Fue muy bonito y también fue muy triste. Fue meterse en un pozo depresivo saber que la lucha contra la enfermedad había concluido, y en medio de un sofocante trancón en la carrera treinta, encerrado en un diminuto taxi Spark, metido entre dos tractomulas cuyo humo parecía la amenaza de un dragón, saber que Piero había muerto. Mi primer concierto, a los 16 años, fue con Piero. No recuerdo la actividad, pero se cerró una de las calles principales de Cúcuta y se presentó un artista que en ese momento estaba muy en boga por la difusión de unos CD, que distribuía la revista Semana, llamados Todas las voces todas. Una canción en particular con Mercedes Sosa, Soy pan, soy paz, soy más, estaba muy pegada en ese momento. Soy tan viejo que en mi época las canciones de Mercedes Sosa pegaban. Y las de Piero también. Por ese entonces no llegaba nada a Cúcuta que no fuera violencia. Los paramilitares empezaban a pastar en los alrededores del Catatumbo. Fueron los años en los que Mancuso se sentó con el Iguano para formar en un prostíbulo el Bloque Fronteras.
Pero creíamos todavía, porque éramos muy jóvenes, que el bien prosperaría. Para eso están las canciones de Piero, para resistir no precisamente a un gobierno o un modelo, sino un estado mental. Y Piero siempre estuvo ahí. No tuvo que hacer mucho para estar ahí. Ya estaban sus himnos. Los niños lo conocían por Sinfonía inconclusa de la mar y los niños nos volvimos grandes. Ya grandes teníamos a Tengo la piel cansada, Llegando llegaste, Los americanos, la lista es tan grande. Cada canción con su respectivo recuerdo.
La última vez que hablé con Piero fue en pandemia. Gracias a Maureen Maya pude tener una conversación que para mí fue inolvidable. Le pregunté torpemente si él había vivido en Colombia. Fue un lapsus, por un momento mezclé la vida de otro argentino, Leonardo Favio, quien sí había vivido en Pereira, con la de él. Y Piero, tan tierno, dice “Nunca viví en Colombia, pero soy colombiano” y lo decía no sólo porque fue nacionalizado, sino porque lo sentía así. Muchos amigos, muchos conciertos, mucha ayuda. Piero fue siempre un puente entre la gente que no creía en una salida negociada al conflicto y los que le apostaban todo a la paz. En las negociaciones con grupos armados siempre fue una voz amiga y dio todo lo que tenía para que en Colombia los fusiles se silenciaran.
Fue lindo, en medio de la claustrofobia del Spark, ver cómo la mayoría de contactos en redes sacaban una foto, una conversación con Piero. Siempre fue fácil, un amigo que estuvo ahí, un monje que aceptó cuál era ser su legado, ser pan, ser paz, ser más para todo el que lo necesitara. También empecé a ver que muchos colombianos, sobre todo los más jóvenes, preguntaban con desdén quién era Piero. La soberbia juvenil siempre ha existido y los viejos debemos callar y aceptar que existen brechas generacionales y que pueden tener razón. Después creí que podría ser una falta de respeto y me callé hasta que me vi obligado, por el dolor, la alegría y la indignación, a escribir este artículo. No es condición del joven no tener empatía, o sentirse orgulloso de la ignorancia. Ser joven no es una excusa para ser un idiota. Esa fue mi primera reacción, pero en la segunda, ya más reposada, pude ver que los comentarios los hacía también gente de mi edad, apenas 35 años más joven que Piero, y vi a muchísimos muchachos lamentar su partida, entenderla. No, no es una cuestión de juventud, de inexperiencia, es una cuestión de empatía y humanidad.
Dos virtudes que siempre tuvo Piero. En medio del trancón sucumbí a lo único que se debe sentir en ese momento, una tristeza infinita. “Piero nunca más será”, pensé.



