Éramos niños cuando nos enteramos de que Jaime Pardo Leal había sido asesinado después de asistir a una boda en La Mesa, Cundinamarca. Fue el primer candidato a la presidencia del que me enteré que había sido asesinado. En 1987 la vida valía muy poco, y cuando esa vida era la de un comunista sí que valía menos. En medio de la rigidez del Partido Comunista Pardo Leal era un bicho raro. Un mamador de gallo tremendo, disciplinado a la hora de dar línea, pero dicharachero y medio rock star en el día a día. No le gustaba andar con escoltas y también fue extremadamente crítico con las FARC. Él la tenía clara con algo: no podía ser que el partido que él dirigía, la UP, fuera usado como conejillo de indias por dirigentes como Jacobo Arenas.
En 1985, mientras Belisario Betancur era presidente, se llegaron a los acuerdos de la Uribe y por medio de estos fue creada la Unión Patriótica, como una prueba de que en Colombia no era necesaria la lucha armada para que opciones distintas llegaran al poder. La UP funcionaría como un partido que navegaría en las regiones donde las FARC supuestamente tenía base social. Esto no necesariamente hacía a la UP un partido de la guerrilla, sino que era un partido que representaba a las regiones donde las FARC hacían presencia. Investigadores como Steven Dudley han sostenido que, en parte, a un sector de este grupo armado le convenía que se aniquilara al partido político porque podrían agarrar con más fuerza la justificación de la lucha armada. Hubo intentos por ejemplo de Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano, de llegar a un acuerdo con la UP para dejar de asesinar dirigentes, pero siempre el secretariado de las FARC lo impidió. Eso, al menos, es lo que cuenta Dudley en el clásico Armas y urnas. Por eso, Pardo Leal asumió con estoicismo y con realidad la jefatura de la UP, sabía que no tendría de nadie el apoyo que lo mantendría vivo.
El caso es que en 1987 ya se contaban por docenas los asesinatos de dirigentes de la UP. Los asesinos no estaban claros, podrían ser o miembros de la extrema derecha colombiana, oficiales del ejército, capos de la mafia. En ese momento empezaban a llegar al Magdalena Medio los primeros mercenarios israelíes e incluso británicos que buscaban entrenar a campesinos colombianos para volverlos máquinas de guerra.
La UP entró muy bien en el círculo de la política colombiana. En las elecciones de 1986, Pardo Leal obtuvo más de 300.000 votos y eso que no fue a todas las regiones que necesitaba ir, todo por cuestión de seguridad. Pardo se vestía mal, había rumores de un exceso de confianza, de indiscreciones con mujeres, de demasiada fiesta. Era un espíritu libre y un defensor de trabajadores muy bravo. El 11 de octubre de 1987 era domingo. En la noche se regresó a Bogotá desde La Mesa. Les había dado el día libre a sus escoltas. Entonces, un carro lo alcanzó en la estrecha carretera, le dispararon. En el jeep iban su esposa y sus hijos. Intentaron reanimarlo, parar un auto para que lo llevaran de urgencia al hospital, pero nadie se detuvo. Esa muerte fue el detonante. Durante veinte años cayeron más de cinco mil dirigentes de la UP. Nadie los contó, incluso hay senadores que lo niegan. Otra vez el episodio que vio José Arcadio Segundo en Ciénaga Magdalena se repetía: “Eran más de cinco mil, ahora nadie recuerda nada”.



