Es difícil pensar que Javier Milei amara a otro ser vivo con la intensidad que lo hizo con Conan, su llorado mastín inglés. Por la incapacidad de crear un discurso inspirador, se puede reconocer fácilmente al hombre que no se enamora. Antes de ser presidente, era un payaso mediático. Lo invitaban a los programas de cimento que abundan en la infame televisión argentina. Se empezó a hacer famoso no por sus apocalípticas profecías económicas en tiempos de los Kirchner, sino por los ataques que dirigía contra modelos, presentadoras, actrices que lo acompañaban en esos paneles. ¿Se imaginan a Milei, en la quinta de Olivos quitándose los sudados zapatos al final del día, sirviéndose un whisky y abriendo El amor en los tiempos del cólera? Es imposible. Primero porque le parecería estúpido esos calambres de amor que mantenían en vela a Florentino Ariza y seguramente sus virginales manos de vampiro se quemarían al contacto de la obra de un autor, que, según los fachos, está ardiendo en la quinta paila del infierno.
Donald Trump ha demostrado no tener respeto por las mujeres. Esto es un facto. Está acusado de agresión sexual y es capaz de decirle a una periodista “cerdita”, mientras los machitos que le secundan la espalda lo aplauden. ¿Cómo podría entender el anaranjado presidente el triángulo amoroso que plantea Murakami en Tokio Blues? Es probable que el Trump que vemos en televisión no sea más que un personaje. Es probable que sea real. Su pareja más notable, Ivana, lo acusó de haberla violado. ¿Qué saben los fascistas del amor?
Hitler es un caso notable, escribió un libro, Mi lucha, que ha vendido 100 millones de copias, sin haber leído nunca alguno. El Fuhrer, como Milei y Trump, era un abstemio que daba la vida por su pastor alemán, Blondie. En algunas postales promocionando las bondades de ser nazi aparecía en traje bávaro acariciando a un cervatillo o dándole una mamila a un ternero. Hitler tuvo comportamientos de sicópata con las dos mujeres con las que se obsesionó. Una de ellas, su sobrina, Geli Raubal, presuntamente se suicidó por el asfixiante amor que le obligaba a recibir su tío. Con Eva Braun, la luna de miel fue en el mismísimo Averno: minutos después de haberse casado, ambos masticaron una cápsula de cianuro en un búnker debajo de Berlín. A Hitler le parecía “arte degenerado” una novela como Muerte en Venecia de Thomas Mann, en donde un escritor perdía la cabeza por un joven en plena epidemia de tifus en Venecia.
Álvaro Uribe Vélez dice ser un gran lector de poesía. Cada vez que puede declama una prosa empalagosa que proviene de los versos de una poeta llamada Ligia Angulo. Casi siempre le dedica esos versos a una mujer. Lo hace con la propiedad de un locutor de radio de pueblo. Los habrá aprendido de manera oral. No veo al expresidente, adicto al trabajo, dispuesto a perder catorce horas de su vida leyendo el desahogo de un argentino en París como se cuenta en Rayuela. ¿Qué pensará Uribe de mujeres como la Maga?
Ni qué decir de Abelardo de la Espriella, quien después de su fracaso como cantante de ópera en Italia ha regresado al país intentando ser presidente de la república. ¿Qué pensaría este maltratador de gatos de una novela como La vida infausta del negro Apolinar en donde se describe el improbable amor de un cortador de caña con la rebelde hija de los dueños del ingenio? ¿Qué pensará de su epígrafe, sacado de una frase de Mabel Moreno, El amor es una amistad en llamas?
En tiempos tan ásperos, de pronto, leyendo novelas de amor nos vacunamos contra el fascismo. Sentir es la antítesis del fascismo. Para ser facho, hay que estar vacío por dentro.



