El arribismo bogotano que terminó matando a Silva, el más grande de todos los poetas

En este país hasta hace unas décadas todos querían ser poetas, hasta los presidentes. Ahora todos quieren ser ricos, sin importar cómo. José Asunción Silva estaba empeñado en serlo. Tenía gustos de señorito francés. Es que en todo el siglo XIX, las aristocracias mundiales pretendían afrancesarse. En Guerra y paz, Tolstoi muestra a todos esos nobles rusos pronunciando largos parlamentos en francés, algo que debía ser considerado una especie de traición a la patria, teniendo en cuenta que el imperio ruso peleaba contra el usurpador Bonaparte. Santa Fe de Bogotá, un villorrio de cincuenta manzanas en donde no había un solo árbol y las aguas negras partían las calles en dos, pretendía ser un paraíso de poetas. Muchos se ahogaron en ese lodazal nauseabundo. Otros triunfaron como Silva.

En De Sobremesa, la única novela que escribió, están todas sus pretensiones. Aburrida hasta la sofocación, se narra la inacción de un club de lectura en donde todos se rapaban la palabra para ver quién podía ser el más chic. Bueno, en eso no han cambiado los clubes de lectura. Pero ahí está todo lo que quiso ser Silva, un dandy, alguien con la suficiente holgura económica como para no depender de un trabajo, sino que un golpe de suerte lo pusiera tan rico y tan en onda como un parisino que fuera a almorzar corrientazos al Maxim.

Hay una gran biografía de Silva, esta es Chapolas negras. Su autor, Fernando Vallejo, rebusca hasta en las cuentas sin pagar sobre la verdad del más grande de los poetas que ha pisado este suelo. La muerte de su hermana Elvira influyó sin duda en su ánimo y le dio el tono para emparentarse, a punta de damas blancas, con su ídolo, Edgar Allan Poe, pero lo que desembocaría en su decisión de pegarse un disparo en el pecho fue la quiebra que le representó naufragar con doce pianos que traía de Francia, justo cuando entraba en Bocas de Ceniza. Aún hoy, si intentan entrar en una lancha lo suficientemente sofisticada van a tener la oportunidad de sentir el oleaje, la intensidad con la que el río Magdalena entra al Atlántico y se van a llevar un susto considerable. ¿Imaginen lo que era a finales del siglo XIX con un buque a vapor emprender esa travesía? El capitán del barco donde iba Silva intentó hacer la maniobra para ganar unas cuantas horas de navegación, tomar atajo, y a Silva, como le encantaba el juego, la adrenalina de la incertidumbre, pues dijo que sí, que, de una, y ahí quedó, durante tres días estuvo esperando rescate flotando en la tapa de un piano que se negó a hundirse.

Es estúpido intentar encontrar una razón por la cual el suicida cumple su destino. Ahí está la foto del poeta, con su barba y belleza es un hípster, un rockstar, alguien irresistible. Y, sin embargo, no goza. Ya lo dijo William Ospina en su ensayo sobre el poeta, contenido en Por los países de Colombia: “El principal tema de Silva es la imposibilidad de la dicha”. Ahí está el Nocturno y versos como estos:

….muda y pálida

Como si un presentimiento de amarguras infinitas

Hasta el más secreto fondo de tus fibras te agitara….

Silva es bello porque murió joven. Fue una luciérnaga que brilló más fuerte que todos y después se apagó. Ahí está todavía flotando su fantasma en un país que se parece cada vez más a sus victimarios, presente en la vida de los colombianos, en los juegos de los niños, que Aserrín, Aserrán, los maderos de San Juan, en el billete de cinco mil y en la imagen de Un poeta, el último éxito del alicaído cine colombiano.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.