La escalada militar de Estados Unidos frente a Irán este fin de febrero de 2026 vuelve a poner en discusión el estilo de liderazgo de Donald Trump. Bombardeos selectivos, advertencias de represalias más severas y una narrativa que privilegia la fuerza sobre la diplomacia multilateral configuran un escenario que puede leerse con herramientas clásicas de la teoría política. Thomas Hobbes (1588-1679) y Nicolás Maquiavelo (1469-1527) ayudan a comprender esta lógica del poder.
En la obra El Leviatán, Hobbes parte de una idea central: cuando no existe una autoridad superior que imponga reglas, los seres humanos viven en un estado de naturaleza marcado por la desconfianza y la posibilidad permanente de guerra. Allí la libertad deja de ser el valor supremo y sede el puesto a la seguridad. Para evitar la destrucción mutua, los individuos entregan parte de su libertad a un soberano fuerte que garantice el orden.
Si trasladamos esta reflexión al sistema político internacional, encontramos una estructura similar. No existe un gobierno mundial con poder coercitivo efectivo. Los Estados compiten, se vigilan y se preparan para eventuales confrontaciones. Desde esta perspectiva, la política exterior de Trump frente a Irán responde a una racionalidad hobbesiana: ante lo que define como amenazas a la seguridad nacional —programas nucleares, apoyo a milicias regionales o riesgos para aliados estratégicos— la respuesta es la demostración contundente de poder.
Las operaciones militares recientes, justificadas por Washington como acciones preventivas, reflejan la convicción de que la paz se preserva mostrando fuerza. Trump ha reiterado que, si Irán no modifica su comportamiento, enfrentará consecuencias más severas. La amenaza no es un simple recurso discursivo; forma parte del mecanismo soberano de disuasión. En términos hobbesianos, el miedo al castigo contiene la violencia.
Pero Hobbes no basta para entender el componente político de esta conducta. Aquí aparece Maquiavelo. En El Príncipe, el florentino explica que quien adquiere y conserva el poder por sus propios medios debe poseer virtù: decisión, audacia y capacidad para actuar con firmeza cuando las circunstancias lo exigen. El príncipe no puede depender exclusivamente de la buena voluntad ajena; debe estar dispuesto a usar la fuerza para asegurar su dominio.
Trump encarna rasgos de esa virtù. La política hacia Irán no es reactiva, sino estratégica. El retiro del acuerdo nuclear, la política de “máxima presión” mediante sanciones económicas y la disposición a emplear el poder militar responden a una misma lógica: redefinir el equilibrio regional y mundial desde una posición de superioridad. Para Maquiavelo, quien controla la fuerza controla el destino político.
Además, el florentino señalaba que es preferible ser temido antes que amado si no se puede ser ambas cosas. Trump parece haber internalizado esta máxima. Su relación con aliados europeos, a quienes exige mayor compromiso financiero en seguridad, y su postura frente a organismos multilaterales muestran que privilegia la autonomía soberana sobre el consenso diplomático. La credibilidad del poder, en su visión, se sostiene en la disposición real a usarlo.
Desde la óptica hobbesiana, el uso de la fuerza no es un fin en sí mismo, sino un medio para restablecer el orden. Trump ha argumentado que sus decisiones buscan evitar conflictos mayores y proteger vidas estadounidenses. Así, la espada del Leviatán se presenta como instrumento de paz. Sin embargo, la paradoja es evidente: para imponer estabilidad se incrementa la tensión. El Leviatán pacifica, pero lo hace concentrando poder y ejerciendo coerción.
Comprender el comportamiento de Trump desde estos marcos teóricos no implica aprobarlo ni condenarlo automáticamente. Significa reconocer que su actuación responde a una concepción específica del poder: el mundo es competitivo, las amenazas son constantes y la seguridad requiere determinación. El soberano no puede mostrarse débil, porque la debilidad invita a la agresión.
Sin embargo, la teoría política también advierte sobre los límites del poder. Si el Leviatán surge de un pacto para garantizar seguridad, su legitimidad depende de no abusar de esa autoridad. Y si la virtù del príncipe permite conservar el Estado, el exceso puede generar resistencia y deslegitimación.
Por eso, en tiempos de soberanos fuertes y decisiones unilaterales, la tarea no es solo comprender el poder, sino también controlarlo. La ciudadanía mundial, las instituciones internacionales y la comunidad de Estados deben fortalecer mecanismos de contrapeso que impidan abusos.
Controlar a los Leviatanes y vigilar a los príncipes no debilita la autoridad legítima; la hace responsable. Exigir límites al soberano poderoso es condición para evitar que la búsqueda de orden derive en autoritarismo. En un mundo convulsionado, la estabilidad dependerá tanto de la fuerza como de la capacidad colectiva para imponer reglas, exigir responsabilidades y defender principios comunes.
* Esta columna es resultado de las dinámicas académicas del Grupo de Investigación Hegemonía, Guerras y Conflicto del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.
** Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.



