la derecha se viste de Petrista

Ha sido palmaria la conducta reciente de los líderes de la derecha, al vestirse o disfrazarse de petristas, para simular ser buenos y conciliadores, tal y como si al advertir la medianía de sus reflexiones políticas, hubieran decidido cambiar su ropaje moral -de tramposos electorales y de aporofóbicos- revistiéndose mejor de algo decente, de progresismo.

Apenas ahora, en el calor de estas elecciones legislativas y por la proximidad de las presidenciales -de las cuales el ambiente es la manifiesta favorabilidad del pueblo al proyecto progresista de Iván Cepeda- se han dado cuenta que su bajo nivel en las encuestas es consecuencia de la insensatez de sus programas y de la bajeza de sus discursos, casi siempre soportados en amenazas, en tergiversaciones y falsedades.

Pero, es también palmario que el principal error de la derecha, fue confundir el ejercicio de la oposición al gobierno, con el odio a la persona del presidente Petro, cuyo trasunto es el pánico que le tienen a los gobiernos de izquierda; un pánico infundado, pues el gobierno del presidente Gustavo Petro, siendo en la historia de Colombia el primero en esa línea ideológica, ha sido exitoso y ejemplarizante.

Buena parte de los partidarios de la derecha, o al menos quienes la instruyen y lideran, temen perder el poder político y económico y, por qué no, temen perder -al quitárseles el antifaz de “gente de bien”- el prestigio personal, el buen nombre. En efecto, el presidente ha minimizado las posibilidades del saqueo al estado, que venía haciéndose con estratagemas de corrupción. Estratagemas normalizadas secretamente por los gobiernos anteriores y consentidas además por el régimen, o mejor, por sus primeros beneficiarios o contratistas de alto pedigrí. 

No obstante, ese odio desmedido contra el presidente, les ha ocasionado el rechazo tajante de la gente. El mismo Uribe, con el olfato político de un despiadado lobo de siete suelas, lo advirtió hace pocos meses, y les pidió a sus copartidarios bajarles el tono a las críticas “anti petristas”. De hecho, cuando De la Espriella se viralizó con ínfulas de “Abelardo el destripador de izquierdistas”, Uribe, sin decirle nada, en seguida lo hizo al margen, donde lo mantiene aún, en claro remojo, sin duda para usarlo luego de comodín, o simplemente para eliminarlo políticamente, sin perder el respaldo electoral de sus ‘traquetos seguidores’ que son también los suyos.

            De tal modo, entre los políticos de derecha se puso de moda vestirse de petristas. Un cambio de estrategia bien aprovechado por el candidato Juan Daniel Oviedo que, habiendo dicho sin sonrojarse que políticamente prefiere al expresidente Uribe (que es un tipo bastante salvaje), antes que al presidente Petro (que es un señor muy ético), pese a ello, ahora dice, disfrazado de petrista, que defenderá los procesos de paz y a la JEP, pero al tiempo -en una incoherencia propia de los uribistas- acepta ser la fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia, cuya tarea principal -si no la única- es hacer trizas la paz y eliminar la JEP, bajo la cual, más temprano que tarde, se juzgará a su patrono Uribe.

Por su parte, el candidato De la Espriella, con la venia de algunos curas y pastores perversos, y en una catarsis propia de quien se ha liberado de culpas al transformarse interiormente por causa de una experiencia vital profunda, pasó de ser ateo -es decir, alguien que hace lo que le da la gana por encima de cualquier juez mayor y sin temor a ningún supremo- a ser un religioso. Además, pasó de ofrecer la persecución y aniquilación de la gente de izquierda, a decir, de pronto, que los protegerá porque su gobierno será para todos, como si al pueblo colombiano lo integrara una partida de estúpidos pasmados.

Y ni qué decir de la candidata Paloma Valencia; pues, habiendo propuesto la creación de un departamento para los indígenas -en una inocultable intención de acorralarlos y, como se traduce implícitamente, porque les considera carentes de talentos e integridad-, hoy, en vísperas de la primera vuelta, y en ocasión de la escogencia de la senadora indígena, Aida Quilcué, como vicepresidenta del candidato Iván Cepeda; entonces, sale a decir, también sin ruborizarse, que Quilcué es una mujer “talentosa e íntegra”.

Y no hay otra verdad: en el presente los candidatos de derecha se visten o disfrazan de petristas, y su voz ya no es la del perverso lobo, sino la dulce voz de Caperucita, en una estrategia de hacerle creer a los ciudadanos -después de haber obstaculizado las reformas del gobierno que le favorecían al pueblo- que ellos son sus protectores naturales. Sin embargo, esa transformación, si bien tiene el cariz de quien se viste de oveja para esconder que es lobo, también podría tratarse -si pensamos con extremada buena fe- de un cambio de agujas promovido por la presente moral de nuestro pueblo.

Ya en Colombia hemos pasado por todas las atrocidades inimaginables y, quizás sea recomendable contaminar nuestra mente y emociones recordando que vivimos en el país de la belleza y que nuestro eslogan cívico es la protección de la vida. En consecuencia, hay que dar la bienvenida a esas nuevas maneras de los políticos y simpatizantes de la derecha, porque si van a dejar de robar y desean distribuir equitativamente los beneficios de cuanto produce nuestro país, “bienvenidos sean”; pero, si eso de lucir el disfraz de petristas, es parte de una traición al pueblo, entonces -y no hay que tener más de dos dedos de frente para saberlo- este los aplastaría, por muy noble y contenida que sea la nueva traza de la conciencia popular. Lo cierto es que, sea como fuere, con o sin disfraz, los políticos de la derecha ya no tienen cómo torcerle el cuello al cisne de su derrota.

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Guillermo Linero