Antonio Sanguino lleva cuarenta años sin saber dónde está su hermano, quien fue fusilado y desaparecido en las filas del ELN a finales de los años ochenta. Durante mucho tiempo intentó buscar respuestas, quiso llegar a negociaciones y diálogos que componían acuerdos humanitarios que tenían que ver con la devolución de cuerpos de personas que han desaparecido. Juan y Antonio eran los únicos de los Sanguino que se fueron a pelear la lucha armada para conseguir las transformaciones que buscaban. Cuando el actual ministro del Trabajo se enteró de lo que sucedió con su hermano, jamás les contó a sus papás, quienes se murieron sin saber el destino de Juan.
Su hermano se fue a una reunión con el ELN y, estando en ello, lo sometieron a juicio, y así deciden ejecutarlo. El último recuerdo que tiene de él es una llamada que recibió mientras vivía en Bucaramanga, en la que afirmó que pasaría a saludarlo. Al estar en una actividad clandestina, Antonio Sanguino nunca preguntó por él hasta que, dos años y seis meses después, un comandante del frente guerrillero llamado Camilo Torres, que operaba en el Cesar, le confirmó la muerte de Juan. La acusación que cayó sobre él fue la de ser un informante del ejército.
El ministro del Trabajo, Antonio Sanguino Páez, nació en Ocaña, pero creció en Valledupar, estudió en el colegio nacional Loperena de esa ciudad en donde conoció de las luchas sociales, fue el fundador de la Federación de Estudiantes del Cesar y, cuando se fue a estudiar a la Universidad Industrial de Santander, se unió al frente Estudiantil Revolucionario Sin Permiso, que se transformaría en lo que se conocería como ¡A Luchar! Que tenía contacto con el ELN. Jamás estuvo involucrada en hechos armados, pero participó en actividades políticas asociadas con la insurgencia. A finales de los noventa, creyó en un proceso de paz y desde entonces ha llevado con éxito una fulgurante carrera política.
Como ministro de Trabajo de Gustavo Petro ha tenido encima responsabilidades absolutas y difíciles, como, por ejemplo, llevar adelante las ambiciosas reformas laborales y pensionales. Durante cuarenta años, Sanguino, estoico, ha cargado encima el destino de su hermano sin contárselo ni siquiera a su círculo más íntimo. Ahora cree que es la oportunidad de saber la verdad, es algo que se lo debe el ELN a él y al país. La entrega del cuerpo del sacerdote Camilo Torres lo alienta a saber que esto podría pasar. Por eso decidió dar el paso que muchos no hacen: hablar.



