Bajo Cauca en crisis: ocho días de paro minero y una fractura que persiste

1. RAÍCES Y MOTIVACIONES DEL PARO MINERO

Foto 1 Bloqueo en la rotonda del municipio de Caucasia. Fotografía tomada por el Enlace Territorial de la Fundación Paz y Reconciliación.

La movilización iniciada el 16 de marzo de 2026, que según el alcalde de Caucasia, Johan Montes, reúne a por lo menos 8.000 mineros, no es un hecho aislado. Responde a una crisis estructural de gobernanza y a un deterioro progresivo de la confianza entre el Estado y el sector minero en el Bajo Cauca, el sur de Córdoba y Valdivia.

De acuerdo con el pliego de peticiones de la Mesa Minera regional, el conflicto actual tiene como punto de inflexión el incumplimiento sistemático del acuerdo firmado el 25 de octubre de 2024, denominado “Acuerdo por la formalización y la regularización minera de pequeña y mediana escala”. Este instrumento buscaba, en su momento, desactivar la protesta minera de ese año mediante la construcción de una hoja de ruta concertada entre el Gobierno Nacional, las autoridades locales y la Coordinadora Nacional Minera.

El acuerdo proponía una estrategia diferencial para distinguir la minería con vocación de legalidad de la extracción ilícita, al tiempo que buscaba garantizar el derecho al trabajo y la protección ambiental. Entre sus compromisos principales se incluían la creación de un protocolo de derechos humanos, la implementación de mecanismos de registro de mineros mediante visitas técnicas y códigos QR, el acceso a servicios financieros, la promoción de tecnologías limpias y el fortalecimiento del Distrito Agrominero y Pesquero. Asimismo, planteaba acciones para reducir la estigmatización del sector y habilitar canales de denuncia frente a irregularidades en los operativos de control.

Sin embargo, según los propios mineros, estos compromisos no se materializaron. Esta percepción de incumplimiento derivó en la solicitud de una reunión de seguimiento con el Gobierno Nacional, que terminó convirtiéndose en el punto de quiebre que desencadenó el actual paro. Dicho encuentro tuvo lugar el 13 de febrero de 2026, en Bogotá, donde el Gobierno asumió 16 nuevos compromisos con plazos que vencían entre el 16 de febrero y el 6 de marzo.

Entre estos compromisos se encontraban el diseño de una campaña contra la estigmatización del minero, la realización de talleres pedagógicos sobre el Distrito Agrominero y Pesquero, y la reactivación de estrategias de bancarización. También se acordó revisar denuncias por presuntos abusos de la fuerza pública, gestionar problemáticas ambientales con las autoridades ambientales regionales como la Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia – CORANTIOQUIA  y la Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y del San Jorge – CVS y retomar el proceso de formalización no para las 2487 unidades de producción minera (UPM) identificadas desde 2023 por la Gobernación de Antioquia sino para las 4.687 UPM caracterizadas por los mineros.

Adicionalmente, el Gobierno se comprometió a entregar información técnica sobre unidades en Valdivia, estructurar un plan de acción conjunto, desarrollar herramientas pedagógicas sobre conceptos técnicos del sector y mediar en conflictos sobre áreas tituladas. El paquete de medidas incluía, además, campañas de sensibilización dirigidas a la fuerza pública, la revisión del protocolo de derechos humanos en una reunión presencial en Caucasia y la implementación de un “laboratorio de innovación” orientado a buscar alternativas normativas que eviten la destrucción de maquinaria.

No obstante, la falta de implementación efectiva de estos compromisos —en particular de la denominada Estrategia de Diferenciación— ha consolidado en los territorios la percepción de una criminalización generalizada según comentan los mineros. Esta sensación se ha visto agravada por la continuidad de operativos que, según cifras del Ministerio de Defensa, han resultado en la destrucción de 607 máquinas y la incautación de 28 más hasta el 13 de febrero de 2026.

En este contexto, el paro completa ocho días de movilización, intensificados tras las confrontaciones registradas el 23 de marzo con la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden (UNDMO), lo que ha reforzado la idea de que la protesta podría extenderse de manera indefinida tal y como anuncio la Mesa Minera.

En términos generales, los mineros señalan una tensión no resuelta entre las realidades territoriales y el marco normativo vigente, así como fallas operativas en la implementación de los acuerdos previamente suscritos. En particular, identifican tres problemas estructurales que explican la actual protesta:

  • Inoperatividad de los mecanismos de identificación: los códigos QR diseñados para registrar las unidades en proceso de formalización no funcionan adecuadamente ni son reconocidos por las autoridades en terreno.
  • Subregistro en el censo minero: existe una brecha significativa entre el registro oficial (2.487 UPM) y la caracterización territorial (4.687 UPM), lo que deja a más de 2.200 unidades en un limbo jurídico y expuestas a operativos de la fuerza pública.
  • Aplicación del Decreto 1035 de 2024: esta norma permite la destrucción de maquinaria en ausencia de título minero, desconociendo procesos de formalización en curso, lo que es percibido por los mineros como una medida desproporcionada.

2. CRONOLOGÍA DE LA MOVILIZACIÓN (16–23 DE MARZO DE 2026)

Durante los primeros ocho días del paro minero en Antioquia, la movilización se ha caracterizado por bloqueos intermitentes en los principales corredores viales que conectan el interior del departamento con la costa Caribe. Esta situación, según la Federación Colombiana de Transportadores de Carga, ha generado sobrecostos operativos significativos, pérdidas económicas acumuladas y un aumento en los riesgos de seguridad para los conductores.

A diferencia de paros anteriores, la actual protesta no ha alcanzado los mismos niveles de violencia generalizada. Sin embargo, sí se han registrado hechos puntuales que evidencian una escalada progresiva de tensiones, entre ellos la quema de una embarcación de la empresa Mineros S.A., la destrucción de infraestructura pública, agresiones a conductores y ataques a bienes civiles.

A continuación, se presenta una reconstrucción cronológica de los principales hitos y hechos registrados:

La intervención de la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden (UNDMO) el 23 de marzo marcó un punto de inflexión en la dinámica del paro. A partir de este momento se intensificaron los hechos violentos, incluyendo la quema de dos vehículos de carga, agresiones a medios de transporte y el saqueo a una cadena de supermercados, lo que elevó el nivel de conflictividad en la subregión.

Este episodio también evidenció una fractura en los avances logrados en la mesa de diálogo. Según los mineros, la intervención de la fuerza pública, promovida por autoridades locales y departamentales, constituyó un incumplimiento de los acuerdos parciales alcanzados entre el 19 y el 21 de marzo. Desde su perspectiva, este hecho reafirma la falta de garantías por parte del Gobierno Nacional y profundiza la desconfianza que sustenta la movilización.

Narrativas en disputa: seguridad vs. subsistencia

El conflicto minero en el Bajo Cauca no solo se expresa en bloqueos, movilizaciones o mesas de diálogo fallidas; también revela una profunda divergencia de enfoques sobre la naturaleza misma del problema.

Por un lado, el Gobierno nacional interpreta la movilización como una protesta sin fundamento suficiente, al considerar que los compromisos adquiridos con los pequeños y medianos mineros han sido, en buena medida, cumplidos. Desde esta perspectiva, el eje central de la intervención estatal no es la persecución de la minería en sí misma, sino el combate a los delitos ambientales y a las economías ilícitas asociadas.

En esa línea, el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, ha señalado que, aunque miles de mineros han manifestado interés en formalizarse, el avance real en estos procesos ha sido limitado: de más de 3.000 unidades de producción minera que expresaron su intención, solo 26 habrían progresado efectivamente. Asimismo, el Gobierno ha insistido en que, conforme a la Circular 006 de 2025, no se adelantan acciones contra quienes se encuentren en procesos formales y cumplan con la normatividad vigente.

A esta lectura se suma un elemento estructural que complejiza aún más el análisis: la relación entre la actividad minera y los grupos armados organizados que operan en la subregión. De acuerdo con el Gobierno, estructuras como el Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las disidencias de las FARC-EP —incluyendo el Estado Mayor Central y el Estado Mayor de Bloques y Frentes— no solo ejercen control territorial, sino que participan activamente en las economías mineras. Según esta interpretación, estos grupos no se limitan a cobrar extorsiones o “impuestos” a los mineros a cambio de permitir la operación o brindar seguridad, sino que también tendrían injerencia directa en la propiedad y operación de maquinaria y unidades de producción minera. Esta lectura refuerza la postura estatal de priorizar acciones de control y seguridad, al considerar que una parte de la actividad minera estaría funcionalmente integrada a economías ilícitas y dinámicas del conflicto armado.

Bajo este enfoque, la destrucción de más de 607 maquinarias no se presenta como una medida indiscriminada, sino como una acción dirigida contra operaciones que no cumplen los requisitos legales o que, según las autoridades, estarían vinculadas a estas estructuras. A esto se suma la postura de los gobiernos departamental y local, que han enfatizado la imposibilidad de permitir bloqueos prolongados de vías estratégicas, solicitando el acompañamiento de la fuerza pública para garantizar la movilidad y el orden público.

En contraste, la Mesa Minera plantea una lectura radicalmente distinta del conflicto. Desde su perspectiva, la minería tradicional no solo es una actividad económica, sino el eje estructurante de la vida en la subregión, representando —según sus estimaciones— el 96,5 % de la economía local. En este sentido, la movilización no se concibe como una acción de presión coyuntural, sino como una lucha por la subsistencia de un modelo productivo histórico frente a políticas que perciben como excluyentes y represivas.

Los mineros cuestionan, además, la forma en que el Estado define la legalidad en el sector. Sostienen que el uso de maquinaria como retroexcavadoras y dragas (dragones) no debe interpretarse automáticamente como un indicador de ilegalidad, sino como parte de la evolución tecnológica de la pequeña y mediana minería. Desde esta perspectiva, restringir o destruir este tipo de equipos equivale, en la práctica, a desmantelar las condiciones materiales que hacen posible su actividad económica.

En el fondo, lo que emerge es una tensión no resuelta entre dos lógicas: una centrada en la seguridad, la legalidad y el control territorial; y otra anclada en la subsistencia, la economía local y el reconocimiento de prácticas productivas históricas. La incapacidad de conciliar estas visiones sigue siendo uno de los principales factores que alimenta la persistencia y el escalamiento del conflicto.

 

3. IMPACTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS: PARÁLISIS REGIONAL

Foto 4 Saqueo a una tienda D1, ubicada en la entrada del barrio Asovivienda, en Caucasia. Fotografías tomadas de videos difundidos en redes sociales.

El paro minero ha desencadenado una progresiva parálisis regional que desborda la dimensión económica y comienza a erosionar condiciones fundamentales de bienestar, salud pública y funcionamiento institucional en el Bajo Cauca. Lo que inicialmente se expresó como una afectación a la movilidad y al comercio, hoy se configura como una crisis multidimensional que impacta de manera directa la vida cotidiana de la población, tensiona los servicios básicos y reduce la capacidad de respuesta de las autoridades locales frente a contingencias simultáneas.

Desabastecimiento y riesgo sanitario

En este contexto, el desabastecimiento de alimentos y bienes esenciales se ha ido consolidando de manera gradual, con efectos más visibles en el municipio de Caucasia. Sin embargo, el riesgo más crítico se ubica en el ámbito sanitario. La suspensión del servicio de recolección de residuos por parte de Futuroaseo S.A.S. E.S.P., como consecuencia de los bloqueos en el sector de Campo Alegre, ha impedido el acceso al relleno sanitario, generando acumulación prolongada de desechos en zonas urbanas. Esta situación no solo deteriora el entorno ambiental, sino que incrementa significativamente la probabilidad de brotes epidemiológicos, la proliferación de vectores y el agravamiento de condiciones de insalubridad, especialmente en sectores con mayor vulnerabilidad social.

Afectación al sistema educativo

De manera paralela, el sistema educativo enfrenta una afectación sostenida que compromete su continuidad y calidad. El cierre de actividades presenciales en el campus de la Universidad de Antioquia en Caucasia, sumado al incremento del ausentismo en instituciones de educación básica y media, evidencia cómo la crisis trasciende el ámbito económico para impactar procesos formativos clave. Este escenario profundiza riesgos estructurales como la deserción escolar, el rezago educativo y la ampliación de brechas en una subregión que ya enfrenta limitaciones históricas en el acceso a la educación.

Bloqueo logístico y desconexión regional

A su vez, el bloqueo de corredores estratégicos ha generado una desconexión territorial que afecta tanto la dinámica regional como los flujos nacionales de bienes y servicios. La interrupción de vías clave ha limitado el transporte de combustible, alimentos, insumos médicos y mercancías, elevando los costos logísticos, restringiendo el abastecimiento y debilitando la actividad económica en múltiples sectores. Puntos neurálgicos como la rotonda de Caucasia, la vía hacia Zaragoza, el puente La Libertad en El Bagre y el sector de Campo Alegre en la Ruta al Mar se han convertido en focos de presión territorial que, en conjunto, configuran un escenario de aislamiento relativo de la subregión.

En suma, los impactos del paro minero no pueden entenderse únicamente como efectos colaterales de una protesta sectorial. Se trata de una presión estructural sobre el funcionamiento del territorio, en la que confluyen afectaciones a la salud pública, la educación, la economía y la gobernabilidad, configurando un escenario de creciente fragilidad institucional para una de las subregiones más frágiles del departamento de Antioquia.

 

 

Foto 5 Primer espacio de diálogo entre el Gobierno Nacional y la Mesa Minera, realizado en el auditorio de la sede regional Bajo Cauca de la Defensoría del Pueblo, en Caucasia. Fotografía tomada de la página oficial de Facebook de la Alcaldía de Caucasia.

La dinámica de negociación entre el Gobierno Nacional y la Mesa Minera entró en una fase crítica el 21 de marzo, tras tres días de diálogos iniciados el 19 de marzo. Este quiebre no responde a un único factor, sino a la convergencia de múltiples tensiones acumuladas: la intervención de la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden (UNDMO) el 23 de marzo, la limitada capacidad de decisión de los delegados gubernamentales en el territorio y la exigencia de levantar los bloqueos como condición previa para avanzar en acuerdos sustantivos. Estos elementos, lejos de destrabar la negociación, profundizaron la desconfianza y redujeron los incentivos para mantener abiertos los canales de diálogo.

A esto se suma una diferencia clara de prioridades entre las partes. Mientras el Gobierno se enfoca en reabrir las vías y garantizar la operación de grandes empresas como Mineros S.A. y Cerro Matoso, la Mesa Minera exige decisiones inmediatas y concretas que respondan a las necesidades del pequeño y mediano minero. Esta diferencia no solo dificulta los acuerdos, sino que también refuerza la percepción de trato desigual dentro del sector.

En este contexto, se perfilan dos escenarios posibles para la evolución del conflicto. El primero corresponde a una escalada progresiva, en la que la continuidad de operativos de destrucción de maquinaria, sumada a la presencia de la fuerza pública en puntos críticos, podría intensificar las acciones de hecho por parte de los manifestantes, incluyendo vandalismo, bloqueos más prolongados y enfrentamientos directos. Este escenario implicaría una expansión de la conflictividad hacia zonas estratégicas como la cuenca del río Nechí, así como un aumento de la violencia en los cascos urbanos de municipios como Caucasia y El Bagre, y en corredores clave como la Troncal de Occidente entre Caucasia, Tarazá y Puerto Valdivia.

El segundo escenario es una salida negociada, pero depende de recuperar la confianza entre las partes. Para que sea posible, se necesitaría suspender la destrucción de maquinaria para quienes están en proceso de formalización y contar con una delegación del Gobierno con poder real de decisión en el territorio. Sin embargo, este escenario es poco viable en el corto plazo, especialmente después de los hechos del 23 de marzo, que deterioraron el diálogo y aumentaron la desconfianza. Además, la Mesa Minera ha denunciado presuntos hostigamientos por parte de la fuerza pública, lo que incluso ha llevado al retiro de sus integrantes de sus espacios de concentración.

En este marco, las condiciones planteadas para el levantamiento del paro reflejan no solo demandas puntuales, sino la necesidad de establecer garantías mínimas que permitan reequilibrar la relación entre el Estado y el sector minero. La no judicialización de los voceros, el cese de la destrucción de maquinaria y la implementación de protocolos de derechos humanos con veeduría civil constituyen, más que exigencias aisladas, elementos clave para reconstruir un entorno de confianza y viabilidad institucional.

CONCLUSIÓN

El paro minero en el Bajo Cauca no puede ser entendido únicamente como una alteración del orden público; es la expresión visible de una fractura estructural entre el Estado y las economías locales de una subregión históricamente marginada. La acumulación de acuerdos incumplidos, en un conflicto que se arrastra por décadas, sumada a respuestas centradas en el control y la seguridad, ha erosionado de manera sostenida la confianza y ha limitado las posibilidades de una solución dialogada y sostenible.

En el momento actual, el territorio enfrenta un escenario de riesgo acumulado que trasciende la movilidad o el abastecimiento, y que comienza a comprometer la estabilidad social, la salud pública y la gobernabilidad. La prolongación del conflicto bajo estas condiciones no solo incrementa la probabilidad de escalamiento violento, sino que abre espacios para una mayor injerencia de grupos armados organizados en la regulación de la economía minera y del orden territorial.

El llamado es, por tanto, urgente y estratégico. Sin decisiones oportunas, vinculantes y con capacidad real de implementación en el territorio, el conflicto tenderá a profundizarse. Reconstruir la confianza no pasa únicamente por nuevos compromisos, sino por acciones coherentes, sostenidas y verificables que logren articular la legalidad con las realidades sociales y económicas del Bajo Cauca. De no hacerlo, el costo de esta crisis no será solo institucional, sino profundamente humano y territorial, perpetuando la paradoja de una de las regiones más ricas en recursos, pero históricamente más rezagadas y vulnerables del país. Así, se seguirán reproduciendo los ciclos de exclusión y violencia estructural que han marcado su historia.

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