Las dictaduras y las competencias deportivas son un coctel explosivo que legitima barbaridades y atrocidades. El Tercer Reich, por ejemplo, organizó, en 1936, una olimpiada en Berlín que explotó la imagen del régimen, e incluso, una de las películas más exitosas de todos los tiempos, el documental Olimpia, dirigido por Leni Riefenstahl, la gran cineasta de Hitler.
En ese mismo sentido, la junta militar que dirigía con puño de hierro a la Argentina decidió hacer el mejor mundial de todos los tiempos. Así al menos lo decían. Fueron 700 millones de dólares gastados para hacer un evento que duró menos de un mes.
Hay un hecho que se convirtió en mito para la literatura. El mismo día que Argentina debutó contra Francia en el mundial, a la misma hora y en la misma ciudad: Buenos Aires, Jorge Luis Borges dictó una conferencia sobre uno de los temas que lo obsesionaban: La inmortalidad. Muchos afirman que esto demostró, para siempre, el desprecio que sentía por el fútbol. La verdad es que esto era una resistencia contra la dictadura.
El 1 de junio de 1978 todo el planeta se paralizó. Argentina inauguraba su mundial. La junta militar, liderada por Jorge Rafael Videla, estaba en el palco y, adustos, presentaban su evento. El partido inaugural era Polonia y Alemania, un pálido 0-0. Pero habían llegado periodistas de diferentes países que estaban interesados en rastrear la verdad sobre los desmanes de la dictadura. Por eso, el periodista Jan Van der Putten tuvo instinto. En vez de ver la inauguración del evento se fue a las calles de Buenos Aires. Allí, frente a la Casa Rosada, en la Plaza de Mayo, vio que se aglomeraban una serie de mujeres que tenían algo en común: un pañuelo en la cabeza. El periodista se acercó al grupo, un oficinista, que a esa hora buscaba un sándwich de almuerzo, afirmó lo siguiente: “Esas son las locas de la Plaza de Mayo”. Así pensaban que eran estas mujeres, pero Van del Putten se acercó al grupo y descubrió que lo que pedían estas mujeres era recuperar a sus hijos, a sus hijas, muchas de ellas estaban embarazadas y tuvieron a sus hijos en las cárceles de la dictadura y la infamia.
Una de esas mujeres se llamaba Azucena Villaflor y se había cansado de que Videla y su gente no le dieran razón por sus hijos. Por eso, la mejor forma de presionar fue esta, la de salir a la calle, dar la cara, que las vieran, que se transformara su grito en un himno mundial. El periodista holandés fue el primero que cubrió esta noticia, pero, cuando los demás corresponsales europeos supieron de las manifestaciones y que se harían cada jueves, se apostaron allí para cubrir la noticia. Fue un impacto global y así pudimos conocer a Nora Cortiñas, Hebe de Bonafine y Mirta Baravalle.
En una entrevista a la televisión francesa quedó consignadas esta conversación:
Madre: —Hace dos años que estamos así. No quiero un hijo solo, no quiero que aparezca solo mi hijo. Queremos que aparezcan todos.
Periodista extranjero: —¿Cuántos son?
Madre: —¡Miles! Miles en todo el país.
Otra Madre: —Nosotras queremos saber dónde están nuestros hijos. Vivos o muertos. Dicen que los argentinos que están en el exterior dan una imagen falsa del país. Nosotras que somos argentinas, que vivimos en Argentina, le podemos asegurar que hay miles y miles de hogares sufriendo mucho dolor, mucha angustia, mucha desesperación y tristeza. Porque no nos dicen dónde están nuestros hijos, no sabemos nada de ellos. Nos han quitado lo más preciado. Angustia porque no sabemos si están enfermos, si tienen hambre, si tienen frío. Y desesperación porque no sabemos a quién recurrir. Por eso les rogamos a ustedes. Son nuestra última esperanza. Por favor. ¡Ayúdennos! ¡Ayúdennos, por favor!
Su movimiento fue vital para que en 1985 se enjuiciara a toda la junta militar, su tarea no termina porque las hoy abuelas de la Plaza de Maya están buscando a sus nietos. Una vida entera dada al espíritu de la reparación, de la búsqueda, de evitar el olvido.



