Andrés Caicedo no necesita que lo salven

El nuevo director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez, utilizó los canales oficiales para hacer una lectura de Andrés Caicedo en la que su rebeldía, su rechazo a las normas, sus adiciones y su muerte terminan girando alrededor de una idea: el peligro de convertir la autodestrucción en heroísmo. Vélez pide dejar de “aplaudir el abismo”. Y por ese camino puede llegar también a José Asunció Silva, a José María Vargas Vila, a Porfirio Barba Jacob, a Raúl Gómez Jattín, a Dario Lemos y a muchos más.

Andrés Caicedo murió a los 25 años y, sin embargo, se niega a morir y también a envejecer. Tal vez porque escribió desde ese lugar donde la literatura deja de comportarse bien. Escribió la ciudad, la noche, la música, el cine, el deseo, la velocidad, el tedio, la juventud y esa sensación feroz de que el mundo adulto había construido unas reglas en las que algunos jóvenes simplemente no querían vivir. No escribió para tranquilizar a nadie. Jamás para convertirse, cincuenta años después, en una lección de buena conducta.

Desgracia mayor que esto se haga desde el Caro y Cuervo, una institución pública dedicada a investigar las palabras. El Instituto Caro y Cuervo no es una entidad cultural más. Durante más de ocho décadas ha estudiado nuestra lengua, nuestras literaturas, nuestras formas de hablar y la diversidad lingüística de un país que muchas veces ha tenido dificultades para reconocerse en todas sus voces. Su trabajo sobre el español de Colombia, la lexicografía, la literatura y las lenguas indígenas forma parte de un patrimonio intelectual extraordinario. Pocos países pueden darse el lujo de tener una institución que dedique tiempo, conocimiento y recursos públicos a algo aparentemente tan sencillo y, en realidad, tan decisivo: entender cómo hablamos para comprender quiénes somos. Por eso importa tanto lo que está ocurriendo allí.

Caicedo fue incómodo precisamente porque se negó a mirar el mundo desde el lugar correcto. En ¡Que viva la música! Cali no aparece como postal sino como vértigo: se escucha, se baila, se atraviesa de norte a sur mientras cambian la música, los cuerpos, las clases sociales y los códigos de una generación. En sus cuentos aparecen jóvenes que no encuentran refugio en las instituciones que deberían ordenarles la vida. Y en su relación obsesiva con el cine hay también una manera distinta de entender la cultura: no como monumento inmóvil, sino como experiencia urgente.

Reducir toda esa complejidad a una moraleja sobre los peligros de la rebeldía es hacer precisamente aquello contra lo que la buena literatura se levanta: cerrar una pregunta demasiado pronto.

Y hay algo más delicado. La muerte de Caicedo no puede utilizarse retrospectivamente para demostrar una tesis moral sobre su vida. El suicidio es un fenómeno profundamente complejo. Ordenar sus posibles causas en una arbitraria secuencia de rebeldía, drogas, rechazo de las normas y autodestrucción, no solo simplifica una tragedia humana, también empobrece la lectura de su obra.

Pero la discusión de fondo no es si Sergio Esteban Vélez tiene derecho a pensar así. Por supuesto que lo tiene. Puede cuestionar el mito de Caicedo, discutir el nadaísmo, reivindicar la tradición hispánica o polemizar con aquello que denomina “agenda woke”. La libertad intelectual también protege las ideas que nos confrontan. El problema comienza cuando la opinión del director empieza a confundirse con la voz de la institución.

Porque, precisamente, la grandeza del Caro y Cuervo consiste en lo contrario: investigar antes que sentenciar. Hay que preguntar antes que aleccionar. Poner una palabra al lado de otra, rastrear su historia, descubrir quién la pronuncia, desde qué territorio, en qué lengua y con qué memoria. Un instituto de investigación no está hecho para tener la última palabra. Está hecho para impedir que la última palabra exista. Esa es la enorme responsabilidad de dirigirlo.

El Caro y Cuervo no es una cuenta personal de redes sociales ni una oficina de comunicaciones del gobierno de turno. Es una institución construida durante generaciones. Una institución de esa naturaleza no debería decirnos cómo leer a Andrés Caicedo. Debería darnos las herramientas para discutirlo, contradecirlo, investigarlo y volver a leerlo.

Y esto importa especialmente porque no estamos frente a una declaración aislada. Antes de asumir el cargo, Vélez calificó al Instituto como un “fortín del marxismo cultural” y cuestionó publicaciones que vinculó con una “agenda woke”. Después llegaron sus intervenciones sobre Gonzalo Arango y Caicedo. Más de cien egresados han expresado públicamente su preocupación por el uso de los canales institucionales para difundir posiciones personales. Por eso la pregunta ya no es solamente qué piensa el nuevo director. La pregunta es qué piensa hacer con la institución que ahora dirige.

No afirmo que el Caro y Cuervo se haya convertido en un aparato de adoctrinamiento. No tenemos elementos para decirlo. Pero las instituciones también empiezan a transformarse a través del lenguaje. Primero cambia la manera de nombrar. Después puede cambiar aquello que se considera legítimo investigar, publicar, financiar o enseñar.

Y en una institución dedicada precisamente al lenguaje, las palabras nunca son inocentes.

Hay además una paradoja. Quienes dicen combatir la ideologización deberían ser los primeros interesados en preservar la pluralidad. Porque una institución no se desideologiza cambiándole de ideología. Si durante años existieron sesgos académicos, se corrigen con más rigor. Si algunas perspectivas dominaron la conversación, se responde con más voces. Si hubo autores olvidados, se investigan. Si una corriente intelectual fue excluida, se incorpora. La respuesta al dogma puede ser nunca otro dogma.

En el Caro y Cuervo tienen que caber la tradición hispánica y las lenguas indígenas; el canon y quienes lo cuestionan; la filología y los estudios culturales; García Márquez y Andrés Caicedo; Gonzalo Arango y quienes detestaron el nadaísmo. Deben caber nuestras palabras heredadas y aquellas que apenas estamos inventando. Porque Colombia no habla con una sola voz. Colombia es precisamente la conversación, muchas veces difícil, entre todas ellas.

Una institución académica no existe para resolver esas contradicciones. Existe para mantenerlas vivas. Tal vez por eso Caicedo siga incomodando cincuenta años después. Podemos discutir la fascinación que produjo su muerte prematura, cuestionar la romantización de sus excesos e incluso desmontar parte del mito construido alrededor suyo. Todo eso es legítimo. Lo que no deberíamos hacer es convertirlo en aquello que nunca quiso ser: una moraleja.

Los gobiernos pasan. Los ministros pasan. Los directores pasan. Las instituciones permanecen. Y Colombia tiene la enorme fortuna de que permanezca una institución dedicada a cuidar, investigar y discutir nuestras palabras. Defender al Caro y Cuervo no significa defender una determinada ideología. Significa defender el lugar donde todas ellas puedan ser interrogadas.

Andrés Caicedo no necesita que lo salvemos de sus excesos, de sus contradicciones ni de sí mismo. Tampoco necesita que lo convirtamos en héroe.

Su literatura cumple cincuenta años haciendo algo mucho más interesante: obligándonos a discutir. Caicedo no necesita que le digamos a los colombianos cómo leerlo. Necesitamos que el Caro y Cuervo siga siendo ese lugar extraordinario donde nadie tenga el poder de decidir cuál es la única lectura posible.

Noticias al Minuto

* Las opiniones, análisis, interpretaciones y posturas expresadas en los informes, artículos y contenidos publicados en este espacio son responsabilidad exclusiva de sus autores e investigadores.

La Fundación Paz y Reconciliación (PARES) no necesariamente comparte, adopta ni se compromete institucionalmente con dichas posiciones.

Estos contenidos se presentan en el marco del ejercicio de investigación, reflexión académica y debate público, con el propósito de aportar a la comprensión de las realidades sociales y políticas del país.

Picture of León Valencia Director

León Valencia Director

Director de la Fundación Pares, un centro de pensamiento especializado en investigaciones sobre los conflictos sociales y políticos colombianos. Ha sido columnista de la revista Semana y los diarios El Tiempo y El Colombiano. Dirigió la investigación académica sobre la parapolítica que condujo a uno de los mayores escándalos judiciales del país. Ha escrito diversos libros sobre la realidad nacional, entre los cuales están: «La parapolítica, la ruta de la expansión paramilitar y los acuerdos políticos; «Adiós a la política, bienvenida la guerra»; «Mis años de guerra»; «Con el pucho de la vida»; El regreso del uribismo; «Los clanes políticos que mandan en Colombia» y su más reciente novela «La sombra del presidente». Recibió el Premio Simón Bolívar de periodismo en 2008 en la modalidad “Mejor columna de opinión”.