La importancia de María Cano, la Flor del Trabajo

Los que crecimos en los años ochenta sabemos quién es María Cano gracias a una película que realizó Camila Loboguerrero y que protagonizó magistralmente María Eugenia Dávila. En plena revolución industrial, en 1887, nació María de los Ángeles Cano. Se crio en medio de personajes claves del país como Rafael Uribe Uribe, el cronista Luis Tejada, el pintor Pedro Nel Gómez. Es que ella fue de los Cano de El Espectador. Empezaba a palpitar el ajetreo del siglo XX.

En su casa las ideas ebullían como una olla a presión. Su casa era un oasis en medio del conservadurismo que generó la Constitución del 86 impulsada por el conservador -y poeta- Rafael Núñez. Pensar que más de un siglo nos costó aceptar que éramos más que un púlpito católico. Las mujeres en esa época no existían más allá del hogar. No tenían derecho a opinar, a votar. Este derecho solo apareció en 1957. Y a pesar de esa hegemonía conservadora se lograron algunas victorias del librepensamiento, como la creación del mismo Espectador, una idea de un tío de María: Fidel Cano. Y a pesar de todo esto pudo germinar la que fue llamada la Flor del Trabajo. Su papá, Rodolfo Cano, fue destituido de la enseñanza pública por sus ideas encendidas.

El mundo cambiaba, Colombia se desperezaba de su letargo. Éramos, como América Latina, un país que apenas empezaba a dejar el campo. Pero María estaba adelantada a su época. Creía en la literatura como una forma de emancipación de la mujer, del ser humano. Fue a través de la lectura que ella pudo romper el cascarón y lograr entrar en la vida de las personas de a pie. Así se acerca a los obreros, a los maestros. En ese momento, década del veinte, existía un debate en Colombia que, algunos candidatos de la extrema derecha internacional, más de un siglo después, quieren poner en la agenda, la pena de muerte. En el país la habían quitado por esa época, pero María se opuso.

Siempre estuvo ella en el lugar correcto, en el de la gente. Estaba muy enterada de lo que pasaba en Chicago apoyando la jornada de ocho horas de trabajo. Por eso se unió con gente poderosa de los sindicatos, incansables guerreros civiles, creó el Partido Socialista Revolucionario, junto a Manuel Quintín Lame y a otros forjadores de libertades. Tal y como lo vemos en la película de Camila Loboguerrero, la vemos a ella siempre parada en la plaza pública, con su verbo encendido.

Y cuando más estaba logrando conquistas para los obreros, decidió desaparecer de la vida pública. Una de las razones pudo haber sido la de tener una serie de problemas mentales. Sobre estos años oscuros recuerda esto José Fredy Torres, uno de los hombres que mejor la conoció al final de su vida: Para esa época me parecía que ya estaba muy olvidada, tanto por los medios de comunicación como por los políticos. Pero fue ella misma la que se excluyó. El último año que asistió y lideró manifestaciones fue 1934. Ese año estuvo en una huelga y los soldados del ejército les echaron balas. Después la persecución siguió en Medellín y eso la hizo desistir de seguir en la lucha. Decidió retirarse a acabar de criar a mi papá, que en ese momento tenía unos 10 años. A veces sí recibía en su casa la vista de obreros y gente del sindicalismo.

Al final de su vida tuvo un reconocimiento. El Consejo de Medellín aprobó darle una medalla de homenaje, en el marco de la celebración del Día de la Mujer, el 27 de abril de 1967, como una de las mujeres destacadas de Antioquia. Pero no alcanzó a recibirla. Murió el día anterior. Le dieron la medalla póstuma.      

Recuerdo que al entierro fue mucha gente, con el ataúd cubierto por una bandera de Colombia. Siempre causó alboroto su muerte. Aunque creo que hoy en día tiene más reconocimiento que en esa época.

En recuerdo de su lucha y la de tantos otros sindicalistas, la fundación Pares y la OIT se enfilaron para crear el primer concurso nacional de ensayo sobre luchas sindicales.

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