El Dios del cine de terror colombiano

Foto: Señal Colombia

El papá de Jaime, su amigo del colegio, se pegó un tiro en la sien. Al rector le pareció buena idea llevar a los alumnos al anfiteatro, a ver el muerto. En la Cali de finales de los años cuarenta no había mucho que hacer. Jairo Pinilla aún recuerda la palidez espectral, la piel terrosa, el frío que emanaba el muerto. Por primera vez en la vida, sintió miedo.

Jairo Pinilla ha hecho 54 películas. La gran mayoría de ellas han sido financiadas por monjas, esmeralderos, camioneros y dueños de discotecas, quienes le pedían como condición protagonizar sus filmes. Este caleño de 74 años no solo fue el primero de nuestros cineastas que usó efectos especiales y se metió a fondo en el terror, sino que ha sido el más prolífico de todos.

Aprendió cine en sus tardes de asueto en Ciudad de México, a donde se había ido a trabajar con la compañía Burroughs, poco después de graduarse como ingeniero electrónico. Cada vez que podía, se escapaba a los estudios Churrubusco, el lugar en donde se filmaban todas esas películas de Jorge Negrete, Pedro Infante y Cantiflas, que había aprendido a amar desde niño. Cuando regresó a Colombia, a comienzos de los setenta, decidió hacer lo único que le apasionaba: cine.

Es difícil encontrar en el mundo una obra en donde los errores de rodaje sean ya parte de un estilo, de una estética. Entre todas sus ‘pinilladas’ La silla macabra es tal vez la más absurda, ingenua y surrealista de todas.

 

Su ópera prima, Qué mago, fue financiada por un par de monjas. Dos años después, Funeral siniestro, la primera película de terror colombiana, fue vista por más de 800.000 personas sin habérsele invertido un solo peso en publicidad. La crítica la destrozó, pero las filas de gente esperando verla completaban varias manzanas. A partir de ese momento, serpientes marihuaneras, sillas de ruedas poseídas por espíritus demoniacos y plantas carnívoras devoradoras de hombres, pasaron a ser parte de sus argumentos. La falta de presupuesto no detenía su intención de hacer cine. En las escenas de acción, a falta de utilería, tuvieron que hacerlas con pistolas y balas de verdad, usaban muertos reales, y, sobre todo, los sustos se transformaban en carcajadas dentro del público.

No conoce a Godard ni a Truffaut, pero ama el cine tanto que una vez prefirió que no le aplicaran anestesia para que le alcanzara el dinero y entrar a los teatros a ver, entre terribles dolores, las gracias de Tin-Tan, el ídolo de su niñez.

El peor error que cometió Jairo Pinilla fue pedirle un préstamo de  diez millones de pesos a Focine para acabar El triángulo de oro, su película más ambiciosa y que realizó en el tiempo récord de tres meses. Los intereses engrosaron la deuda cuatro millones más y un año después el Estado embargaba todas sus películas. Nunca pudo recuperar sus derechos de autor.

 

Durante veinte años nadie supo nada de él, hasta que Ciro Guerra realizó un documental que elevó su arte a la categoría de Cine de Culto. En espacios de Señal Colombia y en cine clubes empezaron a volverse a ver sus películas. Sus fans ya son legión.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.