Una crónica especial de Laura Bonilla desde São Paulo
Brasil se juega hoy mucho más que el futuro de los brasileros. El sábado 3 de octubre, día previo a las elecciones, la marcha de apoyo a la campaña de Lula y los diputados del PT fue multitudinaria. La avenida Paulista, una de las más representativas de la ciudad, era literalmente un río rojo lleno de música, banderas y consignas. Las más llamativas llamaban a una reforma política radical, a evitar el uso de la IA, a respaldar al actual gobierno por la prohibición de las plataformas de apuestas –BET– y a la diversidad. Muchas otras clamaban por un Brasil para los brasileros.
En la ciudad de São Paulo no hubo manifestaciones similares en las calles para los votantes de Flávio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro, quien hoy paga una condena de 27 años en prisión por promover el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023, cuando miles de bolsonaristas invadieron y destruyeron las sedes del Congreso, el Planalto y el Supremo en Brasilia. Bolsonaro estaba en Estados Unidos ese día, pero la sentencia lo consideró líder de la organización. La fuerza bolsonarista se juega las elecciones en las autopistas digitales mayoritariamente.
En un Brasil donde la conexión a internet por dispositivos móviles es una de las más amplias de América Latina, la propaganda electoral, el uso de la IA y la guerra de narrativas digitales no es una excepción. Casi que en la región se ha convertido en exclusividad de las campañas de lo que muchos llaman las “nuevas derechas”, caracterizadas por un discurso extremo anti-Estado, promesas de relajamiento de barreras judiciales y constitucionales tanto para detenciones como para bajas o incluso para ejecuciones de quien se presuma delincuente, una identidad de guerra total contra distintos enemigos, y un conservadurismo que le da a la derecha una ventaja de 2 a 1 en el voto evangélico más confrontativo. Liberalismo económico, relación única con los Estados Unidos, conservadurismo educativo y social y guerra contra la delincuencia, aderezada con resentimientos profundos de las clases más pudientes frente a las políticas redistributivas del PT. La narrativa incluye también el miedo al comunismo y recientemente la movilización de los apostadores deportivos online.
Dos temas son determinantes en las elecciones de hoy. La inseguridad y el crecimiento de la preocupación en América Latina por el crimen organizado han sido una tara histórica de los movimientos de izquierda, que no han encontrado la manera de convencer al electorado de que seguridad no implica violación sistemática de los DD. HH. El segundo es la salud pública, que figura entre las principales preocupaciones del electorado brasileño porque para la mayoría el Sistema Único de Salud (SUS) es la única puerta de acceso a la atención médica. El malestar se concentra en las filas para especialistas, que alcanzaron una espera media de 57 días en 2024, por encima de la registrada durante la pandemia, y en la falta de médicos y medicamentos, efecto de un subfinanciamiento histórico. La preocupación tiene además un sesgo social claro, pues es mayor entre las familias que ganan hasta un salario mínimo, las mujeres y los mayores de 60 años, el mismo electorado que sostiene a Lula, lo que convierte el tema en una oportunidad y a la vez en un riesgo para un gobierno que avanza, pero no ha logrado reducir un problema estructural a niveles aceptables para la ciudadanía. Aun así, las propuestas de Bolsonaro en la materia se reducen a incluir más prestación privada, lo que también genera dudas y miedos en la población más vulnerable.
Las narrativas y los talones de Aquiles en disputa
Pero en lo que puede llamarse una nueva política latinoamericana, las elecciones giran alrededor de narrativas e historias más que de propuestas. Al igual que en Colombia, los debates en Brasil fueron los grandes ausentes, reemplazados por la publicidad digital y por los discursos controlados.
Del lado de las derechas, las campañas se han centrado en el voto anti-PT, alineándolo con una amenaza comunista promovida en todos los países. El recurso fácil sigue siendo los casos venezolano y nicaragüense, con alguna mención a la crisis económica de Argentina. Situación nada sencilla de remontar en países donde el principal miedo de las clases medias frágiles es llegar a ser pobres. El segundo componente es la corrupción, menos presente en estas elecciones, pero igualmente amplio en el voto de rechazo al candidato Lula da Silva, quien pese a la declaratoria de inocencia sigue cargando el peso del escándalo de Lava Jato. Esta narrativa y su extensión a través de redes sociales, plataformas deportivas y grupos de WhatsApp es el talón de Aquiles de la izquierda brasilera.
Por su parte, en la campaña de Lula y su Partido de los Trabajadores (PT), el discurso se ha centrado de manera inteligente menos en la figura de Flávio Bolsonaro que en los riesgos de un Brasil sumado al club de la doctrina del presidente norteamericano Donald Trump, conocida como doctrina Donroe. Se escucha constantemente en las calles la preocupación por el castigo de los aranceles y el miedo a que un gobierno de Bolsonaro devuelva a Brasil a momentos de gran carestía al reducir el comercio con China y, por esa vía, aumentar costos. Nadie confía hoy en que una mera amistad con Donald Trump reduzca los aranceles para los brasileros, cuyo principal socio comercial es el gigante asiático. Asimismo, es notoria la indignación con la intervención de los Estados Unidos, las miles de granjas de bots y la entrada directa de Meta –dueña de Instagram, WhatsApp y Facebook– para bloquear a Lula de las avenidas online.
Un porcentaje de la población que anteriormente se declaraba como voto independiente apoyará a Lula como consecuencia de la intromisión de los Estados Unidos y de la posibilidad de que estos presionen al alza los precios de la canasta familiar al forzar una salida de los mercados chinos.
Mientras Bolsonaro se juega la carta de la seguridad, Lula se juega la del bolsillo. El desempleo cerró 2025 en 5,4%, el nivel más bajo en catorce años, la pobreza extrema bajó a 4,4% y la FAO sacó al país del Mapa del Hambre, y el gobierno lo tradujo en medidas visibles como la exención del impuesto de renta para salarios de hasta 5.000 reales, el programa Gás do Povo y una subida del Bolsa Família. La exención del impuesto es su proyecto bandera. El programa promete mantener el marco fiscal y ampliar Bolsa Família, frente a Flávio, que se compromete a mantener los programas sociales pero orientados a capacitar a los beneficiarios para entrar al mercado laboral, la fórmula más fallida en América Latina para superar la pobreza.
Bolsonaro leyó el apoyo de Donald Trump como una ventaja, pero puede ser también su gran talón de Aquiles. En 2025, EE. UU. impuso aranceles del 50% a productos brasileños, alegando entre otros motivos el juicio contra Jair Bolsonaro. Lula acusa a la familia Bolsonaro de haber colaborado con Washington y ha llamado a Flávio y a Eduardo “traidores da pátria”. En la ONU, el 22 de septiembre, denunció el uso de aranceles como instrumento de coerción. No es el único talón de Aquiles de Bolsonaro.
Flávio Bolsonaro enfrenta el techo de su propio apellido. Si bien el bolsonarismo le garantiza un piso alto y muy fiel, también genera un rechazo intenso que limita su crecimiento hacia el centro. Ya en enero, 46% decía temer más la vuelta de la familia Bolsonaro al poder, frente a 40% que temía más la continuidad de Lula. Y en la derecha no bolsonarista, que es el electorado que necesita para ganar, cerca de un tercio prefiere no votar por ninguno de los dos. Sobre ese mismo problema de fondo está la promesa de retar la separación de poderes y a los jueces para lograr la amnistía de su propio padre. Una nueva crisis con el Supremo Tribunal Federal espanta a todos los centristas brasileros y les recuerda el fatídico 8 de enero.
Adicional a lo anterior, la anticorrupción no ha podido ser bandera de campaña del candidato Bolsonaro, dado que él mismo arrastra el caso de las “rachadinhas” de su época de diputado estatal en Río y ahora la investigación sobre la película de su padre. Este es el mayor escándalo reciente, dado que el quebrado Banco Master financió la película sobre Jair Bolsonaro y Flávio ha tenido una relación cercana con Daniel Vorcaro. Vorcaro es el ex dueño del Banco Master, una entidad que creció de forma explosiva entre 2019 y 2024 y fue liquidada por el Banco Central en noviembre de 2025 en medio de acusaciones de fraude y lavado. Vorcaro fue detenido por la Policía Federal el 17 de noviembre de 2025. Antes de la quiebra, el banco estatal de Brasilia (BRB) intentó comprarlo y, según el Ministerio Público, inyectó cerca de R$16.700 millones en el Master entre 2024 y 2025, de los cuales al menos R$12.200 millones correspondían a operaciones sin respaldo alguno.
En el pasado, tampoco Flávio Bolsonaro tuvo una trayectoria brillante. En 2003 y 2005, como diputado estatal en Río, homenajeó en la Asamblea Legislativa a Adriano da Nóbrega, ex capitán del BOPE señalado como jefe del grupo miliciano Escritório do Crime, y empleó en su gabinete a la madre y a la esposa de Nóbrega. Nóbrega murió en un operativo policial en Bahía en 2020. Para los lectores colombianos, las milicias son grupos parapoliciales que hoy son ilegales, acusados de miles de crímenes, y un problema de control territorial que avergüenza a la propia familia Bolsonaro.
158 millones de brasileros definen el futuro de la región
Brasil tiene la tercera parte de la economía de toda América Latina, una voz en el G20 y hace parte de los BRICS. A tres horas de cerrar las urnas, me temo que ningún pronóstico es enteramente acertado. Tal vez son las elecciones finales más determinantes de este ciclo electoral en la región, dado que se decide si se elimina el último contrapeso a los planes del presidente Donald Trump, y por supuesto transformarán la política, la economía y el poder armado, legal e ilegal, a lo largo y ancho del continente.
Contrario a lo que ocurre en Colombia en un día electoral, a esta hora las calles de São Paulo, ayer alegres y llenas de fanfarrias y fiestas, están hoy en una especie de silencio expectante. No es para menos. Pocas veces el futuro de 670 millones reposa en las manos de 158. Brasil en nuestro corazón.



