La memoria se camina

Jorge Lara Restrepo en el barrio Loretto, Comuna 9 de Medellín en el año 2021.

La memoria empezó antes de que pudiéramos recordar.

Cuando asesinaron al ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, teníamos dos años y ningún recuerdo propio. Pero las bombas, los asesinatos, los secuestros, ese terror que sembraba el cartel y las noticias que irrumpían en la vida cotidiana, fueron formando —mucho antes de que pudiéramos nombrarlo— el país que habríamos de vivir.

No recordamos el momento en que ocurrió, lo recibimos en relatos, en imágenes, en silencios, en las consecuencias que dejó en quienes sí lo vivieron; y en el grito televisivo de ultratumba de un adolescente, cuando unas esposas le apretaron las muñecas y le doblaron los brazos. Era quien conducía la moto desde la que se disparó contra el ministro y fue el único que cumplió una condena. Nadie de la cúpula del cartel de Medellín ni de sus satélites políticos pagó por ese crimen. Nadie. Él fue el chivo expiatorio de la culpa de muchos y, con el tiempo, ese grito nosotras lo recibimos en forma de pregunta: ¿qué hacemos con aquello que no vivimos, pero que de alguna manera nos ha sido confiado?

El ministro llegó a nuestra memoria por esa historia compartida, primero como una figura de la vida pública, un nombre ligado a un momento decisivo de Colombia; y con los años ese nombre dejó de pertenecer solamente a la historia nacional y adquirió para nosotras otra dimensión: la de un padre, el padre de Jorge Lara Restrepo, nuestro amigo, cuya vida y cuya muerte terminarían formando parte de nuestra propia historia; quizá así comienza una memoria que no es enteramente nuestra.

La muerte de nuestro amigo volvió esa pregunta más cercana, y ya no se trataba de recordar a ese ministro, sino de preguntarnos qué hacer con lo que Jorge había comenzado y que quedó abierto

 

cuando murió. La pregunta no nos la hacíamos solas; a nuestro lado estaban Nancy, su madre; Paulo, su hermano menor; y Edgar, nuestro primo. La Fundación Jorge Lara Restrepo nació entre nosotros como una decisión asumida, surgida del dolor, pero también de la convicción de que la memoria no podía quedarse quieta. Con el tiempo entendimos que tampoco podía guardarse, sino que había que caminarla.

Jorge había comenzado a hacerlo en la comuna 9 de Medellín, en Loretto, un barrio que durante décadas ha cargado con OTRO nombre difícil de pronunciar. Allí descubrió que la memoria no puede permanecer encerrada en los libros, en los archivos ni en los discursos; tiene que entrar en los lugares donde la historia todavía respira.

Era un hombre difícil de reducir a la biografía sin permitir que los cargos lo definieran. Era ave de alto vuelo, director audiovisual y administrador de empresas que trabajó con Naciones Unidas. Prefería los lugares donde las cosas ocurrían de frente, donde las heridas no tenían nombre y las preguntas no admitían respuestas cómodas; era libre, contestatario y, a veces, terco. Discutía con intensidad y desconfiaba de las respuestas fáciles, aunque su inconformidad no nacía de la necesidad de imponerse, sino de una profunda resistencia a aceptar la injusticia como parte natural de la existencia. La muerte de su padre partió su vida cuando tenía apenas siete años y aquella herida nunca dejó de acompañarlo; pero no intentó desprenderse de ella, sino que la convirtió en una búsqueda de verdad, justicia y reconciliación, porque para él la vida no era un discurso sino la manera de estar con los otros.

Quizá por eso terminó caminando aquel barrio.

Loretto tiene una identidad movediza. Tres nombres conviven allí y no siempre dicen lo mismo. El nombre oficial del barrio es Loretto; Medellín Sin Tugurios es el nombre de la urbanización, además de ser el que aparece en los registros, cuyo proceso de legalización inició en 2012; y barrio “Pablo Escobar” es como todavía lo llama buena parte de sus habitantes y quienes llegan de fuera. En ocasiones esa toponimia múltiple se convierte en un cuento de humor o de terror, pues basta con que una carta o un paquete sea enviado con uno de esos nombres y que el servicio postal o de mensajería no lo dé por válido para que pueda perderse en el camino y nunca llegar a su destino, como si el territorio todavía estuviera buscando la manera de definir qué es y dónde está.

Para quienes llegaron allí en los años ochenta desde el antiguo basurero de Moravia, después de haber vivido en condiciones indignas, el nombre de Escobar está asociado también a una historia concreta, la posibilidad de tener una vivienda. No nos corresponde juzgar esa memoria, nos corresponde comprenderla, y frente a la sensación de cargar con una genealogía entera y estar constituidos por historias que no escribimos, queda el desafío de aprender a caminar esos nombres con el propio paso.

Durante estos años entendimos que la coexistencia de esos tres nombres no es una simple dificultad administrativa, ya que detrás de ellos hay tres maneras de relacionarse con un mismo territorio, tres memorias que conviven sin terminar de encontrarse, y la memoria no es siempre un relato común, sino la tensión entre lo que cada uno recuerda, lo que otro olvida y aquello que ninguno puede recuperar completamente.

 

Trabajar allí nos enseña que un territorio con una historia así no puede atravesarse como si fuera un lugar cualquiera, que hay fronteras y líneas rojas que no están escritas en ningún documento y que solo se identifican escuchando.

Entendemos que no todo nos corresponde preguntar, que no toda historia es nuestra para contar. Negar las dinámicas que durante años regularon la vida del barrio sería ingenuo, idealizarlas sería irresponsable. El barrio ha cambiado gracias a la obra de quienes lo habitan.

La desconfianza ha estado, está y estará. No nos corresponde derribarla.

Lo único que podemos hacer es volver cuando no se nos espera, escuchar cuando el silencio es la única respuesta y mantener la palabra dada como se mantiene el fuego, con las manos, con el aliento, con el corazón y con la paciencia de saber que no lo podemos dejar apagar. Y aceptar que una comunidad tiene derecho a decidir cuándo y cómo confiar. Aunque nunca confíe.

Voluntariado Fundación Jorge Lara Restrepo evento `` Mundialito de Fútbol 14 de junio de 2026`` en el barrio Medellín Sin Tugurios.

Llevamos años caminando ese territorio y todavía seguimos aprendiendo. Thomas Mann imaginó en La montaña mágica a un joven que subió para una visita de tres semanas y se quedó siete años, y algo de eso hay en nuestra manera de haber llegado a Loretto, porque llegamos creyendo que sería una visita y la montaña terminó transformándonos, aprendimos a observar y conocimos la sensación de ser observadas, incluso confundidas. Encontramos un barrio marcado por una historia difícil, pero también una comunidad que no quiere quedar reducida a ella; hallamos heridas, pero también una capacidad de reconstrucción que no se agota. Nos topamos con la memoria y también con el futuro.

Actividad ``Arte y Vida`` en el barrio Medellín Sin Tugurios, 28 de marzo de 2026

Fue allí donde comenzó a tomar forma la idea de la Casa Cultural Rodrigo Lara Bonilla, que Jorge imaginó como un lugar vivo, un espacio para la música, el cine, la literatura, el arte, la conversación y el encuentro, no como un monumento o una placa que congelara el nombre de su padre en el pasado.

A la Casa le sobra todo menos terreno. Tiene decisión, tiene comunidad y tiene quien la habite, y solo le falta el lote, que hoy es privado y que la ley obliga a su poseedor a ceder al espacio público. Cuando eso ocurra pediremos el permiso, como ya lo hablamos con las autoridades, y confiamos en que quien debe ceder, sea tan puntual como la comunidad, que ya llegó.

Construir una casa puede ser más difícil que construir una ciudad, porque una casa como esta no se levanta solo con cemento, primero hay que construir los vínculos. Sería fácil poner cuatro paredes y un nombre en la fachada y decir que allí vive la memoria, pero el reto es que quien cruce esa puerta encuentre un presente atravesado por el pasado y abierto al futuro, un lugar donde el ayer y el mañana se sienten a la misma mesa.

La Casa es de todos. Desde el principio la hemos impulsado y la seguiremos acompañando, y una vez construida la entregaremos al Municipio de Medellín para que permanezca al servicio de la comunidad.

Ahí empezamos a comprender lo que Jorge nos dejó, una obra inacabada, dispersa, que cobra sentido cuando nos atrevemos a unir las piezas.

Lo que él comenzó cambió de manos con su muerte y recibimos lo que nos precede para seguirlo creando con nuestra propia voz.

Un asesinato puede durar un instante y sus consecuencias prolongarse por generaciones, porque lo que termina como acontecimiento puede continuar como pregunta, la que Jorge llevó consigo desde la infancia y que después de su muerte nos encontró. La memoria no puede ser un lugar donde encerramos el pasado, y hay zonas que permanecen en penumbra, no porque debamos dejarlas atrás, sino porque todavía no las comprendemos del todo. Por eso no queremos iluminar el territorio desde afuera, queremos caminarlo.

La memoria, como la vida, no avanza siempre en línea recta, se pliega, vuelve, se contradice, encuentra nuevos nombres y también olvida. Hay silencios que protegen y otros que pesan, y quizá la reconciliación empiece cuando ya no todos recuerdan lo mismo y pueden recordar distinto sin volver a hacerse daño.

 

Hoy seguimos caminando Loretto, su cancha, sus escaleras, sus calles, sus conversaciones, y es ahí donde ocurren las transformaciones más profundas.

A veces, mientras estamos allí, los niños de la cima nos abrazan, nos acarician el pelo y se dicen entre ellos, en un susurro, que somos hermanas de Pablo Escobar, un parentesco paradójico que a sus ojos nos vuelve casi ilustres.

Nosotras venimos de la otra orilla. Nos dejamos querer. No corregimos el rumor. La cercanía llega antes que la verdad.

La reconciliación empieza así, sin borrar, sin imponer, abriendo apenas un espacio.

Mundialito de Futbol 2026 en alianza con las Embajadas de los Países Bajos, Irlanda y Curasao, en Medellín Sin Tugurios.

No sabemos cuándo estará construida la Casa, pero somos conscientes de que su construcción comenzó cuando Jorge decidió caminar ese barrio, mucho antes de la aparición del primer ladrillo, y continuó cuando decidimos no dejar caer aquella pregunta tras su muerte. Continuará mucho después de nosotros.

Cuando la Casa exista y se convierta en lo que imaginamos, no será porque hayamos terminado lo que él comenzó, sino porque habremos entendido que una obra nunca termina, que alguien la comienza, alguien más la puede recibir, otra persona la puede transformar hasta que alguien, muchos años después, ni siquiera recuerde quién puso la primera piedra, pero seguirá habitándola y creando en ella.

Eso es lo que queremos que ocurra con la memoria y con la historia, que no queden encerradas en el pasado, que no nos pertenezcan, que puedan seguir cambiando de manos. Porque finalmente comprendimos que la memoria no se hereda, se camina. Y mientras alguien siga caminando, la obra seguirá abierta.

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Lina y Carolina Flórez García