En 1984, los argentinos se despertaron con la resaca de casi una década de dictadura. Dos años antes, en 1982, el general Galtieri, después de una monumental borrachera, decidió salir por el balcón de la Casa Rosada a gritar a los cuatro vientos que las Malvinas eran argentinas y que había que quitárselas a los ingleses. En su delirio, no midió fuerzas, y la gente, siguiendo el viejo instinto humano de la autodestrucción, tan solo obedeció. En unas cuantas semanas, el ejército argentino fue arrasado por las fuerzas comandadas por Margaret Thatcher. Era el principio del fin de la dictadura.
En 1984, el presidente Alfonsín dio inicio a la democracia, pero aún parecía muy lejano el día en que se pudiera juzgar a Massera, Videla, Galtieri; toda la junta militar entera. Se necesitaba un fiscal con los suficientes arrestos para emprender esta tarea, para no ceder ante la intimidación. Y ese fiscal fue Julio César Strassera, padre de dos niños, mayor de cincuenta años y a quien, por su carácter explosivo, le llamaban “el loco”. Y, aun así, esa papa le quemaba las manos, no quería cargar ese peso.
Y lo asumió. Poco a poco fue recopilando pruebas. Al principio no quería asociarse con Luis Gabriel Moreno Ocampo por muchas razones. En ese momento, Strassera tenía cincuenta años y su compañero veinte menos. Así que había un prejuicio generacional. Pero Moreno Ocampo, además, tenía familiares involucrados con la dictadura argentina. Pero entendió que, para el impacto que necesitaba tener la noticia, era importante la extracción de donde venía este fiscal.
Se llevó a juicio a la dictadura entera, a toda su junta militar. Videla, Massera, el brigadier Orlando Agosti, el general Viola, el almirante Armando Lambruschini, el brigadier Omar Gaffigna, el general Leopoldo Galtieri, el almirante Jorge Anaya, y el brigadier Basilio Lami Dozo. El juicio fue televisado y captó la atención de buena parte del pueblo argentino, incluso de aquel que aún se aferraba a la teoría del enemigo interno, de que la brutalidad de la Junta Militar tuvo que ver con la envergadura del enemigo al que se enfrentaban. Empezaron a hacer circular una narrativa infame y despiadada contra la izquierda. En los testimonios se presentaban mujeres que, a punto de dar a luz, fueron mancilladas en su honor, pisoteadas, humilladas. Strassera y su equipo hicieron una pregunta cuya respuesta dejaba en la nada, en el sinsentido de la crueldad después de haberla dicho: ¿Por qué, si se tenía el conocimiento de que la guerrilla estaba actuando en el país, no se hizo nada posible desde lo legal para frenar el flagelo? ¿Por qué la justicia nunca fue una opción y sí la macana eléctrica, las desapariciones, las vidas que cayeron al mar o algunas prácticas más horrorosas, como sacarle un hijo a su madre desde el vientre y después entregarlo en adopción?
En esos meses, la situación para Strassera y su equipo se hizo densa. Empezaron a aparecer amenazas directas, atentados, los medios que aún eran adeptos a la dictadura intentaron desacreditar a los fiscales. Pero no lo lograron. El 9 de diciembre de 1985, Strassera dio un discurso histórico e histriónico. Era tan hábil este abogado que tenía amigos en el teatro que le hablaban de la espectacularidad con la que tenía que escribir y leer ese discurso. Producto de esto se proclamó el “Nunca más”. En el aparte final, Strassera leyó lo siguiente: “Los argentinos hemos tratado de obtener la paz, fundándola en el olvido y fracasamos… Hemos tratado de buscar la paz por vía de la violencia y del exterminio del adversario y fracasamos… A partir de este juicio y de la condena que propugno nos cabe la responsabilidad de fundar una paz basada no en el olvido, sino en la memoria, no en la violencia, sino en la justicia. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ‘Nunca más’.” Apenas terminó su discurso se levantó todo el mundo a aplaudir. Incluso, las madres de Plaza de Mayo, que habían sido obligadas a quitarse sus pañuelos porque les parecía que representaban una simbología política se los volvieron a poner. Pocos días después se emitieron las sentencias, y esto fue otra polémica porque el ambiente se había crispado tanto que buscaban que toda la junta fuera sentenciada a perpetua. Quien sí la obtuvo fue Videla, que, a pesar de todos los intentos por recuperar su libertad, jamás pudo salir de la cárcel.
Cuarenta años después, la Argentina, que fue ejemplo de cómo se deben juzgar a sus verdugos, escogió como presidente a un negacionista. Se espera que la historia no sea cambiada y que jamás se vea a los verdugos como los salvadores de la patria. El nunca más debe prevalecer.



