Big Sur, el lugar más bello del mundo

Foto de: Luisa Gaitán

Antes de 1930, pocos habían escuchado hablar de Big Sur. Decían que Jack London se fue a una cabaña en ese lugar de California a terminar Colmillo Blanco. Pero no existían carreteras ni puentes. Los acantilados siempre estuvieron ahí. Bueno, alguna vez fueron parte del mar, hasta que las aguas retrocedieron y los arrecifes se convirtieron en esas formaciones montañosas que han cautivado a los humanos desde que estos aparecieron hace 30.000 años.

Se cumplirán cien años después de que se terminara la primera carretera que lleva a Big Sur y se ubicara su primera comunidad. Los españoles que vieron sus ondulaciones y su cielo no dudaron en ponerle el nombre que correspondía a lo que vieron: el gran azul. Pero los españoles no construyeron las carreteras; fue el Estados Unidos de 1937. El puente todavía está ahí. El puente de la foto se llama Bixby Creek y parece una alucinación.

Esta tierra alguna vez tuvo un dueño, se llamaba John Pfeiffer. Aunque llegó después de Jack London, abrió monte y la vendió por parcelas al estado. La decisión fue crear parques naturales y con esto se protegía de que los edificios aparecieran. Y aun así llegaron los artistas.

Tengo un libro muy viejo, editado por Losada en Buenos Aires, 1960. Lo encontré en una casa en San Telmo en medio de unas revistas del Gráfico. Se llama Big Sur y los naranjales del Bosco. Entre todos los incendios que han pasado por mi vida es lo único que se ha salvado. Es de Henry Miller. Hasta ese momento creí que Miller solo podía hablar de bacanales, hambre y orgías. No conocía lo que había después de esos relatos. Después de sus aventuras en París, que quedaron en los Trópicos de Cáncer y Capricornio y de su vida como trabajador del correo postal en Nueva York, que se lee en Sexus, Henry Miller se fue a vivir con su esposa y sus hijos a Big Sur. Era la Estados Unidos de la posguerra. Si existió alguna vez un lugar próspero era la Norteamérica de los años cincuenta. Él no creyó en eso y le dio la espalda a lo seguro. Quería vivir apartado del mundo, crear sus reglas, una cabaña sin electricidad ni acueducto, tan solo el cielo y el mar, un lugar donde sus hijos pudieran crecer siendo lo que eran: humanos. Y, a partir de Big Sur, pudo escribir algo parecido a sus memorias, el Henry Miller de sesenta años después de la tormenta.

En ese momento, ya había una pequeña comunidad de pintores, de escritores y de músicos. Vivían cerca de una gran cascada. Algunos escuchaban una suave melodía salir entre el humo que dejaba el choque del agua contra las piedras. Otros escuchaban gritos de alguien que se estuviera quemando. Era el infierno o el paraíso, dependiendo del alma de la persona. Miller, en su libro, cuenta la historia de un pintor que no pudo resistir los gritos de la cascada y decidió lanzarse a ella. Miller nunca escuchó otra cosa que no fuera música.

Estando en Big Sur, le explotó la fama al escritor. En Francia, sus libros, que alguna vez fueron considerados vulgar pornografía, se vendían como el Nescafé. Le llegó una vez una carta de su editor en París; había conseguido, en ganancias retroactivas, cuarenta mil dólares. El golpe lo ayudó, al menos moralmente. Estaba desesperado por su situación económica. El problema es que su editor, Maurice Girodias, no podía enviarle el dinero. En ese momento había leyes que impedían hacer ese tipo de transacciones. A Miller le recomendaron irse a vivir a Francia, comprar un castillo, le alcanzaba para lo que quisiera, pero el tiempo se fue alargando, su editor fue invirtiendo su dinero en apuestas de caballos y todo se fue al garete. Al final, Henry Miller no vio ni un dólar. Seguía pobre, pero estaba en Big Sur.

En el libro, cuenta con desdén cómo la mayoría de correspondencia que se recibía en esa comunidad era dirigida a él. La mayoría de las cosas no las necesitaba, así que se sentía culpable porque era el responsable de la totalidad de la basura que se acumulaba en el lugar. A veces la enterraba, otras veces la quemaba, siempre regalaba. Sin saberlo, Henry Miller y la comunidad de Big Sur, en los años cuarenta y cincuenta, fueron los iniciadores del hippismo. Siguieron la estela de Henry David Thoreau y su Walden: no necesitaban de la civilización ni de sus dioses, Big Sur era lo único que debía ser adorado.

Miller se fue de allí diez años después de haber llegado. Se fue a Grecia y vivió hasta los años setenta. Bueno, en Big Sur sigue viviendo; allí hay una pequeña biblioteca que lo honra. Por cierto, la belleza de Big Sur nunca se extinguió. Ojalá que las manos de los poderosos nunca la toquen.

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