En Colombia estamos en temporada de encuestas de intención de voto y cada vez que se publican resucita la misma cuestión sobre si debemos creerles.
Con las últimas publicaciones se muestran variaciones significativas entre firmas encuestadoras. Un mismo candidato puede aparecer con diferencias porcentuales significativas. Evidentemente, esto genera desconfianza en la ciudadanía y alimenta la narrativa de que las encuestas están manipuladas y favorecen a la candidatura que la contrata.
Sin embargo, asumir que estas diferencias implican falsedad es un error analítico. Las encuestas no necesariamente son predicciones del futuro, por el contrario, bien lo ha señalado expertos como Cesar Caballero, director de Cifras y Conceptos, las encuestas son para “diagnosticar, no para pronosticar”. Son “fotografías” de un momento específico del estado de ánimo del electorado, y como toda foto, depende del instante en que se toma.
Cada firma encuestadora trabaja con variaciones específicas en sus metodologías, tamaño de muestra, forma de recolección, distribución territorial, ponderación por variables sociodemográficas y redacción de las preguntas. Cambiar cualquiera de estos elementos altera los resultados. Por eso, comparar encuestas como si fueran idénticas es metodológicamente incorrecto.
El problema no es que las encuestas sean diferentes, sino que se leen mal. Se publican números sin contexto, se ignoran las fichas técnicas y se convierten diferencias normales en supuestas conspiraciones. La ciudadanía se ve expuesta a titulares maliciosos y sin explicaciones, lo que empobrece el debate democrático. Sin contar que también alimentan noticias falsas sobre supuestos resultados. Otro error frecuente es el uso de promedios entre encuestas para sacar conclusiones. Mezclar estudios con metodologías distintas produce datos distorsionados. Esta práctica, que es muy común en redes sociales, crea falsas certezas y simplifica un escenario que es, por definición, complejo.
A esto se suma la volatilidad del electorado, pues pocos meses de la primera vuelta, una porción significativa de personas no ha decidido su voto. Muchas gentes responden que no saben por quién votarán, porque o aún no deciden o sus preferencias son débiles, lo cual las hace susceptibles a cambiar por coyunturas, escándalos o alianzas.
Igual recordemos que las encuestas, a parte de hablar de candidaturas, también revelan climas sociales, desconfianza institucional, polarización, miedos, expectativas. Elementos que no se pueden desaprovechar por su potencial analítico y las campañas lo saben. Por eso las encuestas se usan estratégicamente y sirven para atraer financiación, reorientar discursos para ganar visibilidad mediática, instalar la idea de viabilidad o atacar competidores.
Esto nos lleva, además, al debate sobre la independencia de las firmas encuestadoras. Cuando se conocen vínculos contractuales o relaciones entre quienes realizan las encuestas y actores políticos, se genera una duda razonable. No significa que los datos sean falsos, pero si hay que reconocer que ese contexto obliga a un escrutinio mucho más riguroso y a leer los resultados con mayor cuidado. Y no menciono empresas específicas, pues la invitación es a asumir una mirada crítica general frente a la producción y circulación de encuestas en tiempos electorales. Adicionalmente la nueva ley de encuestas, aprobada en 2025, redujo la posibilidad de seguimiento continuo y concentró mediciones en ventanas de tiempo más cortas. El resultado ha sido un estallido de encuestas simultáneas, con impactos abruptos en la opinión pública y poca pedagogía sobre su interpretación.
Hoy tenemos candidaturas sobreestimadas y otras subestimadas. En ese contexto, pequeñas variaciones pueden parecer contundentes en el escenario político cuando, en realidad, son movimientos normales en tiempos de campañas. Entonces, frente a la cuestión de si creer o no creer en las encuestas, la respuesta no es un “sí” o un “no” rotundo. Hay que leerlas y usarlas para diagnosticar, no para profetizar pues las encuestas no eligen presidentes.
En tiempos electorales, creer ciegamente en las encuestas es tan peligroso como descartarlas por completo.



