Los argentinos llevan una cruz muy grande: las tres copas del mundo que ganaron tienen un pero. En el 86 dicen que fue un arrebato de inspiración de Maradona, que eran él y diez más; en el 2022 afirman, los odiosos, que fue Infantino quien, en medio de su amor por Messi, le dio cinco penales durante el torneo para que se quedara con el trofeo. Pero todo esto es malquerencia y envidia. Lo único cierto es que la Copa del Mundo del 78 sí debe estar bajo revisión.
Esta semana justamente se cumplieron 50 años del inicio de la última dictadura argentina. El 24 de marzo de 1976 los militares le dieron un golpe de Estado a María Estela Martínez de Perón. Inmediatamente, se puso una junta militar liderada por Jorge Rafael Videla. El país entró en un periodo de represión agobiante en donde la tortura y la desaparición contra la juventud universitaria predominaron. La diáspora argentina en el mundo se hinchó y los exiliados no dudaban en denunciar lo que sucedía. Entonces hablaban sobre la desaparición de Héctor Oestefeld, uno de los creadores del Eternauta, la novela gráfica más célebre de la historia latinoamericana. Él desapareció junto a sus cuatro hijas; o la desaparición de Rodolfo Walsh, periodista, cronista con una valentía única quien, con Operación Masacre, logró reconocimiento absoluto y también la animadversión de los militares.
El mundial estaba en manos de un contraalmirante, Carlos Alberto Lacoste, quien fue el gran organizador. Él tenía la responsabilidad de darle la mejor cara al mundo, mostrar que todo lo que se hablaba eran “pavadas” como diría un porteño. Pero nada tenía de “pavadas”, mientras se inauguraba el mundial, en la Plaza de Mayo, las madres que tenían un trapo en la cabeza exigían, frente a la Casa Rosada, lugar donde está el presidente, que les devolviera a sus hijos. Una unidad de televisión holandesa las captó y le mostró al mundo lo que sucedía. Poco se sabía de lo que pasaba cerca al estadio Monumental de River Plate, el epicentro de la Copa del Mundo. Allí, en la ESMA, la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, en donde sometían a los detenidos a violaciones, electrocuciones, golpes, manoseos. Incluso a las mujeres embarazadas se les quitaba a sus hijos y se entregaban a familias cercanas a la dictadura.
Y mientras tanto, Lacoste tenía una responsabilidad, Argentina no solo tenía que mostrar su mejor cara al planeta sino que, también, debía levantar la copa. Argentina tenía una generación dorada: Ardiles, Kempes, Luque, Houseman, y un técnico cerebral como Menotti. En la primera ronda ganó sus primeros dos partidos, contra Francia y Hungría, pero perdió el partido contra Italia. Había dudas. Luego se ubicó en un grupo de cuatro equipos, si lo ganaba pasaba a la final. Empató 0-0 con Brasil, las dudas se elevaban, luego tuvo que enfrentar a Polonia y le ganó 2-0 pero, debía derrotar a Perú por más de cuatro goles para sacar a Brasil. Perú tenía un equipazo liderado por uno de los mejores jugadores de la historia, Teófilo Cubillas. Era muy complicado pensar en una goleada. Pero, de manera casi inexplicable, los argentinos ganaron 6-0 en un partido que aún despierta especulaciones. Casi todos los goles se dieron en el segundo tiempo, incluso se habló de un hombre del maletín. Que habían sobornado a cuatro futbolistas, entre los que estaba el Chupete Quiroga, arquero de Perú nacido en Argentina.
En la final, el equipo de Menotti derrotó a la Naranja Mecánica de Holanda en un partido limpio. Videla estaba feliz. Cuentan los sobrevivientes de la ESMA que, en plena celebración de la copa, en la avenida nueve de julio, los militares tuvieron el cinismo de salir a celebrar con sus secuestrados dentro del carro.
En ese mundial todo fue terrible.



