Trump fue, hasta el año 2014, considerado el rey de la lobera norteamericana. Además pocos creían en su integridad. Era conocido por ser el discípulo aventajado de Roy Cohn, un oscuro abogado que defendió a las casas mafiosas más conocidas de los Estados Unidos y que convirtió la mentira y la calumnia en una de las formas preferidas de los tiburones financieros para conseguir sus objetivos. Su injerto de pelo rojizo, su bronceado artificial, sus manos pequeñas y la voracidad con la que cambiaba de nombre lo convertían en una especie de arlequín. Lo que no sabían los analistas políticos ni los grandes medios es que los años que pasó siendo el rostro del Aprendiz, le sirvieron para crear una fanaticada que haría cualquier cosa por él.
En una de sus primeras entrevistas como megamillonario, realizada en 1980, la presentadora le pregunta si estaría entre sus sueños ser presidente de los Estados Unidos y él fue enfático en decir que jamás. Con el tiempo cambiaría de opinión. En el año 2000, después de haber sido la comidilla de los medios por su escandaloso divorcio con Ivana Trump, el magnate decidió lanzarse como precandidato presidencial por el partido de la Reforma, uno de los que menos votos tiene en los Estados Unidos. Su candidatura fue inspirada por Jesse Ventura, el personaje de lucha libre que terminó convertido, a pesar de su poca esperticia política, en gobernador de Minnesota. Su estrategia fue calumniar a sus rivales. Pat Buchanan era uno de los reformistas que luchaba por obtener la candidatura. Había lanzado un libro en 1999 y Trump, sin leerlo, empezó a tergiversar todo lo que había escrito su rival en las urnas. Lo catalogó como “admirador de Hitler”. Al final Trump renunció a esa candidatura y los medios se rascaron la cabeza preguntándose qué diablos quería un bufón que se preciaba de ser “el master de los medios” apareciendo cada vez que podía en los decadentes espectáculos de la lucha libre. En esas elecciones el partido reformista obtuvo el 0.4% de la elección. Trump compartió con sus asesores la gran lección que aprendió: si quería ser presidente los Estados Unidos tenía que pertenecer a uno de los dos grandes partidos, o ser demócrata o ser republicano.



