Este es un libro que enaltece la mejor militancia del ser humano: la amistad, el regocijo del encuentro para abrir el corazón y las pasiones cuando se ha vivido bien. Una novela que obedece a la verosimilitud que tanto hace falta a la literatura colombiana; en él se percibe el latir en el pecho y la agitación de los sentidos, no exacerbados, sí encadenados por el ritmo de la respiración con sosiego. De entrada, esa pulsión causada por el texto, hace que el libro sea perdurable por lo menos en las horas cuando nos sumergimos no sólo en su argumento sino en su estilo, lenguaje del susurro, de lo confesional, de la oralidad que requiere la revelación sincera.
Dos amigos recogen el hilo de sus vidas pasadas para un presente efímero, como la existencia toda; los confidentes, no escatiman detalles de tiempos buenos y malos, de voces interpoladas en el relato que fluye desde el lugar donde todo y nada es posible.
Apolinar y Valencia han retomado la hebra del ovillo y escriben y trenzan un libro de triunfos y derrotas, amores impolutos, luchas políticas y sindicales, fiestas y funerales. El autor ha tomado un gran riesgo, de esos que la literatura premia o castiga. Su andamiaje se afianza en doce capítulos que no dan tregua al lector, además, no la necesita porque se adentra como si acezara, sin puntos aparte, sin divisiones que hacen —tradicionalmente— descansar al cómplice secreto y muchas veces invisible que es el lector. No es la primera vez que ese compañero clandestino se encuentra con la modalidad del monólogo, soliloquio, fluir de conciencia. Ya Shakespeare, Joyce o García Márquez nos la mostraron y, de la misma manera, fueron nuestras voces las que no se detuvieron en el caudal del lenguaje.
El ritmo interior
El lector no tiene por qué imaginar y muchos menos saber cuál es el secreto de ese palpitar interior que hace que un texto tenga simetría musical de estilo. Si indagamos, es notorio que las alternancias de la conversación, en un comienzo se hacen equilibrados con relación al número de páginas de cada capítulo. Así, el uno, en voz de Apolinar, tiene once páginas, el dos, en voz de Valencia, once también: ritmo perfecto; en la medida en que la historia avanza las simetrías se alteran: en el capítulo tres Apolinar gana en los acontecimientos, contados en treinta y siete páginas, mientras que Valencia, que escucha, lo hace en veintinueve en el cuatro; en el cinco, Apolinar emplea treinta y una, mientras Valencia veintinueve en el seis, empezamos a notar la partitura, el autor da mayor espacio a su personaje-amigo; en el quinto, Apolinar tiene treinta y una y Valencia veintinueve en el sexto; en el séptimo pareciera que Valencia repuntara con treinta y cinco en el octavo, mientras Apolinar lo hace con treinta y tres en el séptimo; en el noveno Apolinar lanza una diatriba de treinta y tres páginas y Valencia responde en el décimo con sólo nueve; para finalizar, las fuerzas empiezan a menguar; en el capitulo once Apolinar usa siete, y en el doce, para culminar, Valencia nueve. El balance es el siguiente: para Apolinar ciento cincuenta y dos páginas, para Valencia ciento veintidós, la diferencia: treinta páginas más para Apolinar. Se podría especular que es una novela de amor por el personaje que el autor refiere como el amigo que acude a él para la escritura del libro. Es el negro y sus tribulaciones las preponderantes; los dos actúan, los dos reflexionan, los dos acaban por confesar que el tiempo separados fue una pérdida.
Las voces
Son dos, en forma epistolar, género tan recurrente en la literatura del siglo XVIII y XIX, como Las aventuras del joven Werther mencionado por el escritor. Las cartas, tan vigente por lo personales e íntimas, aun hoy se usan en las redes sociales como mensajes o documentos adjuntos. Las dos voces parecieran tener el mismo ritmo y casi el mismo lenguaje, diferenciado por la sabiduría ancestral de Apolinar y las referencias de los acontecimientos, se nota que el recurso desborda al escritor que presta a su interlocutor el estilo que envuelve toda la novela. Valencia y Apolinar son poetas en esencia por la forma como interpretan el mundo y lo nombran con la palabra; los dos, con intereses comunes, carecen de secretos que el lector imbrica, yendo y viniendo, para no perder contenidos y, sobre todo, sentencias que los hombres traen como aforismos.
La mujer
Ellas, las que componen la cartografía de la historia, van y vienen entre la efímera felicidad y las pérdidas. No importan tanto sus nombres, Carmen, Sara, Damiana, Isabel, Judith, Irina, sus condiciones, étnicas y roles tienen gran trascendencia para la historia novelada porque son relatadas desde el amor, ellas, al igual que ellos, seducen así estén referidas por las voces de los protagonistas-narradores. Los dos, Apolinar y Valencia, demuestran capacidad para interpretar, recrear, debatir la realidad, como dos viejos que se reencuentran para despedirse. Epifanía final.
Rescate de la literatura oral, de la conversación
No por ser escrita por un antioqueño, esa zona del país que tiene capacidad para la especulación y argumentación, el contar, en La vida infausta del negro Apolinar, nos agrupa en torno a una fogata o una chimenea para escuchar cuentos de la tradición oral. Referidas las aventuras de don Quijote o los amores de Madame Bovary, o los boleros que llevan en sus letras dolores y recuerdos que siempre retrotraen los tiempos. Tiene razón el novelista al afirmar que “dicen que leer en silencio es una costumbre reciente, antes, mucho antes, se leía en voz alta”. Con la tradición de Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo y la musicalidad de León De Greiff, León Valencia no hace alarde de su cantata, sino que la usa como melodía, así los tangos y Gardel influenciaron su vida, la misma que abordó en su anterior novela Con el pucho de la vida.
Disculpa de las citas usurpadas
Perdón señor Valencia o señor Apolinar Mosquera porque usurparé algunas líneas que dejan el sabor de lo que acontecerá en las trescientas páginas. Por supuesto las citas se cortarán en un punto-respiración y los suspensivos serían los ideales para tomar aire y continuar.
“Valencia, te escribe Apolinar Mosquera, con el ruego de restablecer nuestra amistad y con la descarada súplica de que cumplas la promesa de escribir mi historia, algún día, cuando fueras escritor, tu sueño, o uno de tus sueños, porque tenías muchos, en esa juventud que compartimos hasta el día de mi tragedia de amor con Isabel, tan dolorosa, tan inesperada, que dejó tantas huellas en mi alma negra, esa tragedia que me separó a la vez de ella, de Damiana y de ti, las condiciones están dadas, ya eres escritor, he leído buena parte de lo que escribes sobre política y también dos novelas tuyas y yo estoy encerrado y sin nada que hacer en la casa grande, en la de siempre, en el barrio que por largo tiempo caminamos juntos, puedo escribir sobre los años que compartimos, es decir, los años de mi amor con Sara que te cautivaron tanto y también los primeros años con Isabel que igual te llamaron la atención, puedo hablar de mi infancia y de mi juventud y contar lo que hice después de la ruptura de nuestra amistad, así puedo escavar en mi propia historia y mitigar la ansiedad que me produce este extraño encierro…”.
Este el comienzo; el lector intuye lo que vendrá, y la segunda carta, en respuesta, indica el andamiaje de todo el libro. Valencia responde:
“Hermano, abrí tu correo a la una de la mañana y lo leía letra por letra, dos veces, tantas sorpresas juntas, saber que estás bien, más viejo, pero bien, saber de Isabel y Damiana, saber que vives en el barrio de siempre, en el barrio donde nos vimos por última vez, saber que me quieres igual o más que antes, no esperaba una alegría así en estos días donde uno se sienta a arañar los recuerdos con la esperanza de encontrar motivos de felicidad en el pasado para espantar las angustias de un presente lleno de malos presagios, me acosté a rumiar esa alegría con la ilusión de dormir unas horas y levantarme con la lucidez necesaria para iniciar la labor de escribir contigo el libro de nuestra amistad, a dos manos, como dices, más la mano tuya que la mía, mucho más la tuya, porque veo que tienes la mano afilada, veo que tienes hambre de escribir, veo que tienes viva la vena de contador de historias…”.
Se leerá entonces un intenso relato de confesiones. ¿Hay silencios? Sí, la buena literatura siempre proporciona momentos para la reflexión.
La música que suena y suena
En la novela se escuchan melodías que aportan al decorado; es la música de una época, de un grupo específico que lo constituían muchos en distintas zonas negras de Colombia oyendo los mismos cantantes y bailando en todas las pistas de cabarets y discotecas, salas, playas o alcobas. Y entre los abrazos y besos, los rones o los whiskies que permiten derrotar el mutismo y las aflicciones, como confiesa Valencia. Evoca Apolinar: “la música de negros, la percusión, esa marca del ritmo, en el currulao, en el bugalú, en la guaracha, las trompetas y la marimba, la marimba de chonta, la marimba de chonta que después llamabas, en un alarde intelectual, el piano de los montes, venías de escuchar tiples y guitarras en las montañas de Antioquia y oías asombrado los tambores, no podías explicar las armonías que salían de los cueros en las congas y las pipas, querías aprender a bailar…”. Y volverían siempre a escuchar a Héctor Lavoe y a Convergencia, los boleros que los acompañaron en el periplo del amor, la muerte, la lucha sindical y revolucionaria como las milongas que se bailaban en medio de la beodez.
Secretos de la escritura
Los amantes del escritor turco Orhan Pamuk, del que León Valencia utiliza un epígrafe que dice, La ficción es el arte de hablar de la vida de uno como si fuera la de otros y hablar de la vida de los otros como si fuera la de uno, acerca al lector a un libro confesional del escritor de El museo de la inocencia, ese magnífico texto que muestra la fuerza del amor-desamor en medio de una sociedad que empuja hacia el fracaso.
Dos compañías que conversan en el silencio de la lectura: El novelista ingenuo y el sentimental, de Pamuk y La vida infausta del negro Apolinar. El primero esclarece el oficio de quienes escriben novelas. Nos dice Pamuk en el apartado, Lo que hace nuestra mente cuando leemos novelas:
“Las novelas son segundas vidas. Como los sueños de los que habla el poeta francés Gérard de Nerval, las novelas ponen al descubierto los colores y las complejidades de nuestras vidas y están llenas de gente, rostros, objetos que creemos reconocer. Cuando nos sumergimos en una novela, y al igual que sucede en los sueños, a veces es tan honda la impresión que nos causa la extraordinaria naturaleza de las cosas que leemos, que olvidamos dónde estamos y es como si estuviésemos rodeados de la gente y los acontecimientos imaginarios que estamos presenciando. En ocasiones tenemos la sensación de que el mundo ficticio que descubrimos es más real que el propio mundo real”.
El libro de Valencia nos ofrece ese contacto poblado por las imágenes de las que habla Pamuk. En las cartas de los personajes se construyen hechos de un mundo de ficción que se vuelve real en la ensoñación del escritor y el lector. Pretendemos especular que el libro de León Valencia está construido desde los recuerdos del autor, por eso los nombres, que son referentes de la realidad-real, van diluyéndose en la construcción del mundo ficticio.
Agrega Pamuk que “al leer novelas asumimos que son reales, pero en algún rincón de nuestra mente también sabemos que nuestra asunción también es falsa”. El libro aludido está compuesto por una serie de conferencias que Pamuk pronunció en la Universidad de Harvard. Los lectores de novelas sientimos que estos esclarecedores ensayos confesionales nos predispone a zambullirnos en las páginas de una novela. Lo mismo ocurre en Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino.
Podríamos preguntar a León Valencia, así como interrogaron a Orhan: ¿De verdad le sucedió todo esto, señor Pamuk? ¿Señor Valencia? El premio nobel, del 2006, remata su conferencia explicando que sus lectores asocian a su protagonista Kemal con él. Nos explica: “1. Los lectores completamente ingenuos que siempre leen el texto como una autobiografía o una especie de crónica oculta de una experiencia vivida, por mucho que les adviertas que están leyendo una novela. 2. Los lectores completamente sentimentales que creen que todos los textos son constructos y ficciones, por mucho que les adviertas que están leyendo tu autobiografía más honesta”.
Valencia es León y Apolinar sugiera un líder que habitó los contornos de las zonas pacíficas en tiempos pasados que se juntan con la nefasta pandemia. ¿Especular que el libro es testimonial? ¿Son memorias que el novelista viene dejando con sus textos políticos y ficcionales?
Lenguajes e ideologías
Existe gran diferencia entre el lenguaje y la argumentación en una columna política o un texto de carácter histórico al empleado en una interpretación de las emociones humanas. Lo coyuntural, lo variable de un día a otro, se contrapone a lo permanente en el tiempo, es, lo que en los años recientes se discute con relación a las ciencias sociales y la poesía, la literatura y la poética, la literatura y el periodismo. Existen, sin embargo, textos que combinan los dos lenguajes, como en El malestar en la cultura de Freud, su autor navega en los dos estilos como ocurre con algunos comentaristas ensayistas. Planteamientos de la razón en las pretendidas ciencias del pensamiento en unos y, fluir de conciencia, de los sentidos, hasta lo que llamaban sentimientos o textos sentimentales, en los otros. El arte y la ciencia.
La novela no es la construcción automática de una historia vivida o imaginada sino el producto de pulsiones al principio, y trabajo minucioso durante años. Debemos diferenciar entre un texto bien redactado, de los que llamaba Vargas Llosa de escribientes, escribidores, y los escritos por escritores de literatura.
En La vida nefasta del negro Apolinar se aprecia la orfebrería del lenguaje; el ritmo de los capítulos sin párrafos, son en realidad doce grandes párrafos, una tertulia escalonada, que, como conversación en antiguas cartas de papel y sellos postales, o las que llegan por la internet, se suponen privadas, secretas. El género epistolar, como los diarios, contienen la confidencialidad del novelista. Leer aconteceres de personajes es auscultar también a la sociedad, la cultura, el tiempo interno de los sucesos históricos y la interpretación de la visión de mundo del autor. El escritor es un testigo de su tiempo bien como historiador o como fabulador literario, como evasor de la realidad, o sólo como contribuyente del divertimento.
Lo que se cuenta
En este comentario no interesa tanto el argumento, la línea de tiempo y los sucesos, importa más como está escrito el libro, su virtuosismo estilístico y su riesgo como autor de ficciones. A pesar de que se dice que es una novela cuyo telón de fondo no sólo es la amistad sino las contingencias de la comunidad negra en Colombia con antecedentes como las de Arnoldo Palacios y Las estrellas también son negras, o la del gran Manuel Zapata Olivella y su Changó el gran putas, la escritura seduce más que las referencias biográficas, los lugares y entornos que ubican ese argumento que el lector no debería oír sino leer. Así se escucha al poeta Jorge Artel y el torrente mesurado de las adjetivaciones.
Poesía y poética
No es la poesía la que se involucra en la novela, no, nos imbuimos en una poética. Más difícil que, la a veces retórica poesía, las frasecitas que se subrayan, o los episodios que nos conectan con un tiempo vivido, compartido o escuchado en salas y medios de comunicación, es el magma que irradia el texto: es la poética, el corpus, el aura del libro donde, de la misma manera como se recurre a descripciones y acciones dignas de narrar, no para cumplir con la nota de advertencia de las páginas iniciales que sugieren “debes tener un lápiz en mano para indicar dónde dejas la lectura”, sino para volver a ella como lo hacen los lectores que destacan lo bueno y lo malo en un libro. Ese lápiz sería más útil para subrayar lo que debe releerse en el reposo del guerrero.
La portada y diseño
Ese negro que carga una inmensa bola sobre sus hombres nos remite al mito de Sísifo, el hermoso relato de Albert Camus. Seguramente, y es el derecho del lector, la vida del protagonista está condenada a la tragedia de subir la roca a la cima para dejarla caer y rodar y, como acto inexorable, volver a subirla para que ruede de nuevo, eternamente la vida, símil de la mortalidad, la discriminación y la inequidad. El libro merecería un diseño más poético, como su contenido. En la contra tapa, en un recuadro o manchón blanco, en letras rojas como persuasión innecesaria se dice: “Una novela sobre la amistad y el amor, los únicos bálsamos que tenemos para curar las heridas que deja el vivir”.
Por fuera del canon
Acaso esta novela sea tenida en cuenta en el canon de la literatura nacional, enfrentado libros banales de estrellas en los canales de distribución y promoción de periodistas-escritores. El autor tiene en su haber presencia como analista político, pasado de combatiente guerrillero y excelente manejo en las redes sociales. Para el análisis literario, y más para el gusto que tienen los lectores de novelas, cuenta poco la exposición social en medios y escenarios. Como en la escritura, el verdadero devorador de estética ficcional, está exclusivamente con su objeto amado que lleva a sus lugares preferidos o lo abandona porque no ha sido hechizado. Independiente de la biografía del autor, La vida infausta del negro Apolinar simplemente atrapa, pasa incólume las horas exigentes del lector que no para, que no deja a los susurradores para otras vacaciones o para el fin de semana. Quizás los minutos no menos intensos son aquellos en los que los hechos políticos hacen presencia; el lector, como funámbulo, da pasos temerosos en esos discursos extensos, como los de los capítulos cinco, siete, ocho y nueve. El cómplice lector quiere más baile, más comida, más amor, porque la crónica se impone sin abandonar la poética general.
El sueño del escritor se ha cumplido, quizás, como lo ha confesado, ha llegado a la línea del no retorno.



