Tanto tiempo, y aún no sabemos nada más que lo que le dijo Juan Roa Sierra al policía que alcanzó a detenerlo y que permaneció con él los tres minutos que resistieron las rejas de la droguería Granada antes de que la turba las tumbara para llevarse al hombre: “Señor, esto lo mandaron fuerzas oscuras y poderosas que ni usted ni yo podemos entender”. El escritor Miguel Torres, quien más lejos ha ido en la investigación, al crear su novela El crimen del siglo, nos da una semblanza poderosa del supuesto asesino, un perdedor de la vida que creía en la magia, que se la pasó buena parte de su vida buscando tesoros, que intentó suicidarse en el salto del Tequendama, que se creía la reencarnación del general Santander y que aceptó 8000 pesos para asesinar a Gaitán sin pedir un anticipo, el monto total deberían dárselo en el momento en el que ocurriera el hecho. Un disparate.
El arma que compró a plazos tenía roto el tambor. Era inservible. En el relato de Torres se cuenta cómo alguien, un hombre alto y flaco que lo acompañaba, lo señaló en la multitud para callarlo, para que lo mataran como lo hicieron. Roa Sierra estaba obsesionado con Gaitán y no le había perdonado que no le diera un trabajo, como se lo había pedido y por eso lo seguía a todas partes, a su casa en Santa Isabel, al parque Nacional, donde el líder trotaba todos los días. Pero Torres duda de que hubiera disparado.
Lo único cierto es que entre 1946 y 1950, bajo el gobierno de Mariano Ospina Pérez, la violencia en Colombia se cebó contra los liberales. Nada más en 1947 la violencia provocó la muerte de 14.000 colombianos, el 65 % de ellos eran liberales arrinconados por la fuerza represiva de ese presidente conservador. Desde lugares de Boyacá, como la vereda Chulavita, se armaron policías con un poder de intimidación y una fuerza destructiva única. Por los caídos, Gaitán hizo una marcha del silencio un mes antes de su asesinato. Según Arturo Alape esto tuvo tanta fuerza —ver a cientos de miles de personas desfilar en completo silencio, lo único que se escuchaba era el roce de su ropa al caminar— que alertó a las fuerzas más conservadores del país —entre los que habría muchos liberales— sobre el fenómeno de masas que era Gaitán.
Ante la inmensa amargura que significó haber perdido al líder máximo de lo que ellos llamaban una revolución, la gente salió en diferentes partes del país a quemarlo todo. En los llanos, en Tolima, en Antioquia, liberales campesinos se armaron, cansados de la violencia ejercida contra ellos y se formaron guerrillas o una especie de autodefensas armadas campesinas. Esto duraría hasta 1953, cuando dio el golpe de Estado el general Rojas Pinilla. Rojas logró pacificar a estos grupos armados y conseguir que más de 80 familias se fueran a Marquetalia. Después de ser depuesto en 1962, el entonces presidente Guillermo Valencia atacó Marquetalia por vía área, se dice que usó napalm y bombas biológicas, y entraron a ese lugar más de 16.000 efectivos. Uno de los sobrevivientes se llamó Pedro Antonio Marín. Ese fue el origen de las FARC, que después se degradaron hasta el punto de parecerse, casi al final de su vida en el monte, más a un cartel de secuestro, extorsión y narcotráfico que a una guerrilla.
Pero fueron tan impresionantes las fuerzas telúricas que arrastraron la muerte de Gaitán, que removieron el sentir de los obreros, del campesinado, de todos los que sentían que tenían que mover el país, así fuera volteando y quemando tranvías, con tal de sentirse más cerca de una justicia que siempre les fue negada.



