La universidad del paramilitarismo existió en el Magdalena Medio

Los setenta fueron tiempos aciagos. El narcotráfico se hacía fuerte, la gobernabilidad imposible. Algunos territorios, como el Magdalena Medio, tenían senadores propios como Pablo Emilio Guarín, quien fue abiertamente paramilitar. Allí, debido al clima, a la posición geográfica, narcos poderosos como Pablo Escobar decidieron comprar tierras allí y formar sus poderosas haciendas. Las FARC quisieron un pedazo de esa riqueza, por eso desde los setenta aparecieron autodefensas allí, como Los escopeteros liderados por Ramón Isaza. En Puerto Boyacá también estaban personalidades como Henry Pérez, un hombre pequeño y activo que armó a cientos de ganaderos y que, aunque juró no entrar en el universo del narcotraficante, fue inevitable que se volviera un narco.

Ellos decidieron armar a sus hombres y entrenarlos y, para eso, trajeron mercenarios expertos en formar guerreros, Uno de ellos era el oficial del ejército israelí Yahir Klein, quien hoy en día vive en Tel Aviv, hizo unas cinco visitas a Colombia y ayudó a montar un lugar para entrenar a campesinos cerca de Puerto Boyacá y que era llamado La isla de la fantasía. Con él, llegaron otros mercenarios de ese país que le ayudaron a montar esta universidad del crimen. No solo israelíes aterrizaron en el país. Acá también llegaron británicos como David Tompkins, quien incluso fue contratado directamente por el temible Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano, el jefe de finanzas del Cartel de Medellín. Después de que fuera asesinado el Mexicano, quien ya pensaba en volteársele a Escobar; Tomkins, quien había nacido en Escocia, fue contratado por el Cartel de Cali para asesinar a Pablo Escobar. Un día nublado lo impidió.

Estos entrenamientos, debidamente denunciados en su momento, fueron fundamentales para alimentar la ola de violencia que vendría en los años noventa, cuando los ejércitos paramilitares le juraron la guerra a pueblos que eran ricos, que eran prósperos y que en algún momento habían decidido apoyar programas de izquierda como la UP. Los nombres aún retumban en la consciencia colectiva: El Salado, La Gabarra, Macayepo.

Guarín fue asesinado, Henry Pérez también asesinado pagaron el precio de la guerra. Los que salieron ilesos fueron los mercenarios extranjeros. Ellos sembraron las semillas y regresaron a sus países sin que existan condenas encima de ellos. Simplemente fueron perros de guerra que llevaron su rabia a países del Tercer Mundo. Klein ha dicho en muchas ocasiones que se reunió en prestigiosos clubes de Bogotá con gente de la alta sociedad de la capital. Jamás se pudo comprobar esto. Lo que está claro es que la entrada de estos mercenarios, israelíes, británicos, habla a las claras de los poderes que contaron los paras para armarse y entrenarse y tomar como excusa la lucha antisubversiva para despojar, quitar tierras, hacer masacres y monumentos del odio.

Hasta hace muy poco, Puerto Boyacá llevaba una placa que enorgullecía a más de uno: somos la capital antisubversiva de Colombia. Lo triste es que los viejos fantasmas no han sido exorcizados del todo.

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