna, suele revelar contradicciones incómodas.
Pese a todo, la reunión transcurrió de manera cordial y ambos presidentes se mostraron firmes. Vale la anotación: entre las muchas complejidades de Trump está su particular criterio para decidir a quién le concede atención. No gusta de personalidades débiles. Aunque Petro y Trump han confrontado, ambos tienen algo que el otro necesita. Trump enfrenta una caída acelerada de popularidad, no ha logrado resultados con ICE, tiene un cierre presupuestal en el Congreso y registra niveles de aprobación atípicamente bajos. Petro, por su parte, entra en los últimos siete meses de su mandato con encuestas que sugieren la continuidad de su proyecto político y con un escenario regional y electoral que exige estabilidad externa.
El voto latino se ha desplazado en Estados Unidos y el Partido Republicano puede resentir algunas de las decisiones de Trump en el Congreso. Petro es consciente, además, de la enorme capacidad de incidencia de Estados Unidos en la política latinoamericana. Trump no la oculta; por el contrario, la enuncia con crudeza. Una interferencia abierta sería incómoda —y profundamente inconveniente— para unas elecciones que ya se desarrollan en un clima caldeado, marcado por hechos graves como el asesinato de Miguel Uribe Turbay y por una violencia política que, como hemos mostrado desde la Fundación Paz y Reconciliación, presenta cifras preocupantes.
Petro también necesita recomponer la cooperación militar y de inteligencia con Estados Unidos. La requiere para sostener la arremetida del Estado en territorios como el Catatumbo y el Cauca y para mostrarse fuerte en las mesas con el Clan del Golfo y otros grupos armados. Colombia sigue siendo, quizá, el país más dependiente militarmente de Washington en la región. Tampoco convienen sacudidas mayores a la economía, un frente en el que el gobierno ha sacado, hasta ahora, una nota aceptable.
Lo que se sabe hasta el momento de cerrar esta columna es que fue una reunión en la que cada presidente tenía claramente delineado qué quiere y qué necesita. Con un añadido relevante: la posibilidad de que el gobierno Petro colabore en la estabilización de la frontera para facilitar inversiones petroleras norteamericanas, al tiempo que pone sobre la mesa intereses estratégicos de Colombia en materia de gas y soberanía energética, retos que no son nuevos para el ministro de Minas, Edwin Palma.
Ya veremos los resultados. Pero quienes pensaron que la visita se reduciría a un regaño, o a la imposición de vetos desde Washington sobre la política colombiana, pueden terminar profundamente decepcionados. La política internacional rara vez se mueve por impulsos morales; se mueve, casi siempre, por necesidades compartidas.



