En los años cuarenta, la cocaína más potente y pura que se hacía en el mundo no se creaba justamente en las cocinas del Naya, sino en Berlín. Laboratorios como Merck -de donde viene justamente la derivación del nombre de la coca, Merca- crearon uno de los alcaloides más potentes que ha sufrido la humanidad. Las plantas las traían desde el Perú y las procesaban en la capital del III Reich. Porque hay que recordar que, en esa época, el máximo líder de Alemania se llamaba Adolfo Hitler y su máximo anhelo era conquistar el mundo. Y, para eso, necesitaba dopar a todo un pueblo y ese pueblo era el más culto de Europa. Toda la nueva filosofía había nacido allí, los economistas, poetas y músicos. Y, sin embargo, la derrota durante la Primera Guerra Mundial, las condiciones difíciles que pusieron Francia, los rivales con los que perdió, devastaron la nación y la hicieron elegir una opción catastrófica que prometía vengar todas las culpas, todas las humillaciones.
En enero de 1933, Hitler, un cabito insignificante de discurso y voz chillona, manida, se convierte en canciller de Alemania y poco después en su Fuhrer, su emperador. El Águila imperial fue resucitada desde los años romanos. Reclamaba territorios europeos que históricamente les habían pertenecido a los alemanes. Embarcó al país en una guerra contra la diferencia que los alemanes aceptaron sin mucho aspaviento y no lo pueden negar. Y después vino la locura de la guerra. En esa locura murieron 50 millones de personas. Para asegurar ganarla, sus científicos y médicos no solo se concentraron en perfeccionar bombas. Desde sus laboratorios crearon drogas sintéticas que hacían sentir al que las consumía como pequeños super hombres.
Se creó a pervitina, una droga que era consumida hasta por las amas de casa. El Reich fomentaba su consumo. Estaba compuesta de metanfetamina, sí, la misma droga que se hizo tan popular hace unos veinte años por la serie Breaking Bad. Las amas de casa chupaban bombones de cristal meth y trabajaban sin chistar 18 horas sin notar que no les hacía falta el descanso, un buen sueño.
Los soldados en el frente también estaban con metanfetamina hasta las cejas. Los laboratorios alemanes, que aún siguen teniendo todo el prestigio, se enfocaron en crear un superasesino capaz de caminar 50 kilómetros diarios en la estepa rusa. Pero, igual de grave a la narcotización de los alemanes, estaban los métodos que el doctor Morell, médico personal de Hitler, le aplicaba a su paciente. El Fuhrer sufría de graves enfermedades digestivas y además, debido a su exigente agenda, empezó a pedirle a Morell el uso de “vitaminas” así que, sin medirse, le hacía a su jefe un coctel anfetamínico que mantuvo en una burbuja de opio a Hitler durante buena parte de la guerra. Incluso, cuando el 20 de julio de 1944, recibió el bombazo en su propia guarida, producto de la inconformidad con su gobierno por parte de sus generales más fieles, Hitler ni siquiera se dio cuenta de lo que pasaba. Sonreía mientras veía los jirones de su piel cayéndose.
Toda la cúpula de Hitler también recibía los estímulos de Morell. Al final de la guerra, apretujados en el búnker, Hitler esperaba ansioso un nuevo chute, pero ya los opiáceos, entre los que se contaba el Oxicodín, no se encontraban en la Alemania invadida por los rusos. Hitler murió junto a su esposa Eva Braun, en el búnker, siendo un guiñapo humano que según los pocos sobrevivientes a estos hechos “daba asco”. Morell fue despedido del búnker tres días después de que Hitler se suicidara. Moriría un par de años después. Investigaciones como High Hitler de Norman Oiler han servido para dejar claro, en estos últimos años, la verdad sobre cómo se narcotizó a todo un pueblo para conseguir los deseos que un puñado de hombres propugnaban.



