Entre 2005 y 2008 el sur del país, tan olvidado, tan condenado a vivir de la hoja de coca, parecía atravesar tiempos mejores. La idea de DMG y otras captadoras de dinero ilusionaba a las personas de Putumayo, Guaviare y, sobre todo, de Nariño. David Murcia Guzmán parecía tener la varita mágica, o los poderes del mismo Jesucristo: podía multiplicar el billete. Así que muchas personas llegaron incluso a vender sus casas o a pedir préstamos bancarios para disfrutar de una rentabilidad que transformaba en unas cuantas semanas un millón de pesos, en tres.
En noviembre de 2008, el globo se desinfló. Si bien en Bogotá se vivió el colapso económico de la caída de las pirámides, en el sur la cosa fue distinta. Hubo gente que se quedó sin nada, sin las pensiones, sin sus casas, sin la educación de sus hijos.
El gobernador de Nariño en ese momento era Antonio Navarro Wolf. Pastuso de nacimiento, rebelde por convicción, cuando termine su expedición en este mundo se le recordará como un hombre justo. En los años setenta, durante el delirio revolucionario, dejó tirados sus estudios como ingeniero sanitario por ir en busca del vellocino de oro que le proponía la guerrilla. Cambiar el mundo es un canto de sirena poderoso. Era hábil; pudo ascender como segundo comandante en los años ochenta, solo superado por Carlos Pizarro. Una bomba casi lo mata. Perdió una pierna y casi la capacidad para hablar. Pero se levantó de nuevo. Su carisma era avasallante, tanto que no dejó de bailar salsa ni de dar discursos. Creyó en la paz, en la democracia, y fue uno de los tres firmantes de la constituyente del 91. Es el único que aún vive.
Navarro era gobernador de Nariño cuando estalló la crisis de las pirámides. Este departamento fue el que más aportantes tuvo. DMG no era la reina, sino otra captadora de dinero que se llamaba D.R.F.E, que traducía Dinero Rápido, Fácil y Efectivo, y que tuvo, escuchen bien, seis millones de afiliados. La mitad de ellos estaban en Nariño. El dueño de esta pirámide era un hombre llamado Carlos Alfredo Suárez, nacido en Pasto. DRFE fue intervenida en noviembre de 2008. La magnitud de la estafa fue de cuatro billones de pesos. Nariño ardía.
Los comercios empezaron a cerrarse en la tarde porque era precisamente ese sector de la población el que peor había quedado. Un comerciante llamado Jairo Contreras invirtió veinte millones de pesos, los ahorros de toda una vida, y los perdió todo. Durante las protestas, Noticias Caracol lo entrevistó y así quedó el registro de lo que pensaba: “Al cerrar DRFE nos quedamos sin la plata de diciembre y, aunque uno no está de acuerdo con esas decisiones arbitrarias del Gobierno, no puede salir a protestar y lo único que le queda es tratar de vender, a ver si se recupera algo”.
Fenalco afirmó que cerca de 300.000 nariñenses creyeron tanto en DRFE como en DMG. El gobierno de Uribe se había comprometido a ayudarles a recuperar lo que habían perdido, pero no cumplió. Lo que quedó fue una especie de estallido social. El gobernador Navarro, lejos de mandarles la represión policial, decidió acompañarlos en una huelga de hambre. Tenía en ese momento sesenta años y el fragor de sus batallas. Lo que buscaba era presionar a Uribe para que les cumpliera a las víctimas de estas pirámides de la siguiente forma: otorgar créditos a los afectados y perdonar un porcentaje, a definir, de ese desembolso, a quienes aceptaran el compromiso de hacer trabajo social o cívico en la zona, ya fuera en mantenimiento de parques, construcción de vías, y otras cosas. Pero las víctimas, con razón, solo querían la plata. La huelga duró 72 horas. Mientras tanto, el 70 % de las familias en Nariño fueron afectadas.
Para este departamento fue duro levantarse. Se sintieron parte de la estafa de unos inescrupulosos, pero, tampoco pudieron entender cómo el gobierno Uribe los dejó solos. Esta fue una de las razones por las que Nariño fue uno de los primeros departamentos en donde la imagen de Uribe cayó estrepitosamente. Y desde entonces, lo resisten cada vez que pueden.
La huella de Navarro no la olvidan en su tierra.



