Habíamos acordado con los muchachos encontrarnos a las 3:45 frente al teatro Jorge Eliécer Gaitán. Sabiendo cómo son los trancones en Bogotá, decidí irme con el tiempo suficiente para tomarme un café y leer algo en la librería de viejos que queda justo al lado del teatro. Jamás pensé que me iba a encontrar con una fila tan considerable faltando una hora para que se iniciara el evento. De las seis mesas del café solo una estaba ocupada por un grupo de seis ciegos que hablaban de política. Bogotá cada vez se sectoriza más, y así como en Unicentro es difícil encontrar petristas reunidos en Juan Valdez, de la calle 26 para abajo, se normalizan las tertulias acerca de cómo ayudar a Cepeda.
Seguro de que los muchachos llegarían tarde y al ver que la fila se extendía, me relajé. Pedí buscar el mismo libro que pido siempre en una librería de usado, el Napoleón de Emil Ludwig. La señora afirmó que lo tenía pero que lo tendría que buscar en el depósito, me tomé el americano con calma.
No, esta no es una crónica sobre mí, ni sobre lo puntual que puedo ser, ni sobre mis gustos literarios. La razón de mi presencia, un 9 de abril a las 3:45, al lado de un teatro que lleva el nombre del hombre cuya muerte partió en dos la historia de este país, es porque el Centro Nacional de Memoria Histórica, capitaneado justamente por María Gaitán Valencia, nieta del líder asesinado, buscaba rendir un homenaje a las víctimas y fortalecer la memoria colectiva del país.
En el marco de esa idea, la fundación Paz y Reconciliación va a lanzar, junto al Ministerio del Trabajo y la OIT un concurso de ensayo que busca incentivar la consolidación de la memoria de todos esos sindicalistas que han sido asesinados en Colombia, a partir de los cien años que cumplirá la masacre de las bananeras en el 2028.
Subestimé el poder de convocatoria de un evento de estas magnitudes en plena época electoral. Sergio llegó justo cuando la librera lograba el milagro, tenía entre sus manos una edición de 1970, de la que es considerada la mejor biografía jamás hecha. Me la llevé. En la fila empezó a darme el mismo cargo de consciencia que me da cuando compro algo que me gusta. La fila era una serpiente interminable que volteaba por la calle 22 y que medía kilómetro y medio. Eran espontáneos, no eran gremios ni nada que se le pareciera. En la narrativa que se ha montado en estos días previos a las elecciones la oposición quiere achacarle al gobierno que toda reunión o convocatoria para exaltar eventos afines a sus ideas, es paga. Nada que ver. La gente quería honrar a las víctimas.
El teatro, que tiene un aforo para 1.500 personas, se llenó en cinco minutos. Un orden extraordinario por parte de los organizadores. Al principio, un grupo de cantaoras del Pacífico colombiano cantaba sus alabaos con la voz quebrada. Se sentía la emoción en el ambiente. Sobre las cinco de la tarde, María Gaitán, directora del Centro Nacional de Memoria Histórica, no solo daba la bienvenida al evento, sino que anunciaba que el polémico Museo Nacional de la Memoria en Colombia, que ha tenido una serie de problemas administrativos desde 2020 y que formaba parte de los acuerdos a los que se había comprometido el gobierno en los acuerdos de paz, abriría sus puertas en 2029 y que se había recuperado el control de la obra. Gaitán explicaba los espacios que tendrá el museo con las constelaciones de familias que han sufrido en carne propia el conflicto. Además, tendrá un componente afro muy fuerte que es la instalación del Ubuntu, que es un concepto ético africano, originario de las lenguas zulú y xhosa, que se traduce como “Yo soy porque nosotros somos”. Se fundamenta en la interconexión humana, la empatía, la cooperación y la solidaridad, promoviendo la idea de que el bienestar individual está ligado al colectivo.
El evento, que contó con momentos tan importantes y bellos como la aparición de la Orquesta Filarmónica de Colombia, tuvo como eje central la aparición de familiares de víctimas del conflicto que contaron sus historias. Representantes de pueblos indígenas como los arhuaco, misak, yanacona, barasano y mokaná realizaron cantos tradicionales en homenaje a las víctimas. Uno de los miembros de las Farc, que se reincorporó en 2016 a la vida civil, contó cómo, gracias al cacao, él y sus compañeros han podido mantenerse.
Lo impresionante fue el fervor del público y el compromiso con mantener viva la memoria de las víctimas. Sobre las siete y media de la noche terminó el evento, algunos salieron de allí con la cara arrasada en lágrimas y con la certeza de que las heridas se pueden cerrar y que, aunque no duela, la cicatriz queda y es importante que no se olvide. Quise preguntar otro libro en la librería del al lado del teatro, pero, lamentablemente, ya habían cerrado.



