Juan Manuel Tobar: el Mambrú que no se fue a la guerra y se quedó para construir paz.

Fuente: Mambrú Internacional

Juan Manuel Tobar Manzo es un joven patojo de la ciudad de Popayán, líder y defensor de los derechos humanos. Sus amigos más cercanos lo conocen como “Jota”, y él mismo, con una humanidad que desborda, reconoce que su vida es y seguirá siendo la defensa de la vida, de las comunidades y del territorio.

Es un líder que se resiste a guardar silencio. Contestatario, sí, y también profundamente sensible. Cree que la construcción de paz pasa por algo que muchas veces se olvida: movilizar los quereres y los sentires, esos que la guerra intenta arrebatar.

Viene de un territorio hermoso y herido, donde la historia camina entre montañas, memorias y luchas. Allí creció entendiendo que la vida no podía reducirse a ver pasar el dolor ni a acostumbrarse a la injusticia.

Desde muy joven empezó a reconocer los silencios que habitan el mundo. No un silencio cualquiera, sino ese que se impone desde el miedo, la desigualdad y la violencia. Ese que enseña a mirar hacia otro lado, a no nombrar, a no incomodar. Pero Juan Manuel no nació para acomodarse a ese silencio. Y en un país como Colombia, donde defender los derechos humanos puede costar la vida, esa decisión no es menor.

La vida le fue enseñando, a veces con ternura y a veces con dureza, que hay silencios que no deben respetarse. Que callar, en ciertos momentos, es una forma de abandono. Así que empezó a hacerse un lugar en el mundo con una mezcla poco común: una voz firme para confrontar la injusticia, un caparazón para resistirla y una nobleza intacta para seguir construyendo comunidad desde el respeto y el amor.

Fuente: Mambrú Internacional

En ese camino, comprendió el mundo que le tocó habitar, uno donde mientras algunos tienen todo, otros apenas logran sostener la vida. Vio de frente la desigualdad y las huellas profundas de una guerra que por años ha marcado su territorio. Y decidió nombrar lo que duele. Por eso se formó como Abogado, y estudio una Maestría en Relaciones Internacionales, Seguridad y Derechos Humanos. Pero para él esos títulos solo son importantes si sirven para ayudar, para no permitir la injusticia y dignificar la vida.

En medio de su camino, Juan Manuel se hizo chirimero. En la música de flautas y tambores encontró una forma de estar en el territorio cuando todo parecía romperse. En escenarios de tensión y violencia, la chirimía se convirtió en presencia: un sonido que no desaparece, que se repliega y vuelve. No solo acompañaba, también resistía. Nombraba lo que estaba pasando, reunía a la gente y sostenía el ánimo colectivo en los momentos más difíciles.

Para Juan Manuel, ser chirimero es reconocer que la resistencia también se construye desde el arte. Que hay formas de enfrentar la violencia sin reproducirla. Que, en medio del ruido de la confrontación, resistir desde el arte es una forma de construir paz.

En todo ese camino ha logrado conservar algo esencial: la capacidad de conmoverse. Y es justamente allí donde reside la fuerza de su liderazgo. Porque Juan Manuel no concibe el liderazgo como una posición de poder, sino como una práctica profundamente colectiva. Para él, liderar implica escuchar, tejer con otros y construir desde abajo. Por eso insiste en una idea que atraviesa su forma de actuar: liderar es mandar obedeciendo.

No habla de sí como un gran líder. No ha recibido honores ni busca reconocimiento. Pero lo que quizás él no nombra, otros sí lo ven: su grandeza está en lo que siembra, en la forma en que dignifica la vida de quienes le rodean, en la coherencia política con la que habita su territorio.

Por eso su historia inspira. No por grandilocuente, sino por profundamente humana. Porque en medio de un país atravesado por la guerra, hay quienes deciden no callar. Y en ese gesto comienzan a construir territorios distintos, más dignos.


Mambrú no se fue a la guerra

Pero la historia de vida de Juan Manuel se encuentra con otra historia que muchos hemos escuchado desde niños.

“Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena…”

Una canción que parece inocente, pero que encierra una verdad que este país ha repetido demasiadas veces: la de jóvenes que se van a la guerra y regresan en ataúdes. Con honores, sí, pero muertos.

Juan Manuel decidió no aceptar ese destino como inevitable.

Y junto a quienes caminan con él, eligió contar otra historia.

Así nace Mambrú Internacional, una organización que lidera y desde donde buscan romper ese relato de muerte. Decir que Mambrú no tiene que irse. Que es posible quedarse. Que Mambrú puede ir a la escuela, sembrar la tierra y construir paz.

Mambru Internacional cuenta esa otra historia, la historia del Mambrú que no se fue. El que se quedó en su territorio. El que eligió la vida.

Desde allí, el trabajo ha tomado forma en procesos concretos. Uno de ellos es Verdupaz, una apuesta que parte de una comprensión profunda: la paz no puede sostenerse si no transforma las condiciones materiales de vida.

 
Fuente: Mambrú Internacional

En territorios donde la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades han alimentado históricamente la guerra, la agroecología se convierte en mucho más que una práctica productiva. Se vuelve una herramienta para reconfigurar la vida en el campo.

A través del trabajo con mujeres campesinas, muchas de ellas víctimas del conflicto, Verdupaz ha promovido procesos de autonomía económica, soberanía alimentaria y fortalecimiento organizativo. No se trata únicamente de cultivar alimentos, sino de cultivar dignidad.

Porque cuando una mujer tiene acceso a la tierra, a la producción y a ingresos propios, también transforma su lugar en la comunidad. Se reducen las dependencias, se amplían las decisiones y se disminuyen los riesgos de violencias basadas en género. La agroecología se convierte en una estrategia de prevención de violencias.

Pero también en una apuesta por la sostenibilidad: por cuidar la tierra, por fortalecer las economías locales y por sostener la vida en el territorio sin seguir alimentando las dinámicas de la guerra.

Quienes han compartido este proceso lo dicen con claridad: en Juan Manuel han encontrado un liderazgo distinto. Cercano, respetuoso, sin barreras. Alguien que escucha, que acompaña, que confía. Un líder que no se impone, sino que construye junto a otros, reconociendo que las soluciones nacen en las propias comunidades.

Ese camino, sin embargo, no ha estado libre de riesgos.

Juan Manuel ha sido amenazado. Le han exigido abandonar el territorio. Ha sentido de cerca lo que significa sostener una apuesta por la vida en contextos donde la violencia sigue presente.

Y, aun así, ha decidido quedarse. No desde la ingenuidad, sino desde la convicción.

Por eso, esta historia es también un acto de reconocimiento. A quienes, como Juan Manuel, eligen quedarse cuando irse parece más fácil. A quienes sostienen la vida en medio de la incertidumbre, no ceden ante el miedo y siguen apostando por la gente incluso cuando hacerlo implica riesgos. A esos liderazgos que, sin estridencias, construyen paz desde lo cotidiano, cuidan a otros y mantienen viva la dignidad en los territorios. En un país atravesado por la guerra, su camino deja huella y recuerda que, incluso en medio de la adversidad, siempre es posible elegir la vida.

En honor a Juan Manuel Tobar, por su liderazgo, su lucha y su humanidad.

Noticias al Minuto

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Linda Posso Gómez

Coordinadora Oficina Regional Pacifico. Sociologa de la Universidad del Pacifico, Magister en relaciones Internacionales con mención en Seguridad y Derechos Humanos de FLACSO-Ecuador.  Experiencia investigativa en acciones colectivas, conflictividades, conflicto armado, seguridad, y violencia, posconflicto, desarrollo.