Este 24 de febrero, la Federación Colombiana de Fútbol inauguró su flamante hotel en Barranquilla. Al evento llegaron las principales personalidades del fútbol mundial y sudamericano; uno de ellos fue, nada más y nada menos, que el presidente de la FIFA Gianni Infantino, además del presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Chiqui Tapia. Técnicos colombianos como Francisco Maturana o Reinaldo Rueda fueron homenajeados.
Al lugar llegó un personaje siniestro que fue invitado por la federación y que recibió un aplauso cerrado, Eduardo Dávila, dueño del Unión Magdalena y que tiene sobre él dos condenas, una por narcotráfico, otra por el asesinato de una mujer. Así es, la federación invitó y aplaudió a un feminicida. Pero, ¿quién es él?
El 16 de abril de 1994, Eduardo Dávila veía un partido de la segunda división del fútbol colombiano. Era un encuentro entre el Deportivo Samario y el Real Cartagena, cuando al hombre lo sorprendió la llegada de ocho miembros del Cuerpo Técnico de Investigación. La detención fue inmediata: acababa de comprobarse que, en una cabaña suya, ubicada en el sector de Villaconcha, le habían encontrado 1.900 kilos de marihuana. Era una caleta épica.
Sobre Eduardo Dávila y el narcotráfico se conocían historias desde que el periodista Fabio Castillo publicó su libro Los jinetes de la cocaína. Desde ese momento, Dávila quedaba marcado como un narcotraficante; incluso se afirmaba que toda su fortuna —que incluía entre sus activos al club de fútbol Unión Magdalena— provenía de ese negocio. Incluso fue el hombre que supo construir el estadio que lleva el nombre del presidente Eduardo Santos. Lo curioso es que, con una serie de artimañas políticas, Dávila quedó como dueño del estadio.
En Santa Marta, Dávila es respetado y temido. Desde la Sierra Nevada de Santa Marta, a comienzos de este siglo, Hernán Giraldo, jefe paramilitar y comandante del bloque Tayrona, irradiaba un poder sobre el que la mayoría de la clase política de Santa Marta se arrodillaba. Los lazos entre Dávila y Taladro, apodo que recibía el paramilitar por su compulsión sexual, eran irrompibles. En el 2009 decidió entregarse. Fue condenado y llevado a la cárcel del Bosque en Barranquilla en donde sus rumbas se hicieron legendarias. Lo trasladaron a Medellín y, en 2012, cuando se frotaba las manos sabiendo que estaba pronta su salida, le apareció otra condena. El juzgado especializado número 1 de Medellín le mandó una condena de 34 años por el asesinato de Carmen ‘La Nena’ Vergara Díaz-Granados.
Ella era la encargada de llevarle la contabilidad a la viuda de Jorge Gnecco Cerchar, María del Pilar Espinosa. Hay que recordar que Gnecco fue asesinado por Jorge 40. Espinosa empezó una relación con Dávila en 2006, pero La Nena le aconsejó cortarla, e incluso fue el puente para que la viuda de Gnecco conociera a un hombre extranjero y se fuera del país. Dávila, en venganza, asesinó en el Rodadero a Carmen Vergara. Un sicario le pegó siete tiros.
Pero la justicia en Colombia es solo para los de ruana y una buena defensa garantiza impunidad. Mientras había sido trasladado a La Picota -en donde solo duró seis meses- un juez ordenó que se transformara su condena en prisión humanitaria. Y desde entonces, octubre de 2018, cumple su sentencia en su amplia casa frente al mar en la urbanización Bellavista.
Pero, mientras tanto, hace lo que se le da la gana, por ejemplo, en la foto, lo vemos saludando a la gente que lo aplaudió este 24 de febrero en Barranquilla, durante la inauguración del hotel de la Federación Colombiana de fútbol.



