José Tomás Boves se llamaba. Era macizo como una piedra, de corta estatura y amplia crueldad. Fue uno de los escollos más duros que tuvo que sortear Bolívar en su intento por liberar Venezuela. Si se debe describir a un populista, a un demagogo, este hombre nacido en Oviedo es el prototipo. Supo levantar a los negros e indígenas venezolanos, a lo más pobre de esa sociedad, contra los criollos que, incluso, buscaban liberarse del yugo español. Y en los llanos venezolanos armó un ejército de 6.000 hombres que propinó sendas derrotas a Bolívar y sus tropas. Lo complejo de Boves es que, cuando llegó a América, estaba insuflado por las ideas liberadoras de la Revolución francesa. Creyó por un momento que era justo liberar a América. Pero, en Venezuela, sufrió un cambio y terminó yéndose contra la causa republicana.
Sus hombres le temían y lo amaban. Fue un caudillo casi con el mismo carisma de Bolívar. La mayoría de quienes conformaban sus tropas eran esclavos sublevados. La manera como entrenó a sus soldados fue con una táctica conocida en la historia de la guerra como orden cerrado configurado. Es decir, mientras una línea se arrodillaba la otra disparaba. Además, usó otra táctica aún más revolucionaria para su época: la guerra de guerrillas. Usaba comandos con muy pocos hombres y los ponía a atacar a ejércitos más grandes, algo parecido a lo que hicieron los rusos con el ejército napoleónica en la gran invasión francesa, que alcanzó a llegar a Moscú. Así daba golpes certeros, robaba alimentos a sus enemigos, tomaba cautivos, acaparaba armamento.
A Boves lo secundaba su íntimo amigo Francisco Tomás Morales, con quien se tomó la cuenca del Orinoco quitándole a Bolívar 1.000 kilómetros de territorio. Sin embargo, Boves cambiaría súbitamente de temperamento cuando su mujer y sus dos hijos fueron linchados por un rumor falso en donde se le acusaba a él de traición. Entonces se convertiría ya no en el Taita, como le decían, sino en el monstruo. Sus métodos eran crueles. Una vez no le perdonó a un soldado veterano el que corriera de manera lenta. Así que lo mandó fusilar. Un hombre joven salió de la tropa y le rogó que detuviera la ejecución. “Es mi padre” Le dijo. Boves pensó un momento y luego respondió “Si te cortas la nariz y las orejas perdono a tu padre”. El joven soldado no dudó un momento y se cercenó lo que le pedían. Cuando vio esa determinación, esa valentía, Boves ordenó su ejecución. No podía permitir que dentro de sus tropas existieran temperamentos que pudieran confrontarlo en un futuro. El cuerpo del joven se pudrió al lado del de su padre.
A los enemigos los enterraba de cuerpo entero y les dejaba solo la cabeza saliendo del suelo. Allí, en ese punto, tenía dos opciones, les pasaba un caballo por encima para que les aplastara la cabeza, o les echaba miel para que las hormigas se los tragaran mientras gritaban.
La vida de Boves, a quien además le decían el Urogallo, fue breve y trágica. De manera misteriosa, uno de sus hombres le tiró una lanza y lo mató. Acaso fue uno de aquellos que sufrió sus afrentas. Desde entonces se convirtió en una figura mítica, en el símbolo de la crueldad de la guerra. Su figura inspira a novelistas como Uslar Pietri o Herrera Luque. Eso sí, su figura temible como Atila está desapareciendo de la historia venezolana.



