La épica nubla el juicio. Y con razón. Creer en la épica es una descarga de adrenalina. No hay nada tan maravilloso como sentir que uno opera por algo más grande, por alguien más grande. La conexión con la manada, la satisfacción de la identidad. Sentir que ganamos, aunque lo perdamos todo. Esa es la magia de los relatos épicos. Ojalá melancólicos, nostálgicos y dramáticos. El 2025 fue, para Colombia, un año de narrativas épicas y temo que las elecciones de 2026 serán exactamente así: identidades, pasiones y figuras.
Traicionar la épica, incluso desde el pensamiento, es difícil. Una se siente traidora, sobre todo cuando las identidades son tan diversas y confusas como en el mundo de hoy. Una —y en este caso hablo en primera persona— insiste en incluirse de manera casi natural en un grupo humano que piensa, sueña y desea que las cosas, y la vida, funcionen de cierta manera. Los liberales más liberales desean que nadie intervenga en el camino del individuo y creen, casi religiosamente, que por ese camino las sociedades serán mejores. Los comunistas más comunistas, los de la utopía comunista, creen también con devoción que, a través de la lucha de clases, se superará al Estado y podremos vivir de forma más justa y más libre. En la épica libertaria, el heraldo —el superhéroe— es el individuo soberano; en la épica comunista, es el sujeto colectivo: la clase trabajadora, el nosotros.
Como en toda épica, hay traidores. Por eso es tan difícil mantener viva la narrativa: necesita antagonistas claros. Para la épica uribista, el antagonista fue alguna vez el traidor, el santismo; luego el castrochavismo; ahora nuevamente el petrismo, la izquierda, el comunismo. Para la épica petrista resulta más fácil identificar antagonistas, porque hay muchas opciones en un país estructuralmente injusto y desigual como Colombia. Puede ser el traidor, puede ser el uribismo, puede ser la derecha, las élites, los empresarios, las “malas feministas”.
Pero —como planteé al inicio de esta columna— la épica nubla el juicio porque apela a una necesidad natural de la especie: pertenecer. ¿Quién soy y a qué pertenezco? ¿Pertenezco a una clase? ¿Es la clase, el gusto, la manera como vivo, el estrato de mi vivienda, mi trabajo, mi familia, mis preferencias culturales, mi orientación sexual, mi identidad de género, mi genealogía o mi pertenencia étnica lo que determina mi identidad? ¿Es el acumulado de mis decisiones? ¿Mi comunidad? ¿Mis condiciones materiales de vida? ¿Es todo lo anterior?
Aunque estas preguntas parezcan meras reflexiones filosóficas, en realidad buscan explicar algo que pareciera olvidado por muchos analistas políticos en la Colombia de hoy: el complejo entramado de preferencias de un elector o electora, sus condiciones, su capacidad de decisión autónoma y los factores que inciden en una decisión de la magnitud de elegir quién gobierna. Hoy, la épica gobierna el análisis político, sin que siquiera sus heraldos adviertan que no están leyendo el momento actual, sino el pasado, cuando era mucho más sencillo encasillar a la población en la tríada centro–derecha–izquierda y sus múltiples matices.
La realidad del mundo actual es otra. Las identidades son múltiples y, aunque parezca imposible, en el escenario electoral de hoy hay personas que votaron por Gustavo Petro y que podrían votar por Abelardo de la Espriella —las conozco—, porque lo que les llamó la atención de ambos fue la forma como ejercen su masculinidad, su fuerza, su facilidad de palabra o su “verraquera”. Una parte importante de esos colombianos —principalmente hombres— rechaza votar por figuras que, a su juicio, no se ven lo suficientemente masculinas. El antifeminismo, en estos casos, los une más que la clase. Y así hay muchos y muchas más.
Por eso, las elecciones de 2026 transcurrirán entre identidades y pasiones muy definidas, mientras los sectores de aparente representación política se concentrarán en mover épicas. Con una diferencia: la izquierda tiene esta vez una épica y un heraldo claramente definidos. Está enviando un mensaje claro y con poca ambigüedad, fácil de entender. No tan amplio como el que en su momento envió Gustavo Petro —que logró atraer incluso a sectores muy conservadores—, pero sí lo suficientemente sólido para consolidar su identidad.
Del otro lado, la oposición y la derecha organizada parecen equivocarse profundamente. Uribe ya no es el heraldo que fue, y la derecha institucionalizada —con partidos políticos; en rigor, solo el Centro Democrático podría llamarse como tal— no tiene un candidato que movilice pasiones e identidades. La consulta del centro-derecha no reúne a individuos capaces de cohesionarse en un relato común sin que resulte evidente que lo único que los une es el relato épico de derrotar a alguien, en este caso a Petro. Su escenario más probable es el mismo que enfrentó Fico Gutiérrez en 2022: quedarse en la irrelevancia. La unión de individuos sin maquinaria, sin partidos y sin proyectos colectivos —aunque tengan experiencia y trayectoria de gestión— no va a sumar.
En el voto urbano, en cambio, sí existe un sector emocionalmente inconforme con la crispación política, donde hay espacio para un proyecto de centro. Pero es un sector frágil, sensible y muy exigente, que no perdona fácilmente las veleidades ni las alianzas contradictorias. Es, por decirlo de alguna manera, un electorado siempre dispuesto a la decepción, pero que podría moverse de forma pragmática hacia valores compartidos, aunque muy individuales, difíciles de sostener en la práctica política. Sergio Fajardo y Claudia López son quienes podrían construir una narrativa para este electorado.
Sin embargo, como lo he advertido en varias ocasiones, en los márgenes del sistema político viene perfilándose un populismo punitivista que propone una nueva y siniestra épica en la región. Ese populismo lo encarna Abelardo de la Espriella y responde a un libreto aprendido y ensayado, diseñado por expertos en mercadeo, alimentado por los datos de las redes sociales y por los tecno-billonarios a quienes les entregamos a diario nuestra opinión y nuestra información. Es una narrativa hecha a la medida del momento y de las emociones más extendidas. Frente al relato de clase, introduce la religión —en clave fundamentalista— y las aspiraciones. Moviliza el odio contra un antagonista mucho más claro: si se observa con atención, De la Espriella no se centra tanto en Petro como en la delincuencia común y, aunque hace guiños a Uribe, pone en escena referentes más contemporáneos de esta narrativa, como Milei, Bukele o Trump.
Tal vez el mayor desafío político de este tiempo no sea derrotar una épica con otra, sino aprender a pensar y a decidir sin ella, aun cuando hacerlo implique perder la comodidad de la pertenencia. La épica ofrece identidad, certeza y enemigos claros; pensar, en cambio, exige aceptar ambigüedades, contradicciones y zonas grises. En una democracia atravesada por identidades múltiples, afectos desordenados y preferencias inestables, insistir en leer al electorado como un bloque coherente es una forma de autoengaño. El 2026 se jugará menos en la solidez de los programas que en la capacidad de activar emociones reconocibles. Comprenderlo no implica celebrarlo, pero sí asumir que, mientras la épica ordena el deseo de pertenecer, la política —si quiere seguir siéndolo— debe volver a hacerse cargo de la complejidad de decidir.



